Hacia un Movimiento Ciudadano por la Autodeterminación.

Un 95% de las personas mayores de edad en Chile no está inscrita en partido político alguno. No se trata éste de un colectivo homogéneo, claro está, sin embargo es una mayoría abrumadora y esto sí es necesario considerarlo un hecho político, en su acepción más amplia.

Estoy convencido de que un porcentaje significativo de esta cohorte está constituido por personas despiertas, que ya saben y reconocen ciertas verdades relativas a la vida dentro del territorio, entre las cuales me permito distinguir las siguientes:

El futuro es ahora.

1)          No tenemos una democracia. La Ciudadanía no escoge representantes y aquella parte de la población que acude a las urnas -siempre minoritaria- sólo sigue el juego de la oligarquía nacional, dándole un tinte de legitimidad a un sucedáneo de democracia, consistente en votar por alguno de los nombres que la clase política -instrumento de la oligarquía- selecciona y registra cada vez en la papeleta.

2)          El sistema de administración o gobierno de los asuntos públicos está controlado desde siempre por el poder fáctico. No por los Ciudadanos. Así, lo que podríamos denominar el Poder Real, más bien discreto, es una cosa y otra muy distinta es el Poder Formal visible, a cargo de la llamada clase política que funciona por y para aquél.

3)          No somos una Nación soberana. No lo fuimos como colonia de España y no lo somos desde 1818 hasta hoy. Una Nación soberana está formada por personas soberanas, esto es, que tienen y mantienen su libertad para decidir por sí mismas cómo quieren vivir y las estrategias para conseguirlo.

4)          La verdadera autoridad es la de las personas que constituyen la Nación, decidiendo por sí mismas, para sí y para la comunidad a la que pertenecen. Lo que conocemos como “autoridades” son en realidad meros funcionarios; conciudadanos ejerciendo funciones con mayor o menor mérito, a partir de la autoridad secuestrada a la Nación por una pequeña élite que constituye el Poder Real menos visible y que coloca en los cargos de la Administración -en medida muy significativa- a personas que  integran la clase política y sus allegados.

5)          Este estado de situación no es algo de lo que simplemente debamos quejarnos, como tampoco acudir a la culpabilización fácil de quienes aparecen en la primera línea como responsables. Lo cierto es que la responsabilidad de semejante diagnóstico es compartida por todos nosotros, por acción u omisión.

También estoy convencido de que en tanto Ciudadanos, hombres y mujeres nacidos en el territorio e inmigrantes legales que optan por vivir en él, podemos y debemos alcanzar la autodeterminación que, más que un derecho, es un deber y, quizá, nuestro principal desafío. Sin embargo, la misma condición de personas despiertas que nos permite darnos cuenta de ello, nos permite también colegir ciertas consideraciones necesarias para alcanzar ese soberano propósito, entre ellas las siguientes:

1)          Un Movimiento Ciudadano pacífico. A pesar de la obscena evidencia del uso indiscriminado de la violencia en el mundo -espectáculo ante el cual la noción de legalidad resulta ridícula- esta conducta jamás ha conducido al verdadero desarrollo humano, por estar reñida con el sentido mismo de humanidad. La violencia es con toda certeza una herramienta favorita del Poder Real o de facto en el mundo, para mantener controladas por el miedo, a las Naciones. La usa directamente y promueve también su uso indiscriminado por parte de las personas con tanta eficiencia que, incluso, calcula un cierto nivel de disidencia civil controlada en los diversos países, y de hecho espera que las personas comunes la utilicen como reacción, sabiendo que la fuerza de su sistema represivo es abrumadoramente superior y que aplastará sin misericordia toda iniciativa popular que ose  en su reclamo ir más allá del caos permitido.

Pues entonces, está meridianamente claro que un Movimiento Ciudadano genuino, es decir, generado desde la propia Ciudadanía y no artificialmente desde cualquier estructura manejada por la clase dominante, sólo podrá tener éxito si abandona conscientemente el uso de la violencia promovida por las élites, que saben muy bien que la agresividad es una cualidad humana necesaria y respetable que, sin embargo, degenera en violencia cuando una persona o un grupo de ellas experimenta el desquiciamiento provocado por la propia violencia recibida, en sus múltiples formas. El Movimiento Ciudadano que yo apoyo y al que invito, debe trabajar explícitamente este aspecto, para no incurrir en cualquier expresión violenta y, de ese modo, permitir que las grandes mayorías de Ciudadanos -que no quieren violencia- adhieran a él.

