El desafío de entendernos entre nosotros.

Me impresiona ver cómo mis amistades que se inclinan por el “Apruebo” en el plebiscito de Abril en Chile, junto con fundamentar su opción en razones genuinas y éticamente intachables, omiten de un modo incomprensible el evidente engaño que en mi opinión la clase política, a todo su ancho, ha desplegado precisamente con ese propósito.

Doy por descontado el enorme consenso que existe en la Nación chilena, respecto de la legitimidad de las demandas sociales, profusamente identificadas.

Asumo también como un hecho cierto que un número significativo de los chilenos ha venido mostrando una actitud más comprometida respecto de los asuntos de la vida pública, acercándose saludablemente al deber ser ciudadano.

Y concuerdo con la percepción general de que ver a muchas personas manifestando su reclamo social de modo civilizado, a rostro descubierto y en una actitud positiva, es muy esperanzador.

No obstante, como un habitante más creo que no basta con eso. Es necesario el ejercicio para nada fácil, de analizar la compleja circunstancia que los chilenos estamos construyendo, donde es preciso tratar de separar lo esencial de lo accesorio, lo genuino de lo artificial, para no caer en la trampa tendida desde los oscuros entresijos del Poder de Facto, por medio de su instrumento ejecutor que es el sistema de pseudo representación a través de partidos políticos.

El Poder de Facto, también denominado Estado Profundo, quiero reiterar, puede no estar formado por todas las personas multimillonarias de Chile y del mundo, pero es claro que todas las personas que dirigen ese Estado Profundo supranacional son multimillonarias y extremadamente poderosas.

Por su parte y desde mi perspectiva, la clase política sí involucra a la totalidad del sistema de partidos políticos e instituciones públicas permeadas por ellos, puesto que en su conjunto cumplen con el trabajo sucio de pretender representarnos, al tiempo de mantenernos permanentemente divididos y, por ello, alejados de nuestra posibilidad de asumir el desafío de la Autodeterminación, nuestro derecho natural y nuestro derecho positivo sancionado a través del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, así como del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, vigentes desde el año 1976, ambos en su artículo 1º.

Así, la siempre astuta maquinaria del sistema de partidos políticos, cumpliendo con la agenda que le es encomendada por sus poderosos mandantes del Estado Profundo, consigue en buena medida confundir a la población, atribuyéndose su representación dentro del diseño de falsa democracia, que es todo lo que hemos conocido en nuestros 200 años de historia republicana, atendido el hecho de que para ser verdadera, una democracia debe implicar la participación directa de los ciudadanos en todos los asuntos importantes que les incumben. A cambio de ello, tenemos lo que ya sabemos: la supuesta elección cada ciertos años, de pseudo representantes en los diversos cargos de la administración del Estado, todos ellos de entre las filas de los integrantes de la clase política.

El desastre que para nosotros, los habitantes legales de Chile, han producido nuestros connacionales que constituyen la clase política desde todos sus partidos, es evidente, contundente e innegable.

Sin perjuicio de la estrategia de la oligarquía nacional, desde la primera mitad del siglo XIX hasta hoy, de permitir que la población participe de los beneficios del desarrollo del país, aumentando o disminuyendo por períodos el trozo de la torta a la que podemos acceder, en términos estructurales ello ha ocurrido dentro del diseño de una macroeconomía productora de artículos primarios o con escaso valor agregado, instalado de adrede desde el inicio de la República y que obtiene como resultado una distribución en extremo desigual de la riqueza así producida.

En las últimas cuatro décadas hemos asistido a un importante incremento en el proceso de desarrollo general del país, empujado por el modelo económico que privilegia el libre mercado, cuyos principales beneficios para los habitantes han sido una profusión de puestos de trabajo y el acceso extraordinario a diversos bienes de consumo, reflejando a nivel macro una disminución dramática de la pobreza y un mejoramiento incontestable en los indicadores de desarrollo estandarizados internacionalmente.

Sin embargo, todo ello sigue estando igualmente contenido en aquel diseño que el Poder Real determinó para Chile -así como para la mayoría de los países del hemisferio sur- de modo que  esos trabajos están masivamente mal remunerados y no se ha previsto integrar a grandes cohortes de ciudadanos a la propiedad de los medios de producción, como correspondería en un sistema capitalista sano.

