En las urnas no ganó la mayoría.

Lo confieso: me irrita escuchar una y otra vez que el gobierno de turno es legítimo porque obtuvo la mayoría de los votos, puesto que eso está muy lejos de ser verdad, incluyendo al actual de Sebastián Piñera en Chile, con su tan ventilado 54,57%, una diferencia rotunda respecto del  45,43% de Alejandro Guillier.

Sin embargo, la cifra dura dice que esa alta votación del actual Presidente, no representó a más de un 26% del universo electoral en el país. Curiosamente, el mismo porcentaje que eligió a Michelle Bachelet en su segundo gobierno.

En los días que vivimos, la mayoría no ha ganado en las urnas de votación, sino en los espacios de verdad; en los espacios que no alcanzan a estar amañados por la clase política hasta el extremo que a ella le gustaría.

Esta mayoría ha ganado en los espacios que puede ocupar, para expresar su legítimo descontento con un statu quo históricamente creado e instalado por una élite pequeña de entre nosotros. Ganó en las marchas en la vía pública mientras lograron mantenerse pacíficas y, de sobremanera, ganó en la intimidad de sus hogares, espacios desde donde los millones de personas hemos generado este gran egregor, al proyectar nuestro deseo e intención de alcanzar un cambio profundo en el modo en que nos relacionamos y en el modo en que queremos vivir, juntos.  

Este gran egregor o, diré, espíritu común al que aspira la mayoría o que quiere construir la mayoría, necesita ser y permanecer libre de toda contaminación ideológica.

Está claro que esa contaminación ponzoñosa es la causa de las conductas violentas que han oscurecido la genuina manifestación ciudadana, y nos han mantenido por largas semanas sometidos a una dolorosa incertidumbre como no conocíamos desde hace muchas décadas.

Una persona sana, no necesita ni desea dañar a su prójimo, pues está inscrito en nuestra naturaleza humana el sentido gregario, de pertenencia a una comunidad mayor y -por tanto- el cuidado de la misma.

Hoy los chilenos respiramos un poco mejor, tras el primer acuerdo público y mayoritario al interior de la clase política, bajo el eslogan de recuperar la paz de la Nación, acelerar la legislación pro justicia social y avanzar hacia el establecimiento de un consenso en torno a la constitución que nos rija.

No obstante, la clase política sólo avanzará hacia el establecimiento de un estado de derecho que beneficie a todos y a cada uno, en la medida que sienta que con ello no se verá amenazada su propia condición de ejecutora privilegiada de la agenda de quienes desde mucho más arriba la controlan. 

Este primer acuerdo suyo nos ha disminuido la tremenda presión a que hemos sido sometidos, sin embargo, para que sea la mayoría de nosotros la que finalmente gane, es necesario que mejoremos nuestra intercomunicación y comencemos a ubicarnos los unos a los otros. 

Si la mayoría decidimos votar en el próximo mes de Abril, porque una nueva constitución sea establecida, sería absurdo que las personas no parlamentarias que participarán en su redacción, sean elegidas por los mismos partidos que forman la clase política, como hasta aquí se están proponiendo hacer.

El espíritu de mayoría que estamos construyendo en Chile y que postulo sea independiente de toda propaganda ideológica, sólo podrá sumar espacio para sí, adquiriendo un nivel suficiente de organización auténticamente ciudadana, para que nuestra genuina expresión pueda ser limpiada de aquella contaminación, pueda zafar del violentismo -venga de donde venga- y pueda entonces adquirir la visibilidad que requerimos, para que finalmente la clase política se ponga a nuestro servicio y comience a hacer lo que sus mandantes necesitamos que sea hecho.

¡No se está entendiendo!

Quiero insistir en este punto, si con ello ayudo a que alguien más considere este simple análisis. Sin duda la ecuación social en Chile es compleja y, aunque hay bastante gente trabajando para intentar resolverla, siento que no están “rascando donde pica” y es necesario comenzar a ver un intento serio de aproximación a lo que considero un camino de salida.

Antes de todo, reitero mi convicción de que Gobierno y oposición forman parte de un mismo conglomerado al que denominamos la “clase política”, de modo tan evidente que los esfuerzos de sus integrantes para insistir en su pretendida enemistad, en sus supuestas diferencias irreconciliables o en arrogarse superioridad moral unos y otros, son claramente insostenibles.