2)          Abandonar la tentación del caudillismo. El liderazgo puede ser ejercido de diversas maneras y -cual más cual menos- todos tenemos la capacidad de influir en nuestros semejantes, en la medida que conseguimos internamente coherencia y claridad en nuestras propias ideas y sentimientos. La comunidad humana no funciona linealmente sino en forma reticular y en feedback, de modo que ninguno de nosotros debe ni necesita tener sobre sí el peso de decidir por otras personas. El Movimiento Ciudadano que visualizo no debe ir detrás de uno de nosotros. Mucho menos debe aceptar una propuesta individual como propósito para movernos en grupo. El propósito debe surgir de la propia Ciudadanía, deliberando y consensuando los conceptos gruesos y luego los conceptos finos, con los cuales construir el modelo de sociedad que se siente y se desea mayoritariamente. Así, la convocatoria a generar Movimiento Ciudadano en dirección a la autodeterminación, no debe consistir en un programa acabado de administración o gobierno, pues entre personas adultas, iguales en dignidad, el “deber ser” sólo es legítimo si se construye entre todos.

3)          Transparencia de la gestión administrativa o de gobierno. Estamos tristemente acostumbrados a la opacidad en la gestión de “nuestras autoridades”, de cualquier signo. La sociedad misma -incluyéndonos- contribuye a la falta de transparencia al escuchar y recoger la profusa propaganda de los medios de difusión masiva, que bajo la directriz de las oligarquías normalizan actitudes y conductas que no son naturales, introduciendo usos y costumbres reñidos con la ética o el inefable sentido común. Todo el sistema socioeconómico de la Nación, por ejemplo, descansa en las contribuciones financieras de cada uno de nosotros, impuestas por una normativa legal y técnica hecha de acuerdo al criterio de los muy pocos, en la élite de turno. Sin embargo, quienes efectuamos esas contribuciones obligadas (!) no participamos en el mecanismo de recolección de esos recursos nuestros, ni mucho menos en la forma en que tales recursos serán usados.

De modo que, salvo excepciones muy específicas, un Movimiento Ciudadano para alcanzar la autodeterminación, por su propia naturaleza democrática participativa y responsable, sólo funcionará si mantiene iluminado ante la propia Ciudadanía, hasta el último rincón del sistema de administración.

4)          Participación Ciudadana en todo el territorio. El mapa del territorio chileno ya está  prácticamente definido, a resultas -como en todo el planeta- de los negocios que unos pocos han efectuado en el pasado y hasta ahora, de modo que resulta prudente y necesario remitirnos a esta delimitación territorial para referirnos tanto a la participación como a la representación. Personalmente, considero un grave error el sistema centralizado en que se medio administran los asuntos que competen a los habitantes en toda la extensión geográfica del país. Creo que la forma de administración de la Nación pudiese ser un tema central en el Programa que la Sociedad Civil organizada construya, una vez asumido el desafío de marras y, es un hecho cierto, que un Movimiento Ciudadano para la autodeterminación debe incorporar a la totalidad de la población nacional, sin que la dispersión geográfica constituya un factor a escatimar, en todo proceso organizacional que la Nación se plantee.

Ello implica un desafío mayor, como es ampliamente conocido, por cuanto la generalidad  Ciudadana está acostumbrada a que sean “otros” los que tomen las decisiones por ella y el tránsito desde este statu quo hacia la asunción de la adultez Ciudadana, que importa el hacernos cargo de nosotros mismos, requerirá tiempo y una significativa modificación en la estructura mental de la Nación.

5)          Representación Ciudadana en todo el territorio. Enlazado con el punto anterior, la Participación Ciudadana debiese implicar una correspondiente Representación de la misma, es decir, la representación verdadera que implica la elección de representantes en cada asentamiento humano del territorio, de entre los vecinos, de modo de cautelar que estas personas así encomendadas, sólo se deban al mandato de sus pares, por un período prudente previamente consensuado y su gestión esté sujeta al escrutinio público. De este modo, también las personas representantes en áreas mayores del territorio, serán elegidas democráticamente a partir del Programa previamente definido por la Sociedad Civil, para que efectúen las tareas necesarias en función de objetivos consensuados y no impuestos.

