¿Bajarles de los patines?

Antes que bajar de los patines a los niños y las niñas que -por algunas razones que abordaré- muestran un desarrollo favorable en su incursión por el sistema educativo formal, considero necesario revisar ese sistema en su integridad.

Como sabemos, el fenómeno del acceso masivo de los niños a las aulas es bastante nuevo en el mundo occidental, desde hace poco más de dos siglos y medio, siendo algunas de sus  principales causas la gestión de los reyes Federico Guillermo I y Federico II de Prusia, que consolidó la escolarización obligatoria en su país a mediados del siglo XVIII, y la primera revolución industrial que comenzó en Inglaterra en el mismo siglo, transformando para siempre el modo de vida fundamentalmente agrícola de los habitantes.

Las personas comunes eran hasta antes de las revoluciones en Estados Unidos y Francia, mayoritariamente súbditos de los respectivos reyes, virreyes y señores feudales por toda Europa y América y, por supuesto, extraordinariamente dependientes de las instituciones religiosas que les regulaban la vida.  

Si bien ya habían transcurrido tres siglos desde la invención de la imprenta en Maguncia, y dos siglos y medio desde la publicación de la biblia de Martín Lutero en alemán, es decir, un idioma común, la población europea y americana de mediados del siglo XVIII era básicamente pobre y analfabeta, siendo la educación en el conocimiento disponible entonces un privilegio de muy pocos, a ambos lados del Atlántico. 

La afluencia masiva de campesinos hacia los nuevos centros industriales urbanos en Inglaterra y luego en otros países debilitó dramáticamente la institución familiar, puesto que implicó una ruptura profunda en el ya precario diseño del modo de vida en aquellos reinos donde, a pesar de las enormes dificultades de su tiempo, aún podía apreciarse el valor del refugio familiar para quienes nacían y crecían en dicho contexto social. El estamento gobernante inglés determinó en sucesivas fechas la escolarización pública obligatoria para alcanzar la mayor cantidad posible de niños, de modo de organizar y controlar las grandes masas laborales necesarias a semejante transformación en la economía.

En Prusia, por su parte, la motivación de aquellos reyes para establecer la obligatoriedad de la enseñanza primaria, tampoco descansaba en fines altruistas hacia la infancia, sino que buscaba un modo de potenciar la eficacia de su ejército y la obediencia de sus súbditos.

Y aunque durante la revolución francesa, a fines del mismo siglo XVIII, existieron serios cuestionamientos respecto del control social como fundamento de la educación masiva de los niños…, bueno, esos revolucionarios también gritaron “libertad, igualdad y fraternidad”…, y podemos ver lo que realmente sucedió.

Así, el fenómeno de la educación masiva tiene desde el primer momento el propósito de mantener un fuerte control de los ciudadanos y de las actividades en su territorio, primero en la monarquía y luego también en la república.

En Chile en la década de 1840 desde el Estado -no desde las familias- se resuelve iniciar la instrucción pública primaria alrededor de la idea de fortalecer la naciente república, tras los objetivos de alfabetizar, instruir y disciplinar a la población. Se crean la Universidad de Chile, laica y la Escuela Nacional de Preceptores o Escuela Normal de formación de docentes, con la influencia francesa de Jean-Baptiste de La Salle, cuyos esfuerzos por alcanzar grandes colectivos de nuevos educandos entre la población menos favorecida de Francia, son tan encomiables como sesgados por la formación religiosa que desde siempre se empeñó en domar el espíritu humano, al someterlo a sistemas normativos que favorecieran el diseño de control social emanado desde Roma. 

Las funciones de la llamada instrucción pública fueron originalmente entregadas al Ministerio de Justicia, quintaesencia del sistema normativo chileno, heredado de la monarquía española y su inseparable obediencia a la Iglesia Católica Apostólica Romana. 

En su origen siempre se habló en Chile de “instrucción” primaria, secundaria y superior, así como de Ministerio de Instrucción, como la clase gobernante lo denominó hasta 1927.

En 1860 se constituyó la ley de instrucción primaria -obligatoria desde 1920- gratuita para niños de ambos sexos y el cargo de Inspector General de Instrucción Primaria. 

El propósito de alcanzar la plena cobertura del sistema de instrucción tuvo sus dos primeros grandes esfuerzos en la administración de Pedro Aguirre Cerda al inicio de la década de 1940 y en la administración de Eduardo Frei Montalba a mediados de la década de 1960.

Como en otras latitudes, el sistema denominado de educación oficial o gubernamental chileno ha estado mucho más centrado en las expectativas de los Centros de Poder que en las personas destinatarias de tales afanes de instrucción, es decir, los niños y las niñas. 

La inteligencia natural de los seres humanos ha permitido que millones de personas hayamos podido transitar por el sistema “de instrucción” oficial en la antigüedad y en el presente, sin permitir que el mismo reduzca nuestra condición humana de seres librepensantes.

Pero también es cierto que tal objetivo del Poder de Facto que opera en nuestro país ha tenido mucho éxito en conseguir con su sistema educacional oficial, otros tantos millones de personas que han adquirido el perfil de pseudo ciudadanos, traducido en la condición de buen trabajador, consumidor y pagador de impuestos, que masculla su rabia por intuidas razones sólo para sí, generándose toda clase de desviaciones, enfermedad y muerte prematura, con esa obediencia sorda que suele cobrar una factura onerosa.

Entonces, cuando hablamos de “bajar de los patines” a los estudiantes más “aventajados”         -parafraseando los criterios usados en el sistema educacional oficial- para acortar la brecha entre aquellos y los que presentan un bajo “rendimiento” en el mismo sistema, estamos errando el foco de la discusión.

No me refiero a la obviedad que salta a la vista, sino que erramos al mantener una discusión baladí que -para el regocijo de aquel Poder de Facto- no toca el asunto que en mi opinión se encuentra en el fondo.

Hasta donde puedo comprender, el proceso de educación nada tiene que ver con la mera instrucción ni con esa suerte de vaciado de contenidos desde “los que saben” hacia “los que no saben”.

Más bien se trata de conocer el mundo al que se ha venido, tanto como cada quien desee conocer y, junto con ello, conocerse a sí mismo, desarrollando y fortaleciendo la propia identidad en el proceso de interacción permanente con las otras personas y el propio experienciar.

Este proceso que ocurre durante toda la vida, requiere de sobremanera en los primeros años de un ambiente enriquecido, en el hogar y en la escuela, que le ofrezca a cada niña y a cada niño la confianza necesaria para desplegar su observación, su reflexión y su expresión, sin necesidad alguna de que tales procesos cognoscitivos deban ser evaluados en términos de premio y castigo. 