En la grave coyuntura que todos estamos experimentando en Chile, desde la vertiente “Gobierno” de la clase política, intentan mostrarnos que “se esfuerzan por controlar la situación” y que trabajan duro para “devolver la normalidad al país”. Desde la vertiente ”oposición” de la misma clase política pretenden que creamos que “ellos” tienen las respuestas para resolver el desastre estructural que experimentamos los habitantes del territorio.

Para mí, ningún gobierno está en disposición de abordar la necesidad de cambios estructurales y ninguna oposición tiene voluntad alguna de acceder al poder formal con ese mismo propósito. La razón es muy simple y ya bastante aceptada: la clase política es el instrumento del Poder Real o de facto, para mantenernos a raya, confundidos y por sobre todo divididos.

Las intenciones no pueden ser demostradas, por ello me remito a los hechos que durante décadas me han permitido aprender -como a millones de personas- que el trabajo sucio de la clase política le vale el favor de quienes verdaderamente gobiernan esta provincia fértil y señalada, unidad fractal de la totalidad del planeta, sometido al mismo control.

Aquél Poder Real, hará todos sus esfuerzos para mantener el statu quo que todos conocemos y su brazo ejecutor en cada país, la clase política, hará lo que aquél Poder le señala, puesto que depende de él. Como un soldado hará lo que le ordene su “superior”, no sólo por la lógica militar de la jerarquía de mando, sino porque su propia vida depende de ello.

Sin embargo, como toda crisis, la actual lleva consigo una oportunidad para aprender de ella y trascenderla, de modo de encontrarnos al cabo, viviendo una realidad mejor que a la que estábamos acostumbrados. El camino que yo siento necesario es el de la honestidad. ¿La recuerdan?

El primer paso en esa dirección es la de admitir cada uno de nosotros su propia contribución a la deshonestidad generalizada y normalizada. Aquello que no nos gusta en otras personas, aquello que solemos criticar en el prójimo son de ordinario rasgos, actitudes y conductas que reconocemos porque forman parte de nuestro propio repertorio.

Como es arriba así es abajo, reza la antigua advertencia hermética, y es plenamente válida para intentar explicarnos la transferencia desde nuestro comportamiento individual en el pequeño círculo de influencia de cada uno, hacia el modo como vemos que funciona nuestra sociedad nacional.

En consecuencia, dado que la llamada clase política, con sus partidos y sus militantes, así como todas las reparticiones y los cargos existentes en los cuatro poderes de la Administración de nuestros asuntos públicos, está constituida por sendos habitantes legales de Chile, debe ser incluida en los trabajos que nos permitan efectuar los cambios estructurales necesarios y suficientes.

Deben ser incluidos, en la misma medida en que todos los habitantes legales del país debemos participar de ese proceso de transformación fundamental, puesto que nadie sobra y, por tanto, todos contamos. Una redundancia que me permito consignar, debido a que muchas personas continúan repitiendo el patrón que nos fue grabado a fuego desde los primeros años, generación tras generación, que sostiene la falacia vergonzosa de la superioridad de unas personas sobre otras.

No existe tal cosa. Nadie es mejor o peor, sino que somos diferentes. Todos somos diferentes y esa es una poderosa fuente de información y de recursos personales para construir lo que queramos, juntos. La clase política lo ha hecho mal. Muy mal. Y sin embargo lo que han hecho sus integrantes responde a las condiciones del escenario en que ellos han elegido participar. Es imposible saber cuántas otras personas que jamás han pertenecido a esa clase, aceptarían las mismas condiciones si por cualquier razón se integrasen a ella.

Y para qué insistir en que todavía millones de habitantes acuden en cada ocasión para “elegir” a todas esas personas desconocidas, jamás puestas allí por nosotros, sino auto instaladas desde la manida clase política a la que pertenecen, la misma que nos impone sus programas de gobierno, justo al revés de lo que sería razonable que ocurriese.

No se está entendiendo lo que ocurre en el país en que vivimos, porque el acento está fuertemente puesto en mantenernos divididos, atemorizados e indignados.