6)         Generación de una nueva Constitución. Finalmente en esta breve exposición, es menester que la Sociedad Civil organice su convivencia nacional en el territorio, a partir de la generación de una nueva Constitución o Carta Magna, que consagre el propósito de la Nación y los principales ejes sobre los cuales se levantará toda la estructura normativa de la vida de las personas en el país, de la protección de todos los Ciudadanos y las Ciudadanas, de su sistema económico, de sus recursos naturales, de su flora y fauna, de sus límites geográficos, de sus relaciones con el resto del mundo y de todo aspecto vinculado a aquél propósito.

Es fundamental para ello, que esta nueva declaración de principios acerca de la naturaleza de la Nación que queremos, así como sus instrumentos jurídicos pormenorizados que señalen cómo nos proponemos alcanzarlo, ocurran con la participación de toda la Ciudadanía, amén de las consideraciones metodológicas y de las materias especializadas pertinentes que deberán ser efectuadas de cara a la población, la que finalmente aprobará mediante una consulta nacional el resultado final de todo el proceso.

El desafío es antiguo y de marca mayor, sin embargo continúa vigente y -lejos de ser una especie en extinción- es una visión que se viene fortaleciendo de modo directamente proporcional al proceso del despertar de más y más personas, a la consciencia de lo que realmente somos como seres humanos y de las potencialidades inmedibles con que cada uno de nosotros ha venido a este mundo.

¿Dónde poner la atención?

Hoy comenzamos a transitar el 2019, con el tradicional bombardeo de estímulos en los medios y en nuestros respectivos círculos de influencia. Salutaciones, buenos deseos, “accidentes” de tránsito, asunción de Bolsonaro, Gobierno cerrado en Estados Unidos, etc.

Lo común a todo ello es la inmediatez, ya sabes, esa compulsión por poner delante de nuestros sentidos -todos los días- un enorme y variopinto repertorio de…, banalidades muchas veces. Es necesario buscar bastante para encontrar asuntos que puedan ser del verdadero interés de alguien que reconoce su propia motivación por mirar detrás de la burda cortina, con que insisten en distraernos de lo esencial .

Me animo a poner sólo dos ejemplos -de diversa naturaleza- que sin duda aluden a asuntos mucho más profundos y trascendentes, ya no sólo para uno u otro de nosotros los Ciudadanos comunes, sino para la especie humana. Tienen en común el que han sido puestos en los medios, pero con la habilidad de relativizarlos y distorsionarlos, de modo de que el común de la gente realmente no repare en los significados mayores que entrañan.

Noviembre de 2018.

Así como la presencia rotunda de las pirámides de Ghiza apenas si ocupan un espacio en la consciencia de la población, que se ha acomodado a la absurda versión oficial de que se trataba de ¡tumbas!, dejando así de asombrarse por la absoluta carencia de una explicación razonable, ocurre también con el fenómeno de los recientes incendios en California, que dieron particular cuenta de la ciudad de Paradise, en el Condado de Butte, donde la autorizada opinión del Cuerpo de Bomberos local reconoció la inexistencia de una explicación lógica para el comportamiento de los siniestros, que en la gran prensa sólo apareció como un incendio “enorme”, “el peor en muchos años”, pero casi nada acerca de cómo puede un incendio discriminar el perímetro de lo que va a calcinar y lo que “se saltará”, con resultados como el de la imagen de arriba. Casas completamente destruidas, pulverizadas en su respectivo lugar, sin que muchos de los árboles del vecindario inmediato hayan perecido de la misma forma. Como si un rayo láser hubiese apuntado cuidadosamente sobre “sus” objetivos, asegurándose de acabarlos completamente e ignorando aquello que se encontraba junto a los mismos.

Y el segundo caso es la pasmosa indiferencia general ante la aparición de esas increíbles imágenes dibujadas de la noche a la mañana en campos de cultivo, conocidos como crop circles o círculos de las cosechas, en particular este. La inteligencia de su construcción, su mensaje cifrado en código binario, los tres planos en que muestra esa información increíble y, por cierto, las implicancias revolucionarias que supone.