Un niño jamás debiera ser sometido a “rendir”, como se hace con los adultos, y la noción de competencia -en tanto hacerles creer que existen personas mejores y peores- debe ser erradicada del proceso educacional.

Cada persona es un universo entero, que precisa desplegarse y favorecer así al mundo con sus aprendizajes, en una relación de colaboración con todo y todos alrededor, ya que cada acto mío afecta al mundo y todo lo que ocurre en el mundo me afecta, inevitable y maravillosamente.

Nuestros hijos e hijas no tienen que ponerse o sacarse los patines en una competición absurda. Ellos y ellas deben desplegar sus alas y volar tan alto y tan lejos como elijan hacerlo y el sistema educacional debe ser reorganizado de modo de no entorpecer ese vuelo.

Partidos políticos vs Soberanía.

El concepto mismo de “partido”, “secta” o “facción” alude desde su génesis a la búsqueda de división entre los Pueblos, es decir, carga con un fuerte sesgo negativo desde el origen, aunque  sus instigadores hayan querido convencer a la gente de que se crearían para representarla y para favorecerla.

Relativamente nuevos, no más atrás de fines del siglo XVII, los partidos o facciones han sido la  moderna via regia de quienes han buscado y conseguido controlar la organización de los Pueblos, asegurando para sí el poder y la perpetuación de su posición privilegiada.

Un siglo más tarde, durante la Revolución Francesa, el Poder de Facto instaló las nociones de “izquierda” y “derecha”, a propósito de la distribución de los protagonistas visibles en el salón de reuniones de la Asamblea Nacional Constituyente, durante la discusión entre monarquía parlamentaria y república, como sistemas de retención del poder y control de la población.

Transcurridos más de dos siglos, para una cohorte cada día mayor de ciudadanos despiertos o en proceso de despertar, es evidente hoy que los “partidos” y su encasillamiento común en una u otra de esas categorías de lateralidad, forman parte de un diseño ingeniosamente producido e instalado desde la sombra por el Poder Real.

“Izquierda” y “derecha” mostradas ante la población como si fuesen enemigos o, al menos, adversarios, a pesar de que sólo se trate de los dos lados que constituyen una unidad central, como la imagen de un ave con sus dos alas.

Las diferencias que observamos entre unos y otros son efectivas, pero sólo hasta cierta profundidad, de modo que a los ojos de los ciudadanos parece real que un político “de izquierda” se encuentre en las antípodas de un político “de derecha”.

¿Que no da lo mismo un gobierno “de derecha” que uno “de izquierda”?, pues claro que no…, pero sólo hasta cierto nivel. Hasta donde habitualmente alcanza a ver la población general.

Las plumas de la misma ave, tanto en su ala izquierda como en su ala derecha, efectivamente muestran diferencias entre una extremidad y la otra, así como al interior de cada una de ellas, de modo que  encontramos plumas con diferente función, colorido, tamaño y ubicación. Tal como ocurre con los políticos “de izquierda” y “de derecha” que ante la Nación se erigen como rivales, diferentes y hasta irreconciliables, pudiendo ello ser efectivamente así…, pero sólo hasta cierto punto. Un día están “en el gobierno” y otro día “en la oposición”, siendo mantenidos y financiados los mismos funcionarios ejecutivos, legislativos y judiciales, en diferentes cargos,  por más o por menos tiempo, incluso dentro de un mismo período de Administración.

Las dos alas pertenecen a la misma ave y los hechos nos muestran que el ave, pertenece al mismo Poder.

Los ciudadanos no necesitamos este diseño que persigue mantenernos permanentemente divididos.

Es tiempo de quitarnos de encima esta opresión pues -por lo demás- está cada día más claro que quienes estén ocupando los cargos de la Administración, obedecen a una misma agenda, cada vez con menos pudor por ya no parecer tan diferentes.

Una Nación puede darse un ordenamiento organizacional diferente del clásico conocido, éste que nos ha sido impuesto. No necesitamos intermediarios que se ofrecen a sí mismos y que se arrogan nuestra representación, en circunstancias de que sólo representan al Poder de Facto que  -a través del sistema de partidos políticos- los instala en las papeletas de votación primero y luego en los diversos cargos con que financia a ganadores y perdedores, para asegurar el cumplimiento de su agenda oculta, en primer lugar, y para desarrollar mejor o peor el programa público de cada Gobierno de turno.

Los ciudadanos y las ciudadanas, en tanto personas adultas, debemos hacernos cargo de todos los asuntos que nos competen, de modo que en cada asentamiento humano podemos generar una orgánica de participación de sus habitantes. Una asamblea y las instituciones necesarias para que fluya la voluntad de los vecinos y vecinas y para que el control de la ruta por la que hemos decidido caminar, permanezca en nuestras manos. Esto es lo que yo entiendo por soberanía.

Elegir vivir sin drogas? sí, pero…

Don Sebastián Piñera Echeñique:

He escuchado con interés su anuncio de la iniciativa dada en llamar “Elige vivir sin drogas”, y los conceptos por Ud. usados en tal alocución para referirse a la encomiable intención de prevenir el consumo de estas sustancias por parte de los niños, niñas y adolescentes chilenos.

Al tenor de aquello, he sentido la necesidad de participarle de la visión que comparto en torno a este complejo asunto, aspirando a dar mi pequeña contribución como profesional con extenso desempeño en el trabajo de atención y cuidado a la infancia y adolescencia de nuestro país, que se encuentra en circunstancias especialmente difíciles.

Las cifras y el diagnóstico del estado de situación en Chile en torno al consumo de sustancias tóxicas están sobre la mesa, denotando como Ud. bien sabe, una realidad en extremo severa y que, no obstante, ha sido históricamente relativizada debido a una muy compleja ecuación de variables biopsicosociales, económicas, políticas, religiosas y culturales, generándose un efecto evidente de inacción muy significativo que supera los esfuerzos también visibles de las iniciativas implementadas a través de los Ministerios de Salud, de Educación, y de Justicia, de SENDA y de algunos fondos regionales.

Quiero mostrarle, Presidente, que poner el foco de atención sobre “las drogas” y usar como estrategia de acción el relato de “la guerra” contra ellas es profundamente equivocado.

Baste recordar que en cuanto a este relato, nacido en el entorno del Gobierno del Presidente Richard Nixon en el año 1970, hemos asistido al más absoluto fracaso del mismo con cifras de tráfico y consumo que no sólo no se logran controlar, sino que han generado otros problemas graves, como es la sobrepoblación carcelaria por causas asociadas a la Ley de control y prevención del abuso de drogas en Estados Unidos, tal como también ocurre en nuestro país, donde las encarcelaciones por infracción a la Ley Nº 20.000 ocupan el segundo lugar, tras el delito de robo.