Para mí es evidente la existencia de un plan supra nacional que busca desestabilizar a nuestra Nación chilena, así como está ocurriendo donde ustedes quieran mirar. Pero no es un plan “de la izquierda” ni “de la derecha”; lo digo una vez más. Aquél Poder Real está utilizando su enorme influencia tanto en el gobierno de turno como en la oposición de turno; tanto al interior como desde el exterior del territorio, para asegurar sus fines hegemónicos. Lo que está en juego es la permanencia de los Estados Nación como los conocemos y, con ello, la continuidad de los pueblos con sus identidades y su cultura. Es un plan de larga data, que incluyó el lento y sostenido envilecimiento de grandes cohortes de habitantes, la relativización y pérdida de los valores fundamentales de toda convivencia sana, evidente en todos los estratos sociales, profesiones e instituciones de la república.

Todos somos responsables del actual estado de situación. Por acción o por omisión. Todos tenemos el deber de participar en el proceso de transformación necesario para salir de él.

Si conseguimos ser honestos, tendremos plena capacidad para entendernos y trabajar juntos en este enorme desafío, que es la única vía para conseguirlo.

Trabajar juntos y hacerlo desde nosotros, por nosotros y para nosotros, no desde el miedo y su larga parentela de emociones negativas que siempre devienen en violencia.

La salida está llena de dificultades, pero siento que es la única posible. La luz al otro lado del túnel sólo podremos verla si conseguimos mirarnos, sentirnos, calmarnos y disponernos a trabajar juntos. Es menester para ello, dejar de escuchar todas las voces que buscan dividirnos y encontrar la serenidad necesaria para -sin detener el funcionamiento de la Nación- refrendar, completar y consensuar el diagnóstico más amplio del que seamos capaces, en todo el territorio, desde lo más sencillo hasta lo más complejo, para luego, construir entre todos una democracia directa y auto controlada, que no permita la injerencia de partidos políticos, iglesias ni sistema de pensamiento alguno, más allá de la expresión natural de los habitantes, en cada asentamiento humano, acerca de todos los asuntos que nos afectan, tal como toda persona adulta debe hacer.

Debemos impedir que sean el Foro de São Paulo o el Consenso de Washington los que determinen lo que debemos o no hacer. No necesitamos depender de las directrices que, por sobre los anteriores, se nos envían desde la ONU y -aún más arriba- desde el complejo financiero internacional y su inextricable maraña de conexiones hasta el último rincón de la Tierra. Esa súper élite busca aplastar a las Naciones porque entorpecen con su sentido de pertenencia a un territorio y con su riqueza cultural propia, su enorme plan de obtener la hegemonía planetaria.

Si de verdad una mayoría ha despertado, es decir, viene a unirse a quienes ya estaban despiertos, entonces puede entender de qué se trata. Podemos y debemos generar el cambio fundamental que consiste en pasar de ser meros habitantes, a verdaderos ciudadanos, léase, personas que al alcanzar la edad adulta somos capaces de hacernos cargo de nuestros propios asuntos, de manera directa, en cada ciudad y pueblo del país. No necesitamos -reitero- a la clase política, pues políticos somos todos, dado que compartimos un territorio e infinidad de necesidades comunes que nos demandan trabajar juntos para resolverlas.

Basta una chispa para encender un gran fuego.

¡Si lo sabrán allá arriba!; muy arriba, digo, en la pirámide de control que funciona en la Tierra, como puede observar cualquiera que se disponga a hacerlo.

El plan del Estado Profundo -o Poder Real- avanza de prisa, en mi opinión acicateado por su temor a perder la enorme hegemonía que por milenios ha tenido sobre la humanidad.

El pequeño grupo que detenta ese enorme poder planetario, ha mantenido divididas a las personas sobre la estrategia principal de alejarnos de la naturaleza -de nuestra propia naturaleza- diseñando construcciones conceptuales o ideologías y empujando a las gentes a suscribir alguna de sus muchas categorías para así perpetuar esa división entre ellas.

Cristiano, musulmán o judío. Blanco, negro, café o amarillo. Republicano o demócrata y así hasta las categorías de división más espurias y banales, tales como si de un barrio o de otro, de un equipo de fútbol o de otro y así ad aeternum.

El móvil usado para ese propósito es, como sabemos, el miedo. El miedo a no ser, el miedo a sufrir, el miedo a desaparecer, el miedo a morir.