UK, Agosto de 2012.

Y tantos de nosotros atendiendo asuntos de una cotidianidad dolorosa, llevándonos con ello la vida misma, esa que en años casi nunca alcanza la centena. Al menos yo necesito el contacto humano, la conversación, el asombro y el entusiasmo. Sentir el estímulo de algunos de mis pares para perseverar en la construcción de sentido, juntos, dejando de ahogarnos en la desesperación de la creencia de que “nada se puede hacer” o, peor aún, “ojalá alguien haga algo al respecto”.

Yo confío en la gente.

Para un número cada día mayor de Ciudadanos, está muy claro que la forma de organización que debemos adoptar es de naturaleza HORIZONTAL. 


Por más trabajo que nos imponga el TENER QUE ENTENDERNOS entre nosotros y abordar el enorme repertorio de DIFERENCIAS que manifestamos, organizarnos de modo reticular es nuestro desafío y nuestra OPORTUNIDAD de cambiar el orden de las cosas que impera en nuestro mundo y en nuestro país. 


No tengo porqué confiar en quienes una y otra vez se turnan en el poder, pretendiendo representarnos. 
No tengo porqué entregar mi dinero de manera obligada -porque son unos pagos IMPUESTOS- si no tengo participación alguna en las decisiones de cómo será usado ese dinero de cada uno y de cada una. Eso se llama ROBO, porque pagamos bajo amenaza de violencia.


Pero la principal responsabilidad es de NOSOTROS, la gente común, porque hemos permitido este sistema cuando éramos españoles y desde que somos chilenos, hace 200 años.


Lo que nos informa Gino Lorenzini es una muestra más de las muchas situaciones que evidencian el abuso del modelo que hemos aceptado.

Yo creo en la democracia verdadera, porque confío en la denostada “doña Juanita” de Ricardo Lagos. 
Confío en la inteligencia humana por muy obnubilada que puede llegar a estar, debido a los esfuerzos de la gran élite mundial y local por embrutecernos con las múltiples estrategias destinadas a ello.
Confío en la sabiduría de la Naturaleza, que siempre tiende a la armonía y el equilibrio. 


Esto implica que la sumatoria del ejercicio soberano, de la capacidad decisional de las y los chilenos, siempre tenderá a la sensatez.
Y eso siempre será muy superior al diseño de gobierno nacional que hasta hoy conocemos.

Nosotros, la gente común.

Es una agradable tarde de Navidad, tranquila, en familia, a poco de preparar la cena, y la reflexión que bulle en mi mente y en mi corazón es, cuántas creencias falsas debemos todavía revisar, enfrentar y dejar atrás.

No me cabe duda de que algún elemento bienintencionado debió estar en el origen del ejemplo más recurrente cuando en general nos referimos a la necesidad de cambiar una creencia, al exclamar “si todavía crees en”, ¿verdad?

Las intenciones no se ven, por cuanto son un paso previo a una decisión, sin embargo habitualmente incurrimos en atribuirlas a unos y otros de nuestros semejantes, para bien o para mal. Es un rasgo muy humano, si bien poco deseable.

Normalmente, en algún momento de nuestra infancia dejamos de creer en el clásico personaje y, con ello, se rompen también otras creencias y convicciones relacionadas, con mayor o menor trauma para unos u otros.

Ya de adultos, nos vemos enfrentados frecuentemente a la inoculación de creencias de naturaleza muy diversa, de muy variada carga emocional y también con consecuencias de diferente gravedad para nuestras vidas, en lo individual y en lo social.

Un ejemplo dolorosamente vigente es la creencia de muchos millones de personas en la “verdad oficial” del 9/11 de 2001…, sostenida por 17 años y cuya develación puede ser traumática por las consecuencias que implica, al arrastrar consigo otros desgarros emocionales tales como el desamparo y la ruptura del marco conceptual con que decidimos estructurar nuestra percepción de “la realidad”.

Y es que esta otra creencia instilada en nosotros, la de que “alguien”…, algún “otro” debiera resolver nuestras tribulaciones, se encuentra también muy arraigada, dificultando severamente la natural capacidad para hacernos cargo de nosotros mismos, a medida de nuestro desarrollo biopsicosocial, perpetuando la permanencia de la sociedad en una etapa infantil, como es por demás evidente.