He podido observar en la primera línea por muchos años el fenómeno de la elección de una conducta tan perniciosa como el consumo de psicotrópicos, encontrando algunas explicaciones plausibles de la paradoja que constituye ver a una persona, es decir, una entidad por definición inteligente, cometiendo una conducta autodestructiva.

Ciertamente, es sabido que los humanos presentamos una gran complejidad en nuestro comportamiento, tratándose de seres en proceso de desarrollo aún lejos de alcanzar sus más altas cumbres. Sin embargo, la autoflagelación arranca en todos los casos desde una severa fractura en el sistema afectivo del individuo, que suele permanecer abierta por mucho tiempo y encontrarse -por tanto- sin la necesaria reparación.

Esta particular circunstancia de sufrimiento o carencia de afecto torna extremadamente sensibles a las personas, condición que de ordinario deviene en una fuerte devaluación de sí mismas, una marcada culpabilización a terceros y la estrechez creciente del rango de su capacidad para tomar decisiones sensatas.

Normalmente se encuentran en un estado semejante cuando acuden -por ejemplo- al Programa que dirijo y el principio que aplicamos en nuestro trabajo es en mi opinión válido para la totalidad de una política nacional para abordar el fenómeno en comento.

La conducta de consumo de una o más sustancias tóxicas es en sí misma éticamente reprobable, sin embargo, las razones que llevan a una persona a este comportamiento son respetables, en tanto provienen desde la soberanía de su mundo interior, antes de convertirse en hechos que eventualmente causarán daño.

Las personas sí obtienen algún beneficio con esta conducta, comúnmente asociado a la atenuación momentánea de la experiencia de sufrimiento antes aludida.

Sr. Piñera, me permito expresarle lo mismo que he sostenido ante quienes resulten ser pertinentes al propósito de revisar y mejorar la capacidad de respuesta que como comunidad nacional debemos darnos, para detener y disminuir la distorsión conductual en referencia.

Nuestros esfuerzos deben ser dirigidos a las circunstancias existenciales -individuales y sociales- que motivan a las personas a adoptar tales decisiones distorsionadas, a pesar del daño auto infligido con ello.

Es menester una política nacional de reorganización de la vida de los ciudadanos, de modo de introducir coherencia entre las múltiples facetas que constituyen la cotidianeidad de los mismos.

Es necesario disminuir drásticamente el sometimiento de las personas a tan alto distrés cada día, con una revisión profunda del diseño vigente para el funcionamiento de los sistemas laboral, productivo, educacional, de transporte, urbanístico, de servicios básicos, de ocupación del ocio, en suma, debemos abocarnos a rescatar el funcionamiento sano de las familias que en gran número ya perdieron el sentido de lo que eso significa, y proteger a aquellas que aún no han visto muy deteriorada su calidad de vida para que no sigan a las primeras en la rodada.  

Dado el diseño lineal de nuestro ordenamiento administrativo, cuya ineficiencia dificulta la posibilidad de alcanzar logros muy mayores, la iniciativa compromiso país es propicia para abordar sistémicamente la compleja ecuación problemática que afecta a la mayoría de la Nación, pivoteada desde el Ministerio de Desarrollo Social y Familia con un contenido de políticas, planes y programas que no sólo se propongan desde un mero afán paternalista, sino desde la asunción del principio de que cuidar y proteger nuestra célula social básica y todos sus integrantes, devendrá necesariamente en un ordenamiento coherente de todas las actividades y funciones de los distintos componentes de la vida nacional organizada.

Impuestos contra mi voluntad.

Es necesario y urgente que la Nación chilena, esto es, los ciudadanos que habitamos este país, asumamos nuestras responsabilidades en la conducción de todos los asuntos que nos competen y de los que hasta ahora en nuestra historia nacional, hemos permitido que se hagan cargo sólo un grupo reducido de connacionales, con cuyo desempeño -al menos yo- no me siento conforme.

Hace pocos días hubo en los medios masivos una polémica por el eventual cobro a los usuarios, de los nuevos medidores de energía eléctrica, sin que estos aparatos pasasen a la propiedad de los mismos usuarios.

Una oposición razonable de los ciudadanos, cuyo argumento de que si compras algo pasas a ser dueño de ese algo, es incontestable.

En esa misma línea, cuánto más inobjetable es argumentar que quienes financiamos los gastos y las inversiones asociados a la administración de los asuntos de interés público, que emergen del hecho de vivir en un territorio común, somos por tanto los dueños de todo aquello así financiado.

Pues ha llegado el tiempo de que este principio tan claro, se manifieste de manera coherente en un nuevo diseño del modo en que todas las personas que vivimos legalmente en el país, tengamos el espacio, el derecho y el deber de participar en la toma de decisiones de los asuntos que nos incumben, de modo de hacer valer nuestra condición de financistas del Estado y mandantes de los funcionarios encargados de las diversas tareas de la Administración, comenzando por el primero de los mandatarios: el Presidente de turno en la República.

Sí, porque es preciso recordar que mandante es la entidad que ordena y mandatario es la entidad que obedece o cumple las instrucciones del primero.

La soberanía de una Nación sólo puede existir si las personas que la constituyen han conquistado a su vez su soberanía personal, entendida como el disfrute de la libertad para vivir de acuerdo a los principios que se profesan, dentro del respeto por la libertad de las demás personas.

Y un ciudadano que se ve obligado a destinar una parte de la riqueza que obtiene fruto de su esfuerzo personal, a la administración de los asuntos en referencia, ha debido deponer su libertad. Así fue durante la historia de la humanidad en épocas pretéritas donde la calidad de vida de aquellos Pueblos es hoy considerada miserable, por haber estado sujetos a prácticas abusivas y violentas de parte de quienes les dirigían y sometían en su dignidad. 

Con evidentes diferencias de contexto histórico, el mismo principio se encuentra plenamente vigente en nuestros días, toda vez que el propio vocablo y concepto de “impuesto”, significa desembozadamente obligación y -por tanto- sometimiento a la voluntad de otros connacionales, sobre la base de la amenaza y el castigo. En estricto rigor, el sistema de  cobros impuesto sobre nuestras rentas o sobre nuestros consumos ¡e incluso sobre nuestra propiedad!, equivale a un robo. A un asalto.

De acuerdo a lo informado por la Tesorería Nacional en su cuenta del año pasado, por ejemplo, en el ejercicio tributario de 2017 el 82,2% del total recaudado por el fisco, correspondió a la recaudación tributaria, es decir a los diferentes tipos de cobros impuestos a los ciudadanos, siendo los principales pagos obligados los correspondientes al impuesto al valor agregado a cada compra de un bien o un servicio, con un porcentaje aproximado del 28,48%, seguido por el impuesto a la renta obtenida por nuestro trabajo y/o nuestras inversiones, con un porcentaje aproximado del 26,89%.

