Los intocables dejan de serlo.

No me refiero a la peor casta social de la India, sino a aquellos de entre los más poderosos de la Tierra, personas que están por encima de la ley, de las nacionalidades y de todas las obligaciones impuestas al 99% de los habitantes de este planeta.

La detención -finalmente- de Jeffrey Epstein a principios de este mes en Nueva Jersey, es una clara señal de que el tiempo de la impunidad está comenzando a finalizar. El caso se encuentra en pleno desarrollo puesto que a propósito de la caída del magnate criminal, es posible intuir la sorda e implacable lucha al interior de la élite mundial en torno al modo de zafar de un inminente colapso o, hasta qué tan cerca de la cima de la pirámide del poder decidirán sacrificar a sus pares, en su intento desesperado de mantener el control de la humanidad, a cómo dé lugar. Al menos la lista de pasajeros famosos hacia la isla del horror de Epstein es muy larga.

En Chile, debido tal vez a lo peor de nuestra idiosincracia, la impunidad parece resistirse más. Pero en un país donde la propia Tierra explota en terremotos cuando ya no soporta la tensión acumulada, la enorme lista de personas corruptas en las altas esferas sociales de la Nación engrosa día a día, anunciando una reacción social inmanejable, o que se haga efectiva la caída de muchos criminales nacionales de alto perfil, en todas las instituciones públicas y privadas ya vergonzosamente comprometidas, que hieden peor que Freirina en tiempos de Gonzalo Vial y su equipo.

La ONU, ese organismo creado por la misma élite mundial y que engaña todavía a media humanidad con su lenguaje leguleyo y diplomático, lleno de eufemismos, empuja con fuerza la instalación de su agenda 2030, en paralelo con la imposición de los mal llamados Tratados Internacionales de Libre Comercio, con el evidente propósito de apresurar su agenda de control total, por que sabe que ya no las tiene todas consigo y la reacción de la gente común -nosotros los “comilones inútiles” al decir de Henry Kissinger- podría perfectamente llegar a ser proporcional al daño que aquella pequeña y poderosa élite nos ha venido infligiendo.

Los chilenos no tenemos una segunda enmienda como aquella de la Constitución de Estados Unidos, que permite y protege la posesión y porte de armas de los ciudadanos, para defenderse de quienes administran el Estado, cuando éste se vuelve contra su propio Mandante, la Nación estadounidense.

Los chilenos tenemos la opción de generar un gran terremoto cívico y reemplazar a la clase política -con todos sus partidos- dejando de actuar como aquellos codependientes que favorecen el consumo por parte de sus familiares adictos a sustancias tóxicas, absteniéndonos de votar.

Si dejamos de votar, tal como más del 50% de los chilenos ya lo hacemos, podremos ver la desnudez del rey y será la hora de fortalecer nuestra propia organización ciudadana, en cuya sensatez promedio yo sí confío.

Hacia un Movimiento Ciudadano por la Autodeterminación.

Blog de Carlos Ramón

Un 95% de las personas mayores de edad en Chile no está inscrita en partido político alguno. No se trata éste de un colectivo homogéneo, claro está, sin embargo es una mayoría abrumadora y esto sí es necesario considerarlo un hecho político, en su acepción más amplia.

Estoy convencido de que un porcentaje significativo de esta cohorte está constituido por personas despiertas, que ya saben y reconocen ciertas verdades relativas a la vida dentro del territorio, entre las cuales me permito distinguir las siguientes:

El futuro es ahora.

1)          No tenemos una democracia. La Ciudadanía no escoge representantes y aquella parte de la población que acude a las urnas -siempre minoritaria- sólo sigue el juego de la élite nacional, dándole un tinte de legitimidad a un sucedáneo de democracia, consistente en votar por alguno de los nombres que la clase política -instrumento del Poder de Facto- selecciona y registra…

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Eclipse, señal de humanidad.