Siento que del mismo modo en que de niños o niñas, muchos de nosotros debimos experimentar el abrupto rompimiento de aquella tierna creencia, y de algún modo supimos hacernos cargo de lo que ello implicaba, podemos y debemos hacerlo de adultos con la miríada de creencias con que hemos venido modelando nuestro mundo. Examinar nuestro vasto cuerpo de creencias no tiene porqué devenir en una actitud violenta, toda vez que nosotros mismos lo hemos venido aceptando como real. Tampoco implica renegar de todo ello, sino introducir aire fresco al acervo personal con el afán de mantener lo que nos continúe pareciendo cierto y revisar aquello que -tras esta nueva mirada- resulte necesario modificar o desechar.

Este sano revisionismo es y debe ser parte de nuestro proceso de crecimiento personal y social, que sólo tiene lugar -finalmente- cuando aprendemos a hacernos cargo de nosotros mismos, para tomar las decisiones adultas y maduras que nos permitan construir entre todos el mundo al que aspiramos.

No se trata de Allende ni de Pinochet.

Las redes sociales arden con discusiones tan interminables como inútiles. Y cualquiera que observe un poco los patrones de tan intensa actividad en tan pocas palabras, notará la prevalencia ostensible de la división, la rabia y la enemistad.

Son movimientos emocionales pesados, de muy baja frecuencia, que entorpecen la posibilidad de comunicación positiva que las mismas redes nos ofrecen, para extender una conversación directa más allá del estrecho círculo del que cada uno de nosotros forma parte.

Entre la larga lista de temas con que a diario se afanan tantos de nosotros, mayoritariamente más bien para marcar diferencias que parecen irreconciliables, asistimos en estos días al de “si Allende o Pinochet”, “si dictadura o gobierno militar”, “si 1000 días de decadencia o de progreso” y todas sus derivadas.

Como todos, tengo mi opinión al respecto y vale tanto como la de cualquiera, aunque no me adscribo a credo alguno -de ningún tipo- sabiendo hasta aquí que ningún sistema conceptual humano debe estar por encima de la propia consciencia que cada persona tiene la posibilidad de expresar.

La evidencia es prueba, y una muy clara es que no obstante las luchas intestinas en ciertos escalones intermedios en la pirámide del poder mundial, en la cúspide parece estar siempre un mismo grupo de individuos, bien protegido y con un enorme arbitrio sobre las grandes comunidades humanas en los cinco continentes.

Por ejemplo, el que ciertos países se desarrollen industrialmente y otros permanezcan produciendo materias primas no puede deberse al azar, sino a la voluntad de aquellos que constituyen el poder de facto y que están por tanto, detrás de los grandes acontecimientos en la Tierra, aquellos que nos afectan como Naciones, en mayor o menor medida.

No se trata para mí, entonces, de Allende o Pinochet en las décadas del ´70 al ´90, como no se trata de Piñera o Bachelet hoy.

Es mi convicción que nadie que es puesto por las élites en los “altos cargos” de un país es inocente, ni se debe a sí mismo.

La ilusión de democracia que existe gracias a la fenomenal propaganda, es apenas un recurso del mismo poder de facto, para revestir de cierta legitimidad su ejercicio de la autoridad que, en su origen, nos pertenece a los Ciudadanos. Autoridad que nos resistimos a ejercer, como es también evidente.

Pero como es mejor enfocarme en lo positivo, quiero señalar las muestras que es posible observar en el mundo, de la creciente voluntad entre los habitantes de aquí y de allá, de querer salir del espacio de confort o de la frecuencia adormecedora con que se nos ha seducido históricamente.

Y este movimiento integrativo, es decir, el despertar de cohortes cada vez mayores de personas hacia una consciencia armónica, tanto en lo individual como en lo social, se hace notar más en sentido horizontal, es decir entre nosotros, lejos de los medios masivos y de los titulares, siempre reservados más bien para perpetuar el miedo y la ofuscación.

No se trata, insisto, de quiénes son instalados en los palacios de gobierno.

Se trata de nosotros, las personas que formamos las Naciones, y que en cantidad aún importante continuamos entregando nuestro poder soberano a aquellos pocos que una y otra vez se erigen en nuestros representantes.