Sin duda somos los ciudadanos y ciudadanas de este país quienes sostenemos el mayor peso de la carga que implica financiar la satisfacción de las innumerables necesidades que genera la Nación y -también vale señalarlo- es así precisamente como debe ser.

Pues entonces, así como corresponde a quienes vivimos legalmente en el país, financiar todo aquello que surge de nuestras propias necesidades, también nos corresponde tomar las decisiones respecto de cómo recaudar y cómo utilizar los recursos generados por nosotros mismos para satisfacer nuestras necesidades comunes.

Se trata de nuestras necesidades, de nuestro dinero y, por tanto, nuestras decisiones.

He aquí el modo de conquistar un espacio soberano en lo porvenir, puesto que muy diferente a la imposición que he descrito, será la voluntad ciudadana surgida del consenso que en su oportunidad generemos, acerca de la hacienda pública, su necesidad, mecanismo, montos y criterios de uso de tales recursos.  

Eso será posible, si dejamos de comportarnos como niños, esperando siempre que “alguien más haga las cosas por nosotros”.

Debemos poder elegir genuinos representantes de la voluntad ciudadana consensuada, en cada asentamiento humano del país. Como puedo verlo, ello sólo es posible si ejercemos esa elección y mandato con autonomía, obedeciendo a los acuerdos surgidos de las propias asambleas de habitantes, entre los pares, sin injerencias ajenas a esa voluntad. 

Tenemos mucho trabajo por hacer.

Sucedáneo de Democracia.

Quienes detentan el poder en un país, sobre la Nación que lo habita, pueden sentir un comprensible temor hacia la democracia, temor que puede originarse desde la simple posibilidad de perder un bien que se posee -como le ocurriría a cualquier persona- hasta el  más abyecto propósito de someter a la población a como dé lugar, es decir, el poder por el poder, indistintamente de si fue adquirido o no de manera legítima.   

Aquel temor se expresa en las muchas estrategias y mecanismos ideados al interior de su círculo y llevados a cabo sistemáticamente para controlar el riesgo de ver amenazado su diseño de sometimiento, y tal vez la más ingeniosa estrategia que aquellas élites han desarrollado es la de torcer el significado y naturaleza de la democracia, para hacer creer a la Nación que vivimos y estamos organizados en torno a este sistema de gobierno.

Las alternativas a una democracia presentan una dificultad superior para ser aceptadas por los habitantes, tal como ocurrió en Chile en tiempo aún cercano, con la dictadura cívico-militar instalada por aquella misma élite o Poder de Facto, que en otros momentos instala también una administración “de izquierda” o una “de derecha”, moviendo el péndulo de su estrategia para inculcar en la población la creencia de que puede elegir a quienes les gobiernen, mientras aquellos se mantienen siempre en el poder.

Una democracia, como sabemos, no es una modalidad de administración virtuosa en sí misma, puesto que el que lo llegue a ser depende absolutamente de la calidad de las personas que constituyen la Nación que se da ese sistema de gobierno. Depende de nosotros y de la expresión de consciencia que al presente seamos capaces de desarrollar.

Así, por ejemplo, una aristocracia podría perfectamente ser un muy buen modo de gobierno, entendiéndose por ella al ejercicio administrativo efectuado por ciertas personas de entre la propia Nación, dotadas de la excelencia y la virtud necesarias para cumplir con sus funciones a plena satisfacción de toda la población que se vería así, favorecida con la gestión de aquellas.

Sin embargo, sabemos también que nuestro desarrollo humano promedio está lejos aún de alcanzar tal nivel de excelencia y virtud, por tanto no podría funcionar de modo satisfactorio para nosotros una aristocracia, ni una monarquía. 

De modo que nos queda la democracia, que es el sistema de administración en que las decisiones son tomadas por toda la Nación -entiéndase los habitantes del país- con los resguardos que la propia Nación debe considerar, para controlarse a sí misma ante la proverbial debilidad que a todo ser humano le provoca la cercanía del poder, desde un Cuidador de autos hasta un Presidente.

En Chile nunca hemos tenido una democracia en tanto tal, pues siempre han sido las élites, entendidas como aquellos pequeños grupos de personas con el poder suficiente para determinar el curso de los acontecimientos estructurales en el país, quienes -precisamente- han decidido hasta hoy las cartas de navegación y el diseño de gobierno que cada generación de chilenos ha conocido.

Lo que tenemos no es una democracia, sino un sucedáneo de la misma, resultado de la manipulación que aquel Poder de Facto ha venido efectuando en su intento de mantener controlada a la población, puesto que somos nosotros quienes sostenemos el sistema, financiando con nuestro trabajo la mayor parte del gasto y la inversión nacional, sin que seamos nosotros quienes tomamos las decisiones de los asuntos que nos incumben.

Como aludo en el primer párrafo, considero posible atribuir al interior de aquel Poder de Facto al menos dos sensibilidades respecto de su motivación para temer a la democracia, siendo la más blanda de ellas aquella fundada en la suposición de que las personas no somos capaces de ejercer el derecho a la autodeterminación y de que ese eventual ejercicio sólo generaría un desastre de país, que arrastraría por cierto su patrimonio de dominio hasta límites desconocidos.

La sensibilidad más dura, en cambio, no sólo desconfía de la capacidad de los habitantes para comportarse como adultos, haciéndose cargo de sí mismos, sino que se esfuerza por ahogar toda posibilidad de que en algún momento futuro la población nacional pudiese concebir el autogobierno.

De modo que mantienen este sucedáneo de democracia, una ilusión de participación y de representación a través del ingenioso mecanismo de los partidos políticos, a través de los cuales ocupan los escaños del Poder Legislativo, los cargos del Poder Judicial y, por supuesto, el control del Poder Ejecutivo.

En mi humilde opinión, todos somos responsables de este statu quo y, por tanto, tenemos también la posibilidad de revertirlo, puesto que por más diverso que sea el pueblo del que formamos parte y eso incluya un número significativo de connacionales sin el suficiente desarrollo personal todavía, para hacer una contribución al crecimiento de la Nación, me asiste la convicción de que la mayoría de quienes habitan el territorio de Chile se encuentra preparada para dar el gran paso hacia la adultez ciudadana y consolidar su autonomía para conducir el devenir nacional.