Ha pasado un par de horas y puedo dar cuenta de dos hechos para mí importantes. 1) Sentí una extraña y profunda emoción personal durante el fenómeno y 2) me impresionó el eco emocional que percibí en mi entorno inmediato, con familiares y vecinos, así como distante a través de los medios que dieron cuenta de la reacción de miles de personas a lo largo del país y aún su repercusión internacional.

Es interesante cómo un episodio externo a nuestro planeta pudo tan evidentemente, causar semejante efecto en la intimidad de millones de personas al unísono, sobre la Tierra.

Me hace pensar en la posibilidad aún abierta de resolver la extraordinaria atomización de nuestra sociedad, en cuanto asunto pertinente a todos y todas existe.

Me hace sentir que tenemos alternativas diferentes del creciente ostracismo y consecuente fría soledad, que nos aleja de nuestra naturaleza gregaria y de sangre caliente.

Fue definitivamente hermoso experimentar el efecto transversal del espectáculo cósmico recién vivido, así como la lluvia de interpretaciones que ello le regala a nuestra natural subjetividad.

Tanto este hecho de nuestro barrio sideral como su innegable efecto bienhechor en el microcosmos individual, deja en evidencia que detrás de toda esa exasperación ciudadana ante miles de circunstancias que nos mantienen pegados en una muy baja frecuencia, se encuentra intacta nuestra naturaleza humana…, es decir, todo aquello que nos hace humanos.

Creo que debemos y podemos recurrir a ese fondo de humanidad que nos es común, para comenzar a generar nuestra propia alineación en el sentir, en el pensar y en el hacer.

Creo que es condición sine qua non para ello, aceptar que somos nosotros mismos, los habitantes del país, quienes tenemos la responsabilidad de cambiar el statu quo que hasta hoy hemos aceptado.

Estoy seguro de que ello sólo es posible, si lo hacemos desde la serenidad de nuestra consciencia de pertenecer a la única humanidad que habita la superficie del tercer mundo de nuestro Sistema Solar.

¿Narco política?

El cartel político no hará nada relevante al respecto, evidentemente. Ninguna persona que ose pensar por sí misma puede esperar que los políticos se practiquen el harakiri, no porque podría ser muy doloroso, sino porque requeriría un capital del que la pequeña clase que se arroga nuestra representación adolece: honestidad.

Era absolutamente previsible que el diseño del ejercicio político partidista, cuyo propósito primero es el poder por el poder, no tendría problema alguno en que el vergonzoso llenado mínimo del padrón electoral de cada partido, ocurriese a como diera lugar.

En Abril de 2017 asistimos a la desesperación de los partidos por alcanzar aunque fuese el mínimo de inscritos y reinscritos, tras el objetivo de continuar existiendo y, por supuesto, acceder a los cuantiosos recursos que la legislación hecha por ellos mismos, les destina desde nuestros bolsillos.

Asistimos a la ausencia absoluta de pudor de la clase política cuando su órgano en la súper inflada Administración, llamado SERVEL, accedió a autorizar -a última hora- que para completar penosamente esos mínimos de supuestos adherentes, bastase con enviar las inscripciones por correo electrónico, con una foto de la cédula de identidad, contraviniendo la mínima garantía de verificabilidad de tales inscripciones.

El oscuro capítulo de la vinculación de uno de esos partidos a la actividad criminal del tráfico de drogas, al menos en la Comuna de San Ramón, no es más que un resultado posible del diseño en cuestión, toda vez que la llamada actividad política no es en la práctica otra cosa que una desaforada competencia por conseguir la mayor cantidad de dinero y poder posibles, en desmedro del cumplimiento de las funciones que en su origen tiene la supuesta representación de los habitantes, en el parlamento nacional.

Una cuenta más en el interminable collar que día a día y ya sin ningún atisbo de decencia la clase política y toda la institucionalidad por ella infestada, muestra a los estupefactos habitantes, que no atinan a reaccionar como debiera cualquier persona con sangre caliente y el corazón bien puesto.

El cuestionamiento que siempre me hago es, ¿cuál es la dimensión final de la complicidad ciudadana para permitir todo esto?. 