Las redes sociales son una herramienta magnífica si aprendemos -suficientes de nosotros- a usarlas para encontrarnos, en vez de enfrentarnos.

Ciertamente es difícil despertar y más aún mantenernos despiertos, pues hasta las más genuinas expresiones Ciudadanas en el mundo, son rápidamente infestadas por las fuerzas mercenarias de aquellos poderosos ya aludidos. Sin embargo, podemos identificar una señal que garantiza la legitimidad y utilidad de un movimiento civil, como es una actitud tan pacífica como asertiva para efectuar nuestros planteamientos en cualquier plataforma.

Es fácil identificar la rabia y sus expresiones asociadas en las redes sociales y en las manifestaciones públicas, en las marchas, en los estadios o en los medios masivos. Por tanto, es también sencillo decidir no sumarnos a esa energía destructiva y, en cambio, buscar los espacios de conversación y entendimiento en las redes y luego, ya más exigente pero necesario, escalar a la construcción de espacios de encuentro personal para comenzar a conocernos y perseverar en la búsqueda de caminos que nos lleven al siguiente estadio de madurez cívica.

Migración y confusión.

Como suele ocurrir en las iniciativas verticales instaladas desde las élites en los países y en el planeta -de sobremanera en la agenda del globalismo- también el tratamiento del fenómeno migratorio humano tiene el sello evidente de la media verdad y la confusión que de ello se deriva, tal como está previsto que suceda.

Es comprensible que las personas tomen partido por una u otra de las opciones que a diario le son presentadas en los más disímiles temas, a menudo sin darse cuenta de que han sido arrastradas al juego eterno de la división y del control que de nosotros hacen…, y que permitimos, claro está. Porque aunque sostengo que el germen de la competencia ha sido inducido culturalmente, a diferencia del valor de la colaboración y la solidaridad que es connatural a la especie humana, aquél ha sido tan bien instalado desde los albores de la historia conocida, que la conducta para denotarse los unos mejores que los otros fluye con facilidad y es así también explotada desde arriba hacia abajo en el clásico esquema piramidal con el que funciona el sistema vigente de organización humana, postergando eternamente la eclosión del orden social horizontal y reticular que sí podría dar cuenta de nuestra dramática necesidad de aprender a vivir en paz y prosperidad. 

En el tema de la migración humana, nadie en su sano juicio se opondría a extender su mano a un semejante que busca en un lugar lejano a aquel en que nació, mejorar su condición de vida, por cuanto es un rasgo común en toda la especie querer crecer y desarrollarse. No obstante, esta legítima búsqueda sólo puede ser coherente si ocurre en un contexto de pleno respeto a la libertad de los demás de hacer lo propio y de lo cual podrá desprenderse luego la mutua ayuda, el sabio aprendizaje y el progreso social.

La migración es una decisión y una conducta común de los seres humanos -como de muchísimas otras especies- y su manifestación espontánea tiene lugar a partir de contextos de voluntariedad y de reflexión personal, de modo que es fácilmente distinguible como fenómeno natural respecto de los masivos movimientos migratorios que tienen lugar hoy en la Tierra y que se vinculan a contextos muy distantes de la libre y sopesada elección personal.

Siento que las comunidades humanas que conocemos como Naciones, esto es, las personas que habitan un territorio que consideran común y que denominamos países, tienen todo el derecho a organizarse como les parezca mejor hacerlo y abordar internamente sus diferencias al momento de decidir cómo conseguirlo. Y dentro de ese complejo ejercicio de propender a la organización interna de su Nación, se incluye también el cuidado de sus fronteras y la regulación del ingreso de personas que provengan desde otros países no como simples turistas, sino con intención de permanecer.

Es necesario entender que la migración obligada, por sus diversas causas gatillantes es responsabilidad de las mismas élites mundiales que desde siempre han venido manejando la toma de decisiones a gran escala, afectando a las Naciones de muchos países, con sus guerras, explotación de recursos naturales, provocación de trastornos climáticos y ambientales y afán de poder sin límite… y sin necesidad.

Sólo las personas comunes podemos en cada Nación revertir este desastre, dejando de seguir como rebaños la voluntad de las respectivas élites al creer la su falsa ilusión de que unos u otros de sus integrantes nos ayudarán a desarrollarnos. 