Aquella súper élite que detenta el Poder Real, controla a quienes aparecen ante nosotros como “gobiernos” o “autoridades”, lo que puede denominarse el Poder sólo formal. El Poder formal constituido por lo que conocemos como la clase política, quienes ejercen la política en su acepción pequeña, la del partidismo, del gobiernismo y del oposicionismo, en un juego nefasto de roles que suelen -además- intercambiar muchas veces los mismos actores durante décadas, hasta que instalan su relevo generacional para continuar haciendo el mismo juego.

Postulo que la estructura que conocemos como “el gobierno”, en realidad no gobierna, sino que sigue aquella agenda que le es impuesta desde mucho más arriba en la pirámide de control de la población. Desde el Poder Real.

Aquella oscura agenda del Poder Real, del Estado Profundo, tiene desde siempre entre sus principales objetivos impedir que seamos las propias personas, los habitantes de un territorio, quienes decidamos en todos los asuntos que nos incumben.

En su lugar impusieron el diseño de control que todos conocemos y que, como una gran ironía, muchísimas personas aceptan y promueven.

Impusieron después de otros sistemas que duraron muchos siglos, este de los últimos doscientos cincuenta años al que denominan “democracia”.

Pero esto, gente, no es democracia. Puesto que democracia es la administración de los asuntos que nos incumben a todos, por nosotros mismos. Es el sagrado derecho y el desafiante deber de la autodeterminación.

Gobernar es administrar. Es dirigir los asuntos que a todos competen, por el rumbo que los mismos ciudadanos han resuelto ir. Como el piloto de un velero que, a cargo del timón, gobierna el rumbo de esa embarcación hacia donde todos los tripulantes están previamente de acuerdo en ir. Hay un Capitán en la nave, es verdad, pero ese capitán no se manda solo, sino que obedece al plan de navegación que los interesados en ese viaje han resuelto. 

Lo que tenemos es el sistema diseñado desde el Poder Real en el planeta, una pantomima de democracia; un hacernos creer que los habitantes elegimos a quienes nos gobiernan.

Habrán escuchado que es “una democracia representativa”; pues es falso. No existe representatividad si no elegimos a quienes queremos que nos representen. Quienes aún votan, sólo lo hacen por los nombres de personas que pertenecen a esa clase política. Los nombres impresos en la papeleta de votación jamás fueron puestos allí por nosotros, la gente común, sino que fueron puestos por la misma clase política, con sus múltiples trincheras a donde buscan empujarnos, para así pelearnos entre nosotros eternamente, mientras se aseguran siempre una parte del pastel, mayor o menor; una fracción de poder. Hoy en “el gobierno” y mañana en “la oposición”, siempre dentro del club. Es muy fácil de ver.

¿Porqué este diseño?; ¿porqué nos impiden decidir nuestro propio destino?; ¿porqué no nos dejan autogobernarnos, como personas adultas?

En mi opinión y dicho de un modo extremadamente reducido, la razón es porque nuestra naturaleza, ya saben, nuestra esencia, es precisa y profundamente humana. Si estamos a cargo de nuestros propios asuntos, tenderemos a resolverlos desde la gregariedad que nos es inherente. Resolveremos nuestros asuntos desde aquel sistema de valores que nos define como humanos.

No necesitamos sistemas de pensamiento que actúen como cárceles conceptuales. No necesitamos dogmas sino, justo al revés, precisamos ejercer nuestra libertad humana porque nos llevará en la dirección de todo aquello a lo que aspiramos como hombres y mujeres de bien, antes de ser confundidos y engañados por aquellos dogmas.

Y, por cierto, si nos autogobernarnos, aquél Estado Profundo pierde su poder, con todo lo que ello implica.

Hoy experimentamos con enorme dolor en Chile, las consecuencias de la implantación de esa agenda, que parece imperturbable, donde la división a que me refiero ha utilizado preferentemente el campo de la política partidista, azuzando a las personas a tomar una u otra posición, a elegir una u otra trinchera, manipulando con destreza sus emociones para hacerles desconfiar de sus semejantes hasta el extremo del odio y la violencia explícita. 

No tiene sentido buscar culpables, porque deberemos hacer una lista interminable, que incluirá ciertamente nuestros propios nombres.

Debemos buscar soluciones y ello pasa por no esperar que “todo vuelva a ser como antes”, el gran error que cometemos tras los terremotos una y otra vez.

La estructura de organización social que hemos conocido ha terminado. No sirve más.

Debemos y podemos generar una estructura nueva, que apunte hacia la luz. Que provenga de nuestra propia luz.