8M mr

La poderosa propaganda que convocaba a la “huelga” o la marcha femenina del 8M queriendo instalar una narrativa de unidad en su causa, no puede disimular la enorme diversidad en las motivaciones, actitudes y pancartas de las casi 200.000 personas presentes en Santiago y las numerosas movilizaciones en otras ciudades de Chile y del mundo, ayer. Ni hablar de la diversidad al considerar a la inmensa mayoría de mujeres que no acudieron a alguna de esas citas.

Mucho se ha escrito y hablado acerca de “lo que está bien” y “lo que está mal” en el Feminismo, concepto difícil de acotar debido a aquella diversidad entre sus propias convocantes de la actual Tercera Ola, que parece diferenciarse en ello del llamado bastante mejor definido en la Primera Ola de mediados del siglo XVIII.

Las demandas contenidas en la convocatoria 8M de este año exceden con mucho el énfasis en la sororidad que tal vez algunas de las personas organizadoras hubieran querido darle a su esfuerzo. Tal vez porque es extraordinariamente difícil integrar propósitos tan diversos en un mismo evento o, quizá, porque quienes financian este movimiento y su primera línea de liderazgo quisieron ex profeso instalarlo de este modo.

Más allá de los juicios que al respecto han surgido a raudales, quiero detenerme en la legitimidad que para mí tiene el movimiento llamado feminista, tanto en sus demandas históricas más bien centradas en los denominados derechos de la mujer, como en sus reivindicaciones actuales desparramadas en todos los ámbitos de la vida humana.

La legitimidad de una causa arranca del mundo interior de quien la siente y la quiere expresar, no implicando necesariamente que sea mejor o peor que otras causas expresadas por otras personas en el espacio común de la existencia.

En mi caso, ni siquiera podría concebir que una mujer valga menos que un hombre ni que -por tanto- deba tener menos dignidad humana y menos derechos ante la ley.

Por tanto, lo que observo en las marchas por los derechos de la mujer, así con toda su confusa diversidad de mensajes, me produce también diferentes efectos, dependiendo de que se refieran precisamente a los derechos de la mujer en dignidad y en igualdad ante la ley o que aludan a una generalizada actitud “anti hombre” que, por supuesto, percibo muy alejada de la sensatez.

Sin embargo, le atribuyo legitimidad en sí misma a todas esas posturas, entendiendo que esta condición está dada por la percepción de cada una de las personas involucradas y las percepciones son por definición propias de cada quien. Anteriores al análisis de las mismas.

Siento que el eje que va desde el sentido común -entendido como consenso social mayoritario- hasta la radicalización en las demandas de las respectivas agrupaciones femeninas, discurre en paralelo a la experienciación personal de la tristeza y de la ira en el curso de la vida y de la actitud que cada quien decida adoptar ante ello.

Ambas terribles emociones del ámbito del miedo, suelen ir juntas y son entre ellas directamente proporcionales: mientras más rabia sentimos y expresamos, mayor es la tristeza que hemos experimentado. Entonces, dependiendo de las emociones vivenciadas en el pasado mediato o reciente, es que se configurará el eventual reclamo y el o los destinatarios del mismo. Ese reclamo así entendido, siempre será legítimo.

Entonces me parece evidente la manipulación que del sistema emocional de muchísimas personas, han hecho y continúan haciendo quienes obedecen a los oscuros intereses corporativos del Poder de Facto, siempre apuntando a dividirnos y controlarnos, en los más diversos ámbitos de la vida en sociedad.

El drama genuino y doloroso de quienes -mujeres y hombres- hayan experimentado el abuso de otro ser humano en el curso de su vida, no puede ser sanado a base de más sufrimiento.

La vida misma es mucho más grande que la suma de todas las vicisitudes que cada persona experimenta y, ciertamente, no está regida por el miedo, sino por el amor.

En mi opinión, aquellos que desde la opacidad de sus think tanks manipulan a la humanidad para mantenerla siempre en el ámbito del miedo, alejándola así de su natural afección amorosa, han planeado también la exacerbación del odio de “las mujeres” contra “los hombres”, escrito así cual categorías estadísticas, porque a aquellos integrantes de la pequeña y poderosa oligarquía mundial no le interesan las personas en tanto tales.

No necesitamos más división y temor entre nosotros, mujeres y hombres que constituimos juntos la especie humana. Precisamos sanar nuestras heridas también juntos, pues lo que le sucede a un ser humano le afecta a la humanidad completa y esta condición de nuestra identidad, de ser simultáneamente individual y gregaria, nos recuerda lo falaz de nuestras reyertas y recriminaciones, que sólo han tenido lugar a lo largo de toda la historia conocida, debido a nuestra labilidad y vulnerabilidad ante los embates manipuladores de las élites en todo tiempo y lugar.

Es nuestro desafío común, para hombres y mujeres, superar las distorsiones culturales que han generado el desequilibrio entre patriarcado y matriarcado, siendo como son, dos pilares fundamentales y mutuamente dependientes para sostener el desarrollo de nuestra humanidad, en sana colaboración y no en estúpida competencia.

Principio Biocéntrico y Salud.

El Principio Biocéntrico propuesto por el Profesor y Psicólogo Rolando Toro Araneda tiene como referencia inmediata la vida, y se inspira en las leyes universales que conservan los sistemas vivos y que posibilitan su evolución. Este autor chileno es el principal referente mundial en la comprensión Biocéntrica cuyas ideas centrales iluminan el quehacer de nuestra Fundación Saint Germain, en La Serena, Chile y su Programa de atención en salud mental.

Con la formulación, desarrollo e implementación metodológica de su propuesta, Rolando Toro Araneda se adelantó varias décadas en la descripción y comprensión de lo que hoy podemos definir como una revolución en el desarrollo de la especie humana, tan grande como el paso de nuestros antiguos ancestros desde la recolección a la agricultura. Este es el paradigma que se instala con fuerza por todo el mundo en nuestra época, que tiene por propósito y motivación el cuidado de la vida, en sus múltiples formas y manifestaciones.

Posteriormente, y por razones que hoy ya no podría atribuir al azar, otro profesional, el Dr. Robert P. Lanza, de Boston, ya avanzada su precoz carrera en el campo de la biología embrionaria, concibe también el Biocentrismo y titula de ese modo su libro del año 2009, con la bajada que reza: “La vida y la conciencia como claves para comprender la naturaleza del universo”. 