Porque continúo sintiendo que si permitiésemos el libre ejercicio de la Autodeterminación -esto es construir una verdadera democracia- el promedio de la consciencia nacional probaría estar mucho más cerca de la sensatez que de la ignorancia y hasta de la estupidez que aquella clase gobernante le atribuye a la Nación y sobre cuyo supuesto fundamenta su autoproclamado rol de administradora del destino de todos nosotros.

De súbditos a Ciudadanos.

El estado de “ciudadano” no se limita al mero acto de vivir en una ciudad, sino que alude a la integración de hecho y de pleno derecho de los habitantes de un territorio, a la sociedad o comunidad en la que están insertos.

Implica participar en la generación del orden institucional de esa comunidad, al que dichos ciudadanos se someterán sólo tras haber sido co-autores del mismo, en menor o mayor medida.

Esta condición de ciudadano es la que otorga soberanía a las personas, de modo que al actuar en conjunto, ejercen su soberanía como Nación. 

Es el modo en que las personas deben elegir libremente cómo organizar su convivencia al interior de su territorio y, al mismo tiempo, cómo relacionarse con los habitantes de otros territorios, resguardando siempre su autodeterminación.

No es la acepción más generalizada entre las personas ya que, por muy diversas razones, parecieran no estar interesadas en tomar las riendas de sus propias vidas.

Y, ciertamente, no es la acepción de “ciudadano” que la élite detentadora del Poder de Facto quiere en la consciencia de la Nación.

Si alguna condición tenemos las personas que habitamos el territorio, esa es la de “súbditos”. No la de ciudadanos.

Si bien el concepto se remonta a las viejas monarquías, a cuya autoridad estaban sujetas las personas, el mismo es perfectamente aplicable a la relación de subordinación vergonzosa de los supuestos ciudadanos, que existe hoy respecto de la versión actual del mismo Poder de Facto, cuya cara visible es la clase política -a todo su ancho- y aquella fracción de la élite financiera que da la espalda a la sociedad, pues sólo le importa ésta en la medida de que sirve a sus exclusivos intereses.

Los modernos súbditos chilenos, como sus ancestros del medioevo, estamos obligados a obedecer al amo, y más allá de todas las cortinas de humo que se nos ponen por delante a diario a través de la formidable herramienta de los medios masivos de alienación, nuestro verdadero estado es ese: el de sometimiento.

No somos ciudadanos, pues no ejercemos nuestra libertad humana para decidir cómo queremos vivir nuestras vidas. En cambio, hemos resignado esa libertad natural a la obediencia de los preceptos emanados siempre desde un pequeñísimo grupo de entre nosotros, que lo hace sólo porque ellos han podido o, lo que es lo mismo, nosotros se lo hemos permitido.

Nuestra libertad personal ha sido hábil y sistemáticamente reducida por aquella pequeñísima cohorte de habitantes de entre nosotros, a un poco más que poder elegir entre varias marcas de productos de diversa índole, todos de propiedad de aquella misma élite.

Instalaron en las gentes la idea de que existen personas mejores y peores, suplantando así la verdad ostensible de que sólo somos diferentes y que a través del desarrollo individual y social de cada uno de nosotros es como generamos la amplia y compleja diversidad que nos da la posibilidad inmedible de aprendizaje y crecimiento. 

De este modo es como han alimentado implacablemente ese valor artificial de la competencia entre iguales. Puesto que asumo que somos iguales en origen o en esencia y, tal como dos vectores que surgen de un mismo vértice, pudiendo llegar a distanciarse entre sí hasta el infinito, nuestras diferencias se originan en la expresión de nuestra esencia, en la expresión de cada uno de nosotros, en el ejercicio cotidiano y en extremo complejo de la toma de decisiones, pequeñas y grandes. 

Este Poder de Facto, secreto en cierto nivel, discreto en otro nivel y desembozado en donde todos podemos advertir, nos ha empujado a poner dentro de un grueso paréntesis en nuestro interior, la noción de trascendencia del ser humano y nuestra conexión con la naturaleza, consiguiendo expulsar el íntimo vínculo con la divinidad -como quiera que cada quien la perciba- de modo de situarla fuera, como el Sol, las imágenes en los templos, los íconos del mainstream y, por supuesto, el dinero.