La jerarquía del Poder nacional, como lo evidencian los hechos, privilegió su vinculación comercial con los grandes poderes compradores mundiales, antes que generar el desarrollo sostenido y armónico para la Nación, a pesar de ser la nuestra una población relativamente pequeña.

Y si bien los arquitectos de este diseño de desarrollo a media máquina han sido quienes controlan el sistema financiero internacional -con su respectiva delegación local- es la clase política la encargada de perpetuarlo, a través del ardid de presentarse unos como contendores y hasta como enemigos de otros, de cara a la población, apelando los unos a la igualdad y los otros a la libertad; unos al control centralizado y otros al libre mercado; unos al Estado y otros al individuo.

Todo ello sobre una enorme constante: el poder no lo detentamos los habitantes. El poder que naturalmente pertenece al conjunto de la Nación, ha sido escamoteado por un pequeño grupo de entre nosotros los chilenos, por esa clase política desde el rojo hasta el azul,  permaneciendo secuestrado por ellos generación tras generación…, con la anuencia de los habitantes…, que nos hemos dejado encandilar con las luces artificiales de la propaganda, los discursos, las promesas, la prensa masiva y, por cierto, los espejos de colores y las cuentas de vidrio que abarrotan las tiendas y supermercados. 

Hoy esa misma clase política -cuyos diversos integrantes siempre hacen como si buscasen propósitos diferentes e irreconciliables- continúa ganando dividendos a costa de la población que dice representar, con la puesta en escena de una eventual nueva constitución para Chile, una construcción completamente suya y que, tal como han planeado el mecanismo para obtenerla, sólo beneficia a su propia especie.

Desde la llamada “izquierda”, donde se cuentan todos los que juegan a “oposición de turno” y muchos de los que juegan a “gobierno de turno”,  vociferan que ello traerá la solución a todas esas legítimas demandas sociales y -en el paroxismo de su afiebrado discurso- que seremos los propios habitantes quienes redactaremos la carta fundamental. 

Desde la llamada “derecha”, donde está la mayoría de los que juegan a “gobierno de turno” y aquellos que juegan a ser “la verdadera derecha”, agitan a la Nación esperando llevar mucha agua para su molino y así llegar a ser un sector relevante dentro del mismo corral que los reúne a todos.

Estoy convencido y es mi opinión, que El Poder de Facto o Estado Profundo está pateando el tablero porque sabe que muchísimas personas en el planeta estamos despiertas o en proceso de hacerlo. Su Agenda 2030 tiene plazo perentorio, y no quieren incumplirlo como debieron hacer con su antecesora la Agenda 21, ambas a través de su agencia internacional, la ONU.

La clase política en Chile busca atemorizarnos, tanto desde “la izquierda” como desde “la derecha”, como es evidente para todo observador.

En absoluto serán personas independientes quienes llegarán a una eventual convención constituyente. Está muy claro que ese espacio deliberativo, de llegar a concretarse, estará ocupado una vez más por integrantes de la misma clase política y no por representantes genuinos de los habitantes legales del territorio que necesitamos profundos cambios sociales. 

Cualquiera que sea el resultado del plebiscito de Abril, en mi opinión los habitantes debemos continuar levantando la mano para manifestar que ya no queremos un sistema de gobierno que nos miente con su supuesta representación; no queremos que el resultado de “Apruebo” o de “Rechazo” sea utilizado por los mismos muy pocos para perpetuarse en el poder que desde siempre nos han escamoteado.  

Todas esas legítimas necesidades sentidas por los habitantes, somos nosotros mismos quienes debemos abordarlas, no basta con demandar que “alguien”, “algún otro” nos las resuelva. Ya saben, no se le pide al gato que cuide la pescadería.

Somos nosotros quienes debemos y podemos generar el espacio organizacional necesario desde abajo hacia arriba, desde cada barrio y cada comuna de Chile. Este es a mi juicio, el gran desafío de la Nación. No seguir esperando lo que resuelva un grupo de supuestos iluminados, sino llegar a entendernos entre nosotros, los habitantes, para luego de ello comenzar a construir una verdadera democracia.  

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