Rolando Toro señala que el Principio Biocéntrico por él concebido durante la primera parte de su carrera, en las décadas del ´40 al ´60 del siglo pasado, “establece un modo de sentir y de pensar que toma como referencia existencial la vivencia, surgiendo como una propuesta anterior a la cultura y se nutre de las informaciones que tenemos sobre los seres vivos. Tal propuesta puede parecer sorprendente, ya que estamos habituados al uso de la lógica deductiva, esto es, solemos sacar conclusiones preestablecidas de ciertos hechos y el método aplicado aquí, al revés, no es preestablecido, partimos del hecho incuestionable de la existencia de la vida “aquí y ahora” para interrogarnos sobre el origen del cosmos y todo lo que contiene. Nuestro abordaje de la consciencia parte, así, de la vivencia de estar vivos y de la certeza de que esta vivencia constituye el dato inicial.”[1]

“El Principio Biocéntrico -señala Rolando Toro- pone su interés en un universo comprendido como un sistema vivo. El reino de la vida comprende mucho más que los vegetales, los animales y el ser humano. Todo lo que existe, desde los neutrinos al quasar, de la piedra al pensamiento más sutil, forman parte de este sistema vivo prodigioso. De acuerdo al Principio Biocéntrico, el universo existe porque existe la vida, y no al revés.”

“El pensamiento tradicional sostiene que la vida nace de las diversas combinaciones de elementos químicos en ciertas condiciones de temperatura y de presión apropiadas, en un ambiente donde ya estaba presente el agua, el carbono, el fósforo, el sodio y otros elementos. Mas, al contrario, el universo como totalidad puede ser concebido como un organismo creador de vida; dentro de este universo la vida se expresa en una infinidad de formas.”

“La estrategia de transformación existencial cambia a partir del Principio Biocéntrico: los parámetros de la vida cósmica reflejan los parámetros de nuestro estilo de vida. En otros términos, nuestros comportamientos se organizan como expresión de vida y no como medios para alcanzar fines externos, políticos o socioeconómicos. Ellos se desarrollan para crear más vida dentro de la vida. Si las circunstancias sociales y culturales son adversas, pueden ser transformadas no con la ayuda de ideologías y de acciones políticas, sino restableciéndose a cada instante en nuestra existencia, las condiciones por las cuales ella (la vida) sea protegida.”

“El núcleo creador de la cultura del tercer milenio está por nacer con la integración de la biología a la física y vice-versa. A partir del momento en que presumimos que la vida no provenga de un proceso bioquímico de materia inanimada, sino que la materia, aparentemente inanimada, se organice como resultado de un sistema vivo omnipresente, el abordaje de esas ciencias se invertirá radicalmente.

“El Principio Biocéntrico es, por tanto, un punto de partida para estructurar las nuevas percepciones y las nuevas ciencias del futuro (ya presente), relativas a la existencia: atribución de prioridad al ser vivo; consideración del determinismo como ilusorio; abandono progresivo del pensamiento lineal en favor de la sincronicidad y de la resonancia de los acontecimientos; descalificación de las filosofías que buscan una verdad única, pues dentro de cada verdad se esconde otra. El determinismo de causa y efecto sólo es válido para los fenómenos macroscópicos.”

“Los hábitos intelectuales de selección, evaluación y de juicio hacia los objetos y fenómenos serán sustituidos por la percepción de regularidades y matices dentro de situaciones caóticas. La cuestión de “porqué” cede su lugar en favor del “cómo”. Todo lo que cuenta es la presencia del ser vivo que se manifiesta en medio de ruidos y situaciones aparentemente aleatorias, ya que el sentido de la vida está en la vida misma y prescinde de la elaboración de significados extrínsecos. Por eso, el fenómeno de la consciencia, así como se manifiesta en el ser humano, no se limitará más a tomar en consideración las múltiples reacciones de la entidad viva según parámetros antropológicos o mecánicos.”

“Así como la física encuentra su lugar en el cuerpo de la biología, la consciencia se inserta en el campo de la vivencia, si es posible definir lo emocional como la experiencia suprema del contacto con lo real. Si la verdad, según la concepción tradicional de la ciencia, es una proposición tautológica, puede, a pesar de ello, alcanzar la dimensión de certeza cuando se organiza tomando como referencia ineludible a la vida: ser, por tanto, el sentido mismo de la propia existencia, como un bailarín es, él mismo, ritmo y armonía.”

En palabras de Robert P. Lanza,[2] “la perspectiva biocéntrica, en que la vida y la conciencia son la base imprescindible para comprender el universo, gira en torno a cómo una experiencia subjetiva, a la que llamamos consciencia, se relaciona con el proceso físico”, en una aproximación extraordinaria, no sólo semántica sino conceptual con el pensamiento de Rolando Toro, centrando la atención en el hecho de que “no existe el azar, sino un diseño inteligente” agregando que “las representaciones de la existencia nunca son fruto del azar…, es posible concebirlas, por el contrario, como aventuras, o quizá como una melodía tan vasta y eterna que los oídos humanos no son capaces de apreciar toda la gama tonal de la sinfonía”.

Al acceder a la comprensión Biocéntrica, ambos coligen que la vida es anterior y hace posible al cosmos, al revés de como todos lo hemos aprendido hasta ahora, y participo absolutamente de la decisión de dejar fuera toda alusión al acaso,  aceptando -por tanto- un principio inteligente, que está manifestándose en el “aquí y ahora” a través de la percepción subjetiva de nuestra consciencia.

Para Robert Lanza, es la conciencia una dimensión tan inevitablemente presente como desconocida y aún omitida por gran parte de la comunidad científica convencional, a pesar de que es la propia ciencia física, la que nos ha venido mostrando desde principios del siglo XX, evidencias incontestables de la participación de la conciencia en la construcción del mundo que observamos -a través de nuestras percepciones- llegando a afirmar que todo aquello que consideramos cotidianamente como la realidad, no ocurre “allá fuera”, sino al interior de nuestra mente.

Tan atrás como el siglo XVIII, Immanuel Kant -que al igual que René Descartes afirmaba que “todo empieza por el yo”- propuso que “debemos librarnos de la idea de que el espacio y el tiempo son cualidades reales que tienen las cosas en sí […] Todos los cuerpos, junto con el espacio en el que están, no deben considerarse más que meras representaciones personales, y no existen más que en nuestros pensamientos”.

La física cuántica -que aún después de un siglo continúa siendo difícil de comprender- es una ciencia formulada y representada por personas de gran relevancia en el mundo moderno, tales como el propio Albert Einstein, así como Boris Podolski, Nathan Rosen, John Bell, Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger y muchos otros, cuyos desarrollos teóricos y experimentales nos están diciendo que aquello que denominamos la realidad, o “el mundo”, está formado a partir de un estado previo sólo probabilístico, desde el cual proviene cada uno de los elementos constitutivos de esta realidad, por mediación de la consciencia que, al intervenir, al hacerse presente o al observar, genera lo que esos científicos denominan el “colapso de la función de onda” de una partícula, es decir, la interrupción del estado probabilístico de una partícula u onda, que deviene en la manifestación de la misma, sumándose así a la construcción del mundo que nos es familiar.