Nadie sobra en un territorio y lo que nos desafía es encontrar el modo de organizarnos como habitantes, para construir juntos el modo en que queremos vivir. Todos.

El impulso destructivo, finalmente, apunta hacia la oscuridad y proviene desde nuestra propia oscuridad, aspecto nuestro que aquella súper élite conoce muy bien y maneja con maestría.

Abstención: una expresión de democracia.

La reciente elección nacional en Portugal, el día domingo 6 de Octubre, muestra algo a lo que -presumo- a la clase política no le gusta referirse públicamente. Esto es el creciente movimiento abstencionista entre los habitantes de los más diversos países, como intentaré recordar en este artículo.

Sin duda a la mitad izquierda del espectro partidista le interesa mostrar “su triunfo” en el país lusitano, donde el Sr. António Costa podrá seguir por cuatro años más al frente del Gobierno formal, representando al Partido Socialista, uno de los jugadores en el juego del Estado Profundo para hacernos creer que existe democracia.

Sin embargo, del mismo modo que en Chile, donde tanto Bachelet como Piñera accedieron al Gobierno formal con los votos de apenas el 26% del padrón electoral, en sus respectivos segundos mandatos, Costa lo consiguió con sólo el 20% del universo electoral portugués. 

Esto es así, porque el 36,65% de la primera mayoría, votación alcanzada por el Partido Socialista y con el cual obtuvo 106 escaños en el Parlamento -énfasis profusamente difundido por los medios masivos- es sólo en función de los alrededor de 5.886.827 personas que ese día acudieron a las urnas, un 54,45% del padrón electoral.

La abstención del 45,55% de las personas con derecho a voto en Portugal, es la más alta que se ha registrado en ese país, en elecciones nacionales. No me referiré aquí a las elecciones europeas, donde el fenómeno de la abstención es mayor y por razones distintas que al interior de cada país de la Unión.

Pero ese récord en la decisión de los portugueses de no participar del proceso eleccionario, a despecho del diseño de la élite que controla ese país, desde dentro y desde fuera, está lejos del récord chileno en este mismo comportamiento humano.

Chile ostenta el registro de la mayor abstención electoral en el mundo, bastante mayor al 50% del padrón electoral, tendencia que se ha mantenido firme desde que en el año 2012 se estableciese el voto voluntario. Este récord sólo disminuyó en la segunda vuelta de la última elección presidencial cuando -de todas maneras- fue más alto que el porcentaje de quienes votaron, alcanzando un 51% de abstencionistas. 

Recordemos algunas cifras de abstención en Chile:

Municipales 2012 : 57,05 %
Presidencial 2013 : 58,12 %
Municipales 2016 : 65,17 %
Presidenciales 2017 1ª vuelta : 53,35 %
Presidenciales 2017 2ª vuelta : 51 %

Este fenómeno de la abstención electoral se repite en muchos países del mundo, y señalo a continuación algunos ejemplos:

Canadá Octubre 2015 : 31,5 %
Estados Unidos Noviembre 2016 : 34,6 %
México Julio 2012 : 35,3 %
Costa Rica Abril 2014 : 43,4 %
Colombia Junio 2014 : 52,1 %
Paraguay Abril 2013 : 32 %
España Junio 2016 : 34,1 %
Francia Mayo 2017 : 25,4 %
Reino Unido Junio 2017 : 31,3 %
Austria Diciembre 2016 : 25,8 %
Alemania Septiembre 2017 : 23,8 %

Sin duda, son cifras que preocupan al Estado Profundo -para usar esta expresión común al referirme a aquella élite que busca con denuedo el control absoluto de la población mundial, por todas las vías imaginables- y que explican las numerosas y onerosas campañas desde todos los actores políticos, para empujar a la gente a que acuda a las urnas con cuñas tan conocidas como “cumpla con su deber ciudadano” o “no dejes que otros decidan por ti”.

Invariablemente, unos y otros sectores del espectro político partidista sólo relevarán sus resultados favorables cuando, en el juego que denominan democracia, se turnan en el ejercicio de administrar el Estado desde el gobierno formal o desde la supuesta oposición.

Así como ese Estado Profundo maneja lo que conocemos como “disidencia controlada”, en cada país, también maneja el tono y profundidad de la aparente enemistad irreductible entre los diversos sectores del mismo espectro, la incombustible clase política.