No tiene sentido tener que hacernos cargo de la tragedia humana de la migración en contexto obligado, sino de organizarnos en cada país para ser nosotros, los Ciudadanos, quienes decidamos efectivamente cómo queremos vivir en el territorio que nos es familiar.

Las Naciones Unidas, finalmente, son en mi opinión meros Gobiernos Unidos o Élites Nacionales Unidas y ello no nos llevará a buen puerto. Nos quieren convencer con imágenes y consignas engañosas que apuntan a nuestra sensibilidad humana, que debemos considerar la migración como un derecho a todo evento, después de haber como Organización internacional fracasado absolutamente en su primer y principal objetivo oficial, cual es el de solucionar los conflictos nacionales e internacionales de manera pacífica y civilizada.

Primero contribuyeron activamente a destrozar países y Naciones hasta hoy mismo y luego, en vez de cumplir su propósito y ayudar decididamente a desarrollar cada uno de esos países, para el bien de sus respectivas Naciones, pretenden sólo distribuir el peso de las enormes cohortes de migrantes obligados entre todas las Naciones, a costo nuestro, por supuesto.

No más confusión. Dejemos que los movimientos migratorios individuales o grupales ocurran en su sentido natural, voluntario y a pequeña escala y busquemos evitar los movimientos migratorios obligados y a gran escala, introduciendo prosperidad en cada una de las Naciones que hoy son castigadas  por la acción u omisión de las instituciones oficiales.  

 

Las instituciones son lo que sus integrantes son.

Las instituciones son lo que las personas que las integran son. Es tiempo de examinar el excesivo uso del “institucionalismo” nacional.

Existe en esta nación una actitud muy extendida que parece reflejar la creencia de que tales entidades meramente jurídicas, existen por sí mismas. Tal vez por ser también los chilenos una nación tributaria del derecho romano y, con ello, del afán normativo y punitivo -claro está- es que aquél institucionalismo ha devenido parte integrante de nuestra idiosincracia.

Puedo advertir la dicotomía que supone la existencia del sometimiento de los ciudadanos a la voluntad de las oligarquías nacionales -que son las que imponen desde siempre el sistema normativo- junto a la referida actitud generalizada de esperar y aún exigir que tal ordenamiento jurídico-administrativo efectivamente funcione.

Ya es demasiado doloroso el conocido desastre en el funcionamiento de las instituciones públicas en Chile -el ius civilis-  sin embargo, vale preguntarnos y reflexionar acerca de las responsabilidades que caben en torno a esta debacle nacional, y la que yo me permito hacer va en el sentido de ser nosotros mismos, la nación chilena -aunque sea más por omisión que por acción- la responsable última del fenómeno en comento.

Resulta fácil culpar a “las instituciones” y a quienes las representan en el momento álgido; es frecuente también que quienes tiran las piedras escondan rápidamente las manos y mascullen su rabia más bien al interior de su pequeño círculo de influencia.

Mucho más difícil es hacernos cargo de nuestras propias responsabilidades, entre las cuales está el contribuir de modo activo al buen funcionamiento de la comunidad nacional y todo lo que ello involucra, por más complejo que resulte ser.

Si las instituciones son lo que las personas que las integran son, entonces debemos asumir nuestra responsabilidad ciudadana de participar en las decisiones vinculantes con los intereses de todos y todas, desde el espacio local en que cada uno de nosotros vive y hasta el nivel de la administración nacional.

Es evidente que no debemos seguir pretendiendo que somos una democracia representativa, ni mucho menos participativa. 

Salir de esta inercia importa comenzar a participar y hacerlo de modo civilizado.

Salir de esta inercia implica aprender a hacernos representar verdaderamente, en cada barrio y comuna, hasta llegar a influir como ciudadanos, en la generación de los mecanismos que den efectiva cuenta de nuestras necesidades de administración nacional, así como de la selección de quienes de entre nosotros, estén mejor preparados/as para cumplir con las funciones que les encomendemos, todo ello en un contexto de máxima transparencia, pues es el modo de poder mirarnos de frente, con nuestra diversidad y con nuestro ethos común que es el ser habitantes de un mismo territorio.