Con “Dios” afuera, los humanos nos tornamos dependientes, aterrados, vulnerables, presa fácil del Poder de Facto de las edades, cuya principal entretención es enemistarnos entre nosotros y mantenernos perpetuamente divididos, peleándonos por ocupar una u otra de las casillas conceptuales en las que nos separan, tales como las religiones, los partidos políticos, las clases sociales y mil más.

Súbditos. Eso es lo que de hecho somos, hasta cuando nosotros mismos decidamos dejar de serlo, para convertirnos en Ciudadanos.

¿Bajarles de los patines?

Antes que bajar de los patines a los niños y las niñas que -por algunas razones que abordaré- muestran un desarrollo favorable en su incursión por el sistema educativo formal, considero necesario revisar ese sistema en su integridad.

Como sabemos, el fenómeno del acceso masivo de los niños a las aulas es bastante nuevo en el mundo occidental, desde hace poco más de dos siglos y medio, siendo algunas de sus  principales causas la gestión de los reyes Federico Guillermo I y Federico II de Prusia, que consolidó la escolarización obligatoria en su país a mediados del siglo XVIII, y la primera revolución industrial que comenzó en Inglaterra en el mismo siglo, transformando para siempre el modo de vida fundamentalmente agrícola de los habitantes.

Las personas comunes eran hasta antes de las revoluciones en Estados Unidos y Francia, mayoritariamente súbditos de los respectivos reyes, virreyes y señores feudales por toda Europa y América y, por supuesto, extraordinariamente dependientes de las instituciones religiosas que les regulaban la vida.  

Si bien ya habían transcurrido tres siglos desde la invención de la imprenta en Maguncia, y dos siglos y medio desde la publicación de la biblia de Martín Lutero en alemán, es decir, un idioma común, la población europea y americana de mediados del siglo XVIII era básicamente pobre y analfabeta, siendo la educación en el conocimiento disponible entonces un privilegio de muy pocos, a ambos lados del Atlántico. 

La afluencia masiva de campesinos hacia los nuevos centros industriales urbanos en Inglaterra y luego en otros países debilitó dramáticamente la institución familiar, puesto que implicó una ruptura profunda en el ya precario diseño del modo de vida en aquellos reinos donde, a pesar de las enormes dificultades de su tiempo, aún podía apreciarse el valor del refugio familiar para quienes nacían y crecían en dicho contexto social. El estamento gobernante inglés determinó en sucesivas fechas la escolarización pública obligatoria para alcanzar la mayor cantidad posible de niños, de modo de organizar y controlar las grandes masas laborales necesarias a semejante transformación en la economía.

En Prusia, por su parte, la motivación de aquellos reyes para establecer la obligatoriedad de la enseñanza primaria, tampoco descansaba en fines altruistas hacia la infancia, sino que buscaba un modo de potenciar la eficacia de su ejército y la obediencia de sus súbditos.

Y aunque durante la revolución francesa, a fines del mismo siglo XVIII, existieron serios cuestionamientos respecto del control social como fundamento de la educación masiva de los niños…, bueno, esos revolucionarios también gritaron “libertad, igualdad y fraternidad”…, y podemos ver lo que realmente sucedió.

Así, el fenómeno de la educación masiva tiene desde el primer momento el propósito de mantener un fuerte control de los ciudadanos y de las actividades en su territorio, primero en la monarquía y luego también en la república.

En Chile en la década de 1840 desde el Estado -no desde las familias- se resuelve iniciar la instrucción pública primaria alrededor de la idea de fortalecer la naciente república, tras los objetivos de alfabetizar, instruir y disciplinar a la población. Se crean la Universidad de Chile, laica y la Escuela Nacional de Preceptores o Escuela Normal de formación de docentes, con la influencia francesa de Jean-Baptiste de La Salle, cuyos esfuerzos por alcanzar grandes colectivos de nuevos educandos entre la población menos favorecida de Francia, son tan encomiables como sesgados por la formación religiosa que desde siempre se empeñó en domar el espíritu humano, al someterlo a sistemas normativos que favorecieran el diseño de control social emanado desde Roma. 