Ellos no van a destacar, obviamente, el creciente y sostenido ruido que -cual anuncio de terremoto- desde las profundidades de la consciencia humana, en su movimiento entre las capas tectónicas de los ámbitos individual y colectivo, viene anunciando el desplome de su diseño de control; este sucedáneo de democracia que nada tiene de representativa y a la cual día a día, más y más personas miran de frente para decirle ¡no más!   

Greta, infancia hipotecada.

En mi opinión, el uso y abuso de una niña, hoy de 16 años, no podría detener a quienes van por TODO. Al caérseles el relato de “el calentamiento global” como una atribución casi exclusiva a la intervención del hombre, instalaron el de “cambio climático” para insistir en la misma idea pero con menos riesgo de evidenciar su falta de fundamentos.

De un modo parecido a como millones de personas miran al Papa de turno, como si de un ser superior se tratase, también pueden creerse la multimillonaria propaganda oficial que levanta a esta joven sueca como un nuevo ícono…, una nueva “marca” que busca reforzar el plan de control absoluto de la humanidad, mostrado ya sin ambages y de lo cual el Sistema de Crédito Social, de vigilancia 24/7 y asignación de puntaje a millones de personas en China, constituye un  dramático anticipo.

Greta Thunberg tiene -cómo no- la bendición de Bergoglio y lo que él representa, desde el corazón del Imperio Romano Vaticano, para agregarla como insumo en su plan “Laudato si´” o, lo que es casi lo mismo, la “Agenda 2030” instalada a través de la ONU para, tras mil cuidadosos eufemismos, eliminar a los Estados Nación y toda idea de soberanía de los Pueblos para decidir cómo queremos vivir.

Proveniente de una familia vinculada al ambiente artístico sueco, Greta comenzó a ser usada por su compatriota Bo Thoren, activista medioambiental líder del grupo local Fossil Free Dalsland con el financiamiento inicial de Ingmar Rentzhog, magnate sueco dueño de la plataforma, “We Don’t Have Time”, y del Think Tank “Global Challenge” y cercano al político estadounidense Al Gore, conocido por su promoción del “calentamiento global” a través del documental “Una Verdad Incómoda”, cuya falsedad se encuentra latamente demostrada.

El financiamiento “verde” para las actividades de la adolescente y su entorno activista ya no se remite sólo a su país. Dados los buenos réditos que está ofreciendo a la causa del Cabal o Estado Profundo, ya vemos cómo el magnate inmobiliario alemán Gerhard Senft ofreció su yate a vela “Malizia II” (?) -normalmente usado por otro multimillonario, Pierre Casiraghi, perteneciente a la familia real de Mónaco- para mostrar a Greta cruzando el Atlántico con cero emisiones de carbono…, sin poder con ello ocultar que la poderosa red de influencias que está hoy utilizando su figura, no profesa el mínimo respeto a la población mundial, formada como señalara Henry Kissinger, por meros comilones inútiles.

Pocos días después de la llegada de Greta a Nueva York el 28 de Agosto, la Ministra chilena de Medio Ambiente, Carolina Schmidt, se comunicó con ella y expresó su entusiasmo con la venida de la joven activista a la COP25 que se realizará en Chile en Diciembre, y a quien conocerá personalmente antes, cuando la Secretaria de Estado viaje este mes de Septiembre para estar el día 23 en la Cumbre de Acción Climática de la Organización de las Naciones Unidas. 

La Ministra representa ciertamente la postura obsecuente de la clase dirigente de Chile             -incluido el Gobierno de turno- a los centros de poder mundial que controlan verdaderamente a los países, cuyos habitantes -nosotros- disponemos de muy poco espacio de maniobra para sacarnos de encima el enorme yugo que nos ha impuesto ese Poder de Facto y que nos mantiene inmovilizados.

La COP25 con toda la parafernalia banal a la que se nos someterá durante esos días, no nos agregará ni un ápice de progreso, desarrollo ni felicidad. Sólo constituirá un programa de actividades carísimas en que una representación de las ligas mayores del mundo se solazará en sus diversos encuentros de Santiago de Chile, alrededor de su nueva campeona ambientalista, para continuar empujando su causa mayor, aquella del completo dominio del planeta y sus recursos (incluidos los habitantes), para beneficio de los muy pocos.