La función de onda indica la probabilidad de que la partícula se encuentre en cada punto del espacio en cada momento del tiempo.

Sin duda un concepto perturbador, que intenta decirnos que todo es posible en un cierto estado, previo a la concreción de una u otra de las probabilidades de un hecho dado, producida por la presencia de un observador. 

Dicho de otra manera, ninguna partícula adopta en realidad una posición o movimiento concretos hasta que la función de onda de la misma se colapsa, esto es, que aquello que existía como un conjunto de probabilidades indeterminado, al ser observado deviene en la manifestación de una de esas probabilidades.

Tras mucha experimentación ante lo que parecía imposible, de hecho se hizo evidente que el mero conocimiento existente en la mente del experimentador es suficiente para hacer que la función de onda se colapse, lo que nos permite comprender, por ejemplo, el comentario del físico Dr. Eugene Wigner, de que “no es posible formular las leyes de la física de forma plenamente sistemática sin referirse a la conciencia del observador”.

Al comprender que la física y la biología están íntimamente conectadas y que comparten el desafío de ayudarnos a desentrañar el misterio de la consciencia y su rol en la manifestación de lo que entendemos por la realidad, no podemos menos que recurrir a ellas, desde el Biocentrismo, para explicarnos mejor el fenómeno de la construcción del propio vivir que cada persona ejecuta sobre la Tierra, día a día.

Esta construcción cotidiana de nuestra propia vida es -en palabras de Michel Foucault- una obra de arte. Nuestra mayor obra de arte, agregaré, cuya belleza y valor podemos convenir que se expresa principalmente en su cuidado y duración, idea que comúnmente aludimos a través del concepto de Salud.

En relación al campo de desempeño de nuestra Fundación -mi actividad cotidiana principal- orientada desde siempre hacia la salud de las personas recurrentes, en los diversos Programas que ha venido operando y, particularmente hoy, en nuestro Programa de atención en el área de la salud mental, “Joven Atrévete”, el entendimiento biocéntrico nos ha llevado a revisar con cuidado lo que hasta hoy se acepta como definición del concepto de salud, la que ha venido -dada su naturaleza subjetiva- experimentando variaciones a lo largo de las décadas con las que estamos familiarizados.

Definición del concepto salud.

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), no se trata de la mera carencia de enfermedad, sino de un estado de completo bienestar físico, mental y social.

Salud proviene de la vertiente latina como “saluus” o “salvus”, voces que aluden a “salvación”, “intacto” o “a salvo”, así como “salutare” para “saludar” o “desear salud” y “salutaris” para “saludable” y “salvadora”, a su vez, del sánscrito “sárvah” que alude a “entero” y la vertiente griega “holos”, que también significa “entero”, “todo” o “total”.

Alessandro Seppili, en 1971, define salud como “una condición de equilibrio funcional, tanto mental como físico, conducente a una integración dinámica del individuo en su ambiente natural y social”.

En 1984, la oficina de la OMS para Europa señaló a la salud como “la capacidad de realizar el propio potencial personal y responder de forma positiva a los retos del ambiente”.

Comprensión biocéntrica en la clínica.

En la Fundación Saint Germain proponemos relevar la naturaleza humana como condición dinámica y homeostática, inteligente por definición, fenómeno que explica la funcionalidad orgánica y psíquica como prioridad vital, a pesar de la presencia de múltiples factores que impliquen una amenaza para el ser, tanto que provengan del interior de la persona, así como del exterior, aunque siempre en relación co-causal con el propio individuo.

La condición de estar sano alude al equilibrio dinámico que resulta, por una parte, de la expresión genética del sujeto y, por otra, de la interacción cotidiana e histórica del mismo con la totalidad de su entorno vital.

No nos detenemos en consideraciones de índole moral para observar y comprender el estado de salud de una persona, sino de su funcionalidad natural, resultante del proceso aludido, en su dimensión genética y epigenética, donde la propia toma de decisiones de aquella adquiere una gravitación absoluta en el desenlace de su modo y condiciones de vida.

En la especificidad del tema del consumo de sustancias tóxicas y las dificultades generadas en torno a tal conducta -un mero motivo inicial de consulta- nuestra aproximación obedece a la naturaleza biocéntrica de nuestra propuesta, en tanto que recibimos al individuo, con su descripción de realidad, con su propósito y expectativas -así como a sus referentes afectivos- entendiendo que se trata de un ser con potenciales ilimitados de desarrollo, aspecto con el que procuramos hacer contacto desde el primer momento, restando así atención privilegiada a la conducta de consumos tóxicos, propiamente dicha.

El mismo concepto vale para la interacción terapéutica, esto es, para la búsqueda y definición conjunta de un plan de trabajo, aceptado así por la persona recurrente, y las revisiones y ajustes del mismo a que haya lugar durante el proceso.

Está muy claro que en todos los casos que conocemos en la práctica clínica, la potencialidad genética de las personas ha sido fuertemente reprimida durante el curso de su vida, con frecuencia desde edades muy tempranas, de modo de que la relación epigenética da cuenta de severas carencias y retrasos en el desarrollo consensuado como normal o esperable.

Esa complejidad circunstancial de cada individuo consultante exige ser abordada sistémicamente, por un equipo de profesionales que manejan diversas herramientas cognoscitivas y empíricas y que -junto con ello- han trabajado para consensuar una misma mirada de aquella circunstancia por conocer, por acompañar y por co-laborar.

Así, Trabajador Social, Terapeuta Ocupacional, Psiquiatra, Psicólogo, Médico, Técnico en Rehabilitación, Psicopedagogo, Paramédico, Monitor de Taller y todo otro conocimiento que pueda incorporarse al equipo, ponen a disposición de nuestros consultantes tales recursos, desde una misma atalaya que nos permite mantener la coherencia en el operar, la que en nuestro caso es el Principio Biocéntrico.

Al aceptar el Principio de que es la propia Vida el absoluto central, al cual debemos cuidar por tanto en todas sus manifestaciones, podemos también comprender cuánto de aquella definición de Salud que oficialmente se ha venido construyendo y revisando ha sido y continúa siendo gravemente vulnerada por nuestro propio modo de vida, un modo de vida tan elegido por nosotros mismos como instalado implacablemente desde las estructuras superiores desde donde es ejercicio el poder en nuestra sociedad.

Una breve mirada a la respuesta común frente al fenómeno de “las drogas”.

Los esfuerzos desarrollados en todo el mundo, en función del control del consumo y la adicción a sustancias psicotrópicas han utilizado estrategias tan diversas como la más frecuente represión y punición a las personas consumidoras, hasta la despenalización del consumo de drogas en algunos Estados.

