De creer en Dios a creerse dios.

No es una oración mía, pero comparto su precisión para describir el cuadro enfermizo que puede afectar a tantos y que se hace en extremo amenazante cuando se trata de personas que detentan mucho poder o, lo que es lo mismo, a quienes les hemos permitido tenerlo.

En estos días de “pandemia”, asisto con asombro e incredulidad a dos espectáculos planetarios, cada uno en función del otro.

El primero es la arrogancia sin límite de la MetaÉlite mundial, aquél Poder en la sombra con muchos siglos de historia, y de la que también hacen gala sus mensajeros, por sentirse respaldados mientras se mantienen dentro de “la gracia” de sus amos, éstos de quienes nosotros, la gente común, nada sabemos.

Mensajeros que en su arrogancia son capaces de presentarse públicamente como benefactores, líderes religiosos, filántropos y hasta salvadores de la humanidad, bien representados hoy por el mediático William Henry M. Gates III, muy conocido como co-fundador de Microsoft y por la Fundación que creara junto a su esposa Melinda Ann French, por su nombre de soltera.

El récord de la Fundación Bill & Melinda Gates en su intento por convertirse en un líder mundial de la gestión sanitaria -una arista del propósito mayor que es controlar a la entera humanidad- es tristemente célebre, como cualquiera que quiera investigar un poco puede comprobar en la red.

Este hombre en estado de extremo narcisismo y con una ventana de poder muy amplia, como muchos en su burbuja del 0,1% se presenta como creyente en Dios,  pero al mismo tiempo sus actos lo muestran más bien jugando a ser dios, llegando a decir sin asco que es necesario “reducir el crecimiento de la población” entre un 10% y un 15%, sin duda sabiendo como saben los de su cofradía, que en realidad desean hacer desaparecer a un número muy superior de personas sobre la faz de la Tierra, puesto que desde Thomas Malthus y otros contemporáneos suyos del siglo XVIII y principios del XIX, tales como Pierre du Pont de Nemours, William Godwin y otros, buscan una justificación para el genocidio, acendrada poco después por el hijo favorito de la Royal Society of London, Charles Darwin, quien extrapola al género humano sus observaciones del mundo animal acerca de la adaptación y la prevalencia del más fuerte, dando con ello categoría académica y científica a la eugenesia, esto es, la selección de seres humanos considerados “mejores” y la eliminación de los demás, por todas las vías posibles.

Baste visitar las Piedras Guía de Georgia en Estados Unidos, para conocer la declaración que la súper Élite muestra abiertamente, en varios idiomas, de que el número ideal de habitantes en el planeta para ellos es de sólo 500 millones de personas.

El segundo espectáculo planetario es la incomprensible actitud y comportamiento de la población mundial, diré el 99.99%, que acepta la prepotencia sin límite de aquellos muy pocos que se arrogan una superioridad que no tienen y un control sobre nosotros, la gente común, que sólo es posible porque se lo permitimos. Porque se lo hemos permitido siempre.

Hemos ido como carne de cañón a sus guerras. 

Hemos comprado alegremente sus venenos. 

Hemos creído en sus mentiras sin fin. 

Hemos entregado nuestra capacidad de pensar, a sus instituciones religiosas. 

Hemos resignado nuestra libertad a la farsa de su clase política y su entelequia del Estado.

Hemos ido y luego enviado a nuestros hijos a su sistema de alienación en escuelas, liceos, institutos y universidades.

Hemos rescindido nuestra autoridad personal, aceptando la usurpación de la misma por quienes debiesen ser meros mandatarios nuestros.

Hemos, en suma, cometido como especie un grave pecado de omisión al dejar hacer a aquellos muy pocos, su voluntad de someternos a su agenda y ponernos de rodillas, generación tras generación.

Sin embargo, no son solo las pocas familias Patricias, con linajes de siglos de antigüedad las responsables de la tragedia humana, puesto que el poder que han detentado es directamente proporcional a la obsecuencia de los Pueblos en toda época y lugar.

Denle un espacio de poder a cualquier persona y podrán ver con alta probabilidad, no sólo el uso del mismo, sino también el abuso. La tentación de olvidar a la Divinidad y pasar a creerse dios, aunque sea por un breve momento, aunque sea en un espacio muy reducido, es una gran prueba para todos. Dependiendo del tamaño del espacio de poder que alguien de cualquier modo consiga, será también el alcance del muy probable abuso del mismo.

No es una nueva guerra lo que necesitamos. No es una nueva revolución, un giro en 360 grados que siempre nos deja donde mismo. Éstas sólo son respuestas acicateadas por el miedo, que nos inmoviliza o nos lleva a movimientos compulsivos y desesperados. Inútiles.

El modo de conseguir una vida mayormente armónica entre nosotros es una en cuya construcción y en cuya administración nos involucramos todos, esto es, movidos por el amor en su acepción más amplia. Ello implica abandonar la comodidad de esperar que “otros” hagan por nosotros lo que sólo nosotros debemos hacer. O aprendemos a remar juntos en una dirección elegida por nosotros mismos -sin intermediarios- o desaparece nuestra dignidad, sueños, voluntad, libertad y todo aquello que nos hace humanos.

Mayo 2020.

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