Las funciones de la llamada instrucción pública fueron originalmente entregadas al Ministerio de Justicia, quintaesencia del sistema normativo chileno, heredado de la monarquía española y su inseparable obediencia a la Iglesia Católica Apostólica Romana. 

En su origen siempre se habló en Chile de “instrucción” primaria, secundaria y superior, así como de Ministerio de Instrucción, como la clase gobernante lo denominó hasta 1927.

En 1860 se constituyó la ley de instrucción primaria -obligatoria desde 1920- gratuita para niños de ambos sexos y el cargo de Inspector General de Instrucción Primaria. 

El propósito de alcanzar la plena cobertura del sistema de instrucción tuvo sus dos primeros grandes esfuerzos en la administración de Pedro Aguirre Cerda al inicio de la década de 1940 y en la administración de Eduardo Frei Montalba a mediados de la década de 1960.

Como en otras latitudes, el sistema denominado de educación oficial o gubernamental chileno ha estado mucho más centrado en las expectativas de los Centros de Poder que en las personas destinatarias de tales afanes de instrucción, es decir, los niños y las niñas. 

La inteligencia natural de los seres humanos ha permitido que millones de personas hayamos podido transitar por el sistema “de instrucción” oficial en la antigüedad y en el presente, sin permitir que el mismo reduzca nuestra condición humana de seres librepensantes.

Pero también es cierto que tal objetivo del Poder de Facto que opera en nuestro país ha tenido mucho éxito en conseguir con su sistema educacional oficial, otros tantos millones de personas que han adquirido el perfil de pseudo ciudadanos, traducido en la condición de buen trabajador, consumidor y pagador de impuestos, que masculla su rabia por intuidas razones sólo para sí, generándose toda clase de desviaciones, enfermedad y muerte prematura, con esa obediencia sorda que suele cobrar una factura onerosa.

Entonces, cuando hablamos de “bajar de los patines” a los estudiantes más “aventajados”         -parafraseando los criterios usados en el sistema educacional oficial- para acortar la brecha entre aquellos y los que presentan un bajo “rendimiento” en el mismo sistema, estamos errando el foco de la discusión.

No me refiero a la obviedad que salta a la vista, sino que erramos al mantener una discusión baladí que -para el regocijo de aquel Poder de Facto- no toca el asunto que en mi opinión se encuentra en el fondo.

Hasta donde puedo comprender, el proceso de educación nada tiene que ver con la mera instrucción ni con esa suerte de vaciado de contenidos desde “los que saben” hacia “los que no saben”.

Más bien se trata de conocer el mundo al que se ha venido, tanto como cada quien desee conocer y, junto con ello, conocerse a sí mismo, desarrollando y fortaleciendo la propia identidad en el proceso de interacción permanente con las otras personas y el propio experienciar.

Este proceso que ocurre durante toda la vida, requiere de sobremanera en los primeros años de un ambiente enriquecido, en el hogar y en la escuela, que le ofrezca a cada niña y a cada niño la confianza necesaria para desplegar su observación, su reflexión y su expresión, sin necesidad alguna de que tales procesos cognoscitivos deban ser evaluados en términos de premio y castigo. 

Un niño jamás debiera ser sometido a “rendir”, como se hace con los adultos, y la noción de competencia -en tanto hacerles creer que existen personas mejores y peores- debe ser erradicada del proceso educacional.

Cada persona es un universo entero, que precisa desplegarse y favorecer así al mundo con sus aprendizajes, en una relación de colaboración con todo y todos alrededor, ya que cada acto mío afecta al mundo y todo lo que ocurre en el mundo me afecta, inevitable y maravillosamente.

Nuestros hijos e hijas no tienen que ponerse o sacarse los patines en una competición absurda. Ellos y ellas deben desplegar sus alas y volar tan alto y tan lejos como elijan hacerlo y el sistema educacional debe ser reorganizado de modo de no entorpecer ese vuelo.