Muchas cárceles del mundo encierran -a un alto costo para los ciudadanos- a cientos de miles de personas por causas vinculadas a las sustancias tóxicas, desde el simple consumo hasta el tráfico de mediana escala. La “guerra contra las drogas” instalada como respuesta por el Gobierno de Estados Unidos, desde la década de los 80, con implicaciones terribles en países como Afganistán, México y Colombia, incrementó ostensiblemente la población privada de libertad en el poderoso país del norte, que registra de lejos la mayor proporción de personas en prisión. En Chile las infracciones a la Ley de Drogas ocupan el segundo lugar como causa de encarcelamiento, detrás del robo, por encima del 15% de la población penal.

En cuanto a las alternativas al enfoque violento, un par de ellas son el Programa Juventud en Islandia y la iniciativa de disminuir fuertemente la penalización del consumo de todas las drogas en Portugal.

Lo de Islandia es una suerte de consenso forzado -probablemente facilitado por el tamaño pequeño de su población- donde con el liderazgo del Psicólogo islandés Gudberg Jónsson y su colega estadounidense Harvey Milkman, se diseñó e implementó una combinación de medidas punitivas al consumo de psicotrópicos, así como restricción a la libre circulación en la población adolescente, con medidas de educación intensiva a los adultos, en un vigoroso llamado a hacerse cargo de sus responsabilidades parentales y medidas gubernamentales de implementación de muchas alternativas de ocupación del tiempo por parte de niños, niñas y adolescentes, debidamente acompañados de equipos multiprofesionales preparados al efecto.

Lo de Portugal es un caso singular, puesto que a partir de la iniciativa y perseverancia del Dr. João Goulão, desde el año 2.001 se ha decidido despenalizar con ciertos límites, la adquisición y el consumo personal de cualquier sustancia psicoactiva, en una apuesta audaz a privilegiar la disminución del daño y reinserción social de los consumidores, por encima de la tradicional opción gubernamental represiva en la inmensa mayoría de los países.

A pesar de que los resultados han sido más auspiciosos en Islandia, Portugal ostenta el mérito de haber desafiado en medida importante y con éxito la política represiva, sin que se produjesen las consecuencias profetizadas por la comunidad de países alineados tras el gobierno de Estados Unidos, es decir, no se disparó este tipo de consumo en la población ni el país fue presa de las bandas de narcotraficantes. Me interesa destacar el hecho de que, con estrategias diferentes, ambos países muestran un importante elemento común, como es haber otorgado un lugar central en las mismas, al apoyo y promoción de las personas consumidoras, a través de programas oficiales de ayuda desde diversos Servicios Públicos.

Sin duda, continúa siendo importante para nuestro equipo el conocimiento oficial emanado desde las entidades internacionales expertas, tales como la Organización de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, ONUDD, la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas, CICAD o -de sobremanera- el National Institute on Drug Abuse, NIDA, por su valiosa difusión científica en torno al fenómeno del consumo de psicotrópicos y sus efectos en el organismo humano, con la destacada participación de la Dra. Nora D. Volkow.

No obstante, nuestro enfoque holístico, a través del Principio Biocéntrico propuesto por Rolando Toro Araneda, nos permite dejar de poner el foco de nuestra atención en las consecuencias biopsíquicas, sociales y culturales del consumo abusivo de sustancias tóxicas, suficientemente relevadas por la literatura técnica, las campañas publicitarias y las políticas públicas en todos los países, para centrar nuestra atención en la propia vida de cada persona recurrente, donde podemos encontrar las genuinas razones que todas ellas han tenido para elegir esta conducta y, asimismo, las potencialidades innegables de que disponen para modificar sus patrones decisionales.

El Economista de Harvard, Profesor Jeffrey Miron, es un reconocido promotor de la libertad individual, incluyendo la idea de la legalización de las drogas como estrategia para avanzar efectivamente hacia la disminución del consumo, fundamentando su postura en la evidencia del enorme daño infligido con la estrategia punitiva imperante, debido a lo cual -señala- es preciso visibilizar y “hacernos cargo de las circunstancias que rodean y motivan a consumir estas sustancias”.

No basta con implementar medidas en la línea de la reducción del daño, tales como el esfuerzo del Dr. André Seidenberg, distribuyendo metadona y otros opiáceos sintéticos, generando “áreas de tolerancia” y programas educativos durante los  80´ y primeros años de los 90’ en Suiza, o de Andrew Tatarsky en estados Unidos, el colectivo Junky Union en Holanda o la más antigua iniciativa del propio Servicio Sanitario de Liverpool, pionero en esta línea de atención, orientada desde un enfoque de salud pública y derechos humanos.

Todos los esfuerzos cuentan, sin duda, sin embargo, como dice también el Dr. Gabor Maté, “la cuestión es el poder de la adicción y la adicción al poder”, extendiéndose como pocos hacia la comprensión de que sólo serán esfuerzos reactivos y temporales mientras no seamos capaces como sociedad de hacernos cargo del entorno completo dentro del cual el fenómeno de las adicciones tóxicas cobra sentido y tiene lugar.

Corolario.

Desde la perspectiva Biocéntrica, finalmente, proponemos que la recurrente explicación multicausal del fenómeno del consumo de sustancias obedece a que tanto la academia como los modelos clínicos más comunes, han estado demasiado instalados en un plano desde el cual observan más bien la superficie del mismo, un tornasol de reflejos diversos de la misma luz en las múltiples caras de la realidad cotidiana construida por cualquier ser humano.

En cambio, sabiendo que las sustancias usadas y abusadas por una persona a la que se la reconoce así, como adicta o drogodependiente, tienen sentido para ella, es decir, le ofrecen un beneficio que debe ser reconocido y aceptado por todo terapeuta, la  causa profunda u original de tal decisión y de tal conducta es el miedo, es el sufrimiento. En un sólo concepto, es la carencia de amor.

Por tal razón, aunque nuestro trabajo incluye la ayuda farmacológica que se estime necesaria para ayudar en la interrupción de la estimulación artificial de los circuitos químicos naturales del cuerpo, sabemos que ello es del todo insuficiente puesto que la disminución ostensible de la capacidad orgánica para responder ante la enorme fluctuación de los estímulos vitales, sólo podrá ser recuperada a través de la reparación de aquella(s) fractura(s) afectiva(s) originaria(s), desde un enfoque de atención multidisciplinario fundado en la fluidez vincular con cada persona recurrente.


[1] Rolando Toro Araneda, “Biodanza”, 2002, Editora Olavobrás.

[2] Robert Lanza y Bob Berman, “Biocentrismo”, 2009, Editorial Sirio, S. A.