Nuestro espacio para movernos es escaso, sin duda. Razón de más para decidirnos a USARLO, dejando de jugar el juego al que ese Poder de Facto nos ha tenido sometidos.

Lo primero que podemos hacer es desengañarnos de las posturas políticas partidistas con que han lavado el cerebro a los chilenos desde siempre. Desembarazarnos de todo dogma, de cualquier tipo, para asumir nuestra condición de seres humanos, por definición en origen inteligentes y de buena voluntad.

Es tiempo de comenzar a pensar por nosotros mismos, cada uno de nosotros, y aprender a vincularnos desde esta nueva posición, que relevará de ese modo nuestra naturaleza común,  que aspira siempre a mejorar, ya sin el conformismo y el entreguismo patéticos a los que nuestra sociedad se ha sometido hasta ahora.

Llora, llora Argentina.

Y, expresando mi libre opinión, bien puede llorar la humanidad entera, porque el plan del Poder de Facto mundial continúa siendo ejecutado, gélida y eficazmente, también en territorio iberoamericano, como muestra el penoso espectáculo de las elecciones primarias de ayer en Argentina donde asistimos una vez más a esta gigantesca simulación, en que a millones de personas se les hace creer que están “eligiendo” a “su” candidato a algún cargo de supuesta representación de quienes habitan legalmente el territorio.

Me resulta difícil explicar la actitud de aquellos que hacen fila para depositar su opinión respecto de tan inútil pregunta, en un proceso que continuará engrosando la enorme decepción que produce creer que existe una democracia en nuestros países.

Considero evidente el plan del Poder Real, que mueve a sus marionetas en el Poder Formal de las diversas Administraciones en cada país que controlan, como ocurre ostensiblemente con Argentina, donde la desesperanza, ignorancia, tozudez, ingenuidad o alguna otra recóndita motivación, les hace elegir a quien les continúe robando, a quiénes desean tener por verdugos, en fin, a quiénes les entregan lo que les resta de vida, en una suerte de carrera suicida en masa hacia el despeñadero.

La nación argentina ha mostrado históricamente una respetable capacidad de asociación y de expresión colectiva de lo que dice querer. Sin embargo, ese rasgo parece ser tan poderoso como el de dejarse arrastrar -también colectivamente- tras el flautista de Hamelin de turno.

Tal vez el que el líder oficial del Imperio Romano Vaticano sea hoy uno de los suyos, constituye una dificultad adicional para sacudirse de encima el velo que sólo deja ver la sonrisa y la floritura del verso, ocultando la perversidad del propósito de control absoluto sobre todas las Naciones.

Quizá las ramas de olivo aludiendo a la promesa de paz y seguridad en el mundo, actúan como la luz para las polillas que, encandiladas, van a morir una y otra vez en su cercanía.

Lo que parece cierto y seguro es que la nación argentina está profundamente manipulada desde fuera y…, desde dentro. Acostumbrada a las migajas mientras otros muy poderosos preparan un enorme banquete con su territorio, con su riqueza y con su ubicación estratégica, despreciando a sus habitantes hasta el hartazgo, como en muchas otras latitudes.

Despertar o someternos.

Ejerzo mi libertad de opinión al señalar que existe desde siempre un Poder de Facto mundial, supranacional, que busca con denuedo el control absoluto de la población. Ahora aceleradamente. Sus integrantes ya no lo ocultan. Más bien lo están proclamando urbi et orbi, nunca mejor dicho.

En Chile, la oligarquía local obedece al Poder de Facto mundial. Fabrica el relato distractor con asuntos que, si bien son suficientemente graves cada uno en sí mismo, palidecen al lado de aquél que verdaderamente ese Poder está cocinando a nivel global, donde la élite de esta larga y angosta faja realiza servilmente la parte del plan que le han encomendado, a gran beneficio de ese puñado de conciudadanos y a costo de zona de sacrificio para la totalidad de la Nación.

Tal como dijo incansablemente Jordan Maxwell, “nada es lo que parece”.

Tanto en Chile como en Argentina se muestra con nitidez la pérdida de pudor de las élites opresoras respecto de su viejo relato de “la izquierda” y “la derecha”, con pseudo Gobiernos que todavía dicen pertenecer a una u otra ala del espectro político partidista y que en los hechos ya no ocultan la falsedad de aquello. La dicotomía que le ha servido por más de dos siglos al Poder de Facto o Cabal mundial, para hacer el trabajo sucio de deshumanizar a la gente, manteniéndola en perpetua confrontación, ha dejado de serle útil y, entonces, ha resuelto mostrar su propósito de dominación centralizada de la totalidad de la población sobre la superficie de la Tierra.