Partidos políticos vs Soberanía.

El concepto mismo de “partido”, “secta” o “facción” alude desde su génesis a la búsqueda de división entre los Pueblos, es decir, carga con un fuerte sesgo negativo desde el origen, aunque  sus instigadores hayan querido convencer a la gente de que se crearían para representarla y para favorecerla.

Relativamente nuevos, no más atrás de fines del siglo XVII, los partidos o facciones han sido la  moderna via regia de quienes han buscado y conseguido controlar la organización de los Pueblos, asegurando para sí el poder y la perpetuación de su posición privilegiada.

Un siglo más tarde, durante la Revolución Francesa, el Poder de Facto instaló las nociones de “izquierda” y “derecha”, a propósito de la distribución de los protagonistas visibles en el salón de reuniones de la Asamblea Nacional Constituyente, durante la discusión entre monarquía parlamentaria y república, como sistemas de retención del poder y control de la población.

Transcurridos más de dos siglos, para una cohorte cada día mayor de ciudadanos despiertos o en proceso de despertar, es evidente hoy que los “partidos” y su encasillamiento común en una u otra de esas categorías de lateralidad, forman parte de un diseño ingeniosamente producido e instalado desde la sombra por el Poder Real.

“Izquierda” y “derecha” mostradas ante la población como si fuesen enemigos o, al menos, adversarios, a pesar de que sólo se trate de los dos lados que constituyen una unidad central, como la imagen de un ave con sus dos alas.

Las diferencias que observamos entre unos y otros son efectivas, pero sólo hasta cierta profundidad, de modo que a los ojos de los ciudadanos parece real que un político “de izquierda” se encuentre en las antípodas de un político “de derecha”.

¿Que no da lo mismo un gobierno “de derecha” que uno “de izquierda”?, pues claro que no…, pero sólo hasta cierto nivel. Hasta donde habitualmente alcanza a ver la población general.

Las plumas de la misma ave, tanto en su ala izquierda como en su ala derecha, efectivamente muestran diferencias entre una extremidad y la otra, así como al interior de cada una de ellas, de modo que  encontramos plumas con diferente función, colorido, tamaño y ubicación. Tal como ocurre con los políticos “de izquierda” y “de derecha” que ante la Nación se erigen como rivales, diferentes y hasta irreconciliables, pudiendo ello ser efectivamente así…, pero sólo hasta cierto punto. Un día están “en el gobierno” y otro día “en la oposición”, siendo mantenidos y financiados los mismos funcionarios ejecutivos, legislativos y judiciales, en diferentes cargos,  por más o por menos tiempo, incluso dentro de un mismo período de Administración.

Las dos alas pertenecen a la misma ave y los hechos nos muestran que el ave, pertenece al mismo Poder.

Los ciudadanos no necesitamos este diseño que persigue mantenernos permanentemente divididos.

Es tiempo de quitarnos de encima esta opresión pues -por lo demás- está cada día más claro que quienes estén ocupando los cargos de la Administración, obedecen a una misma agenda, cada vez con menos pudor por ya no parecer tan diferentes.

Una Nación puede darse un ordenamiento organizacional diferente del clásico conocido, éste que nos ha sido impuesto. No necesitamos intermediarios que se ofrecen a sí mismos y que se arrogan nuestra representación, en circunstancias de que sólo representan al Poder de Facto que  -a través del sistema de partidos políticos- los instala en las papeletas de votación primero y luego en los diversos cargos con que financia a ganadores y perdedores, para asegurar el cumplimiento de su agenda oculta, en primer lugar, y para desarrollar mejor o peor el programa público de cada Gobierno de turno.

Los ciudadanos y las ciudadanas, en tanto personas adultas, debemos hacernos cargo de todos los asuntos que nos competen, de modo que en cada asentamiento humano podemos generar una orgánica de participación de sus habitantes. Una asamblea y las instituciones necesarias para que fluya la voluntad de los vecinos y vecinas y para que el control de la ruta por la que hemos decidido caminar, permanezca en nuestras manos. Esto es lo que yo entiendo por soberanía.