Cualquiera puede darse cuenta de la escasa diferencia entre una administración de Bachelet y una de Piñera. Lo mismo que ocurre con los Kirchner y Macri en la Argentina, donde uno de los dos continuará en la Casa Rosada al menos un período más. La ostensible influencia de la ONU en ambos países para pautar sendos programas de gobierno, se deja notar en la creciente homogeneidad de los mismos, indistintamente del Presidente de turno. Tal como está ocurriendo en todo occidente, casi sin oposición.

Y en este juego del Cabal participa el completo cartel de los partidos políticos en cada país, donde unos y otros juegan su rol en el gran juego, siendo funcionales los unos a los otros, como sin duda ha sido siempre.

El memorándum de Estudio para la Seguridad Nacional Nº 200, “Implicaciones del Crecimiento Poblacional Mundial para la Seguridad de Estados Unidos e Intereses de Ultramar” o, como se le conoce popularmente, “el informe Kissinger”, escrito en Abril de 1974 y desclasificado en 1989, es meridianamente claro en mostrar el propósito del Cabal, para cuyo cumplimiento sólo tiene un par de escollos importantes: 1) la Familia sana y 2) la identidad nacional de quienes en cada país queremos preservar la respectiva idiosincracia.

La Agenda 2030 “para el desarrollo sostenible” de la ONU -por su parte- develada oficialmente en su texto final en 2015, es una obra de arte de la ingeniería del lenguaje, que rivaliza con los expertos de El Vaticano y su última encíclica, “Laudato si´”, también divulgada en 2015, de modo de que puedo pensar que han sido redactadas y editadas por el mismo equipo. Bajo las órdenes de un mismo Poder.

Puedo preguntarme ¿a qué “Señor” se refiere Bergoglio en su “alabanza”?. Sin duda no se refiere a la Divinidad como yo la concibo. 

No, si respalda el fraude del “calentamiento global”, si estimula las migraciones masivas ilegales, si promueve la desaparición de los Estados Nación, si aprueba la producción de alimentos transgénicos, si -en suma- predica abiertamente el advenimiento de un único gobierno mundial, UN estilo de vida, UNA educación, UN pensamiento, UNA política, UNA espiritualidad tras los denodados esfuerzos ecuménicos de El Vaticano, en fin UN solo Orden…, controlado obviamente por el mismo Cabal, sobre la máxima de que “la unidad es superior al conflicto”…, claro, pero omitiendo que una unidad impuesta es el peor de todos los conflictos.

Este enorme esfuerzo de dominación mundial, sin precedentes en la historia oficial, avanza con ímpetu gracias a su poder financiero y militar sin límites, mostrando un escenario adelantado de su oscuro propósito, en el sometimiento de la población china a través de su sistema de Crédito Social Digital, que le asigna puntaje a cada ciudadano de ese país en función de su sometimiento a las reglas del gobierno dictatorial, hasta en la más simple cotidianidad, a través de la vigilancia permanente de cada habitante, como buscan hacer con la humanidad completa.

Comprendo que aún muchas personas aceptan la noción instalada desde el Poder de Facto mundial, de que existe “la izquierda” y “la derecha” como fuerzas enemigas e irreconciliables. 

Comprendo que muchos creen que Estados Unidos es enemigo de Rusia y de China y de cualquier otro país del “eje del mal”. 

Pero no se trata de Estados Unidos, ni de Rusia, ni de China, ni de Chile, sino del Poder de Facto, Cabal, Estado Profundo o cualquiera de las denominaciones con que a aquella mafia se le conoce, representada formalmente por la ONU. Los habitantes de todos los países son igualmente sometidos por sus respectivos gobiernos -acaso con alguna excepción- controlados cada vez más por ese Poder de Facto.

Es imprescindible que las personas abandonen el marasmo. Es necesario que muchos individuos nos movamos en dirección de la comunidad en que estamos insertos. Es preciso despertar y manifestarnos inteligentemente, con serenidad, asertividad y aplomo. Sin violencia e implacablemente.

Lo que está en juego es el mayor desafío que la Humanidad ha enfrentado jamás.