Chile no ha despertado.

Gran parte de la Nación se encuentra engañada y confundida. La mayoría de lo que vemos en los medios masivos así lo prueba. Las conversaciones que habitualmente escuchamos en los trabajos, en la calle y en grupos de pares lo confirman.

Como toda persona con suficiente criterio sabe, el llamado estallido social de Octubre fue provocado artificialmente, utilizando el genuino hartazgo de la mayoría de la población. Como quien incendia un montón de leña y hojas secas que estaban acumuladas por mucho tiempo.

Un poco menos difundida es la noción de que la clase política completa está involucrada, jugando unos y otros diversos roles en esta tragedia, ya sea desde el gobierno como desde la oposición, cada facción con sus respectivas distinciones internas.

Mucho menos conocido y aceptado es el plan mismo de sometimiento de la Nación que se encuentra en marcha y el alcance internacional de su organización y financiamiento que, no obstante, es posible vislumbrar detrás de los hechos en Chile y en el mundo.

La oración acuñada de “Chile despertó” es una consigna más producida por cualquiera de los operativos locales en algún nivel de aquella organización internacional.

Pero lo que alcanzo a ver y que me lleva hasta hoy a sostener esta opinión personal acerca de toda esta penosa contingencia, me dice que los chilenos -como generalidad- aún no hemos despertado.

Sin embargo, muchos connacionales creen que sí y han construido esta creencia sobre la base de diversas argumentaciones, cada una con su respectiva legitimidad.  Están los que creen que “Chile despertó” porque muchas personas han salido a marchar en las calles y expresar su genuino descontento en las diversas áreas de la actividad nacional por todos conocidas.

Están los que creen que “Chile despertó” porque se sienten representados por la fracción “de izquierda” de la clase política -protagonista evidente en todo esto-  participando en consecuencia de cierta sensación de triunfalismo por sobre el gobierno y esperando que el resultado de “su” revolución les traerá poder y bienestar.

Están los que creen que “Chile despertó” porque se sienten representados por la fracción “de derecha” -de sobremanera los que se encuentran de turno en el gobierno- y declaran cierta toma de conciencia de que efectivamente la clase política había generado por décadas un sistema de gobierno que permitió toda clase de abusos de la élite gobernante y empresarial sobre la población general, hasta que ésta dijo ¡basta!

Están también los que creen que “Chile despertó” porque se sintieron con permiso para saquear y cometer toda clase de crímenes, simplemente porque pudieron hacerlo.

En fin, puedo imaginar también la sorpresa del reducido grupo que habrá dirigido esta expresión dramática en Chile, afirmando que efectivamente “Chile despertó” tras su bien urdido plan de provocación del que, quizá, no esperaban semejante entusiasmo.

Ciertamente hay muchas circunstancias de las que se puede tomar consciencia, o a las que se puede despertar tanto individual como colectivamente, no obstante, la que a mí me interesa y en la que he insistido bastante en mis columnas, sin duda no muestra ese despertar que me gustaría.

La población chilena en su generalidad, no ha despertado a la realidad de que está siendo manipulada por la misma clase política de siempre -y quienes la dirigen, claro- desde el sector “de izquierda” que le dice que ahora será “el pueblo” el que decida con una nueva constitución un “cambio de modelo” y desde el sector “de derecha” que la llama a no aceptar “esa imposición” y que se arroga el papel de quien garantiza el orden y “el estado de derecho”.

Para mí es muy claro que tanto uno como otro sector de la misma clase política, bien aleccionada por aquel Poder Real discreto que se encuentra sobre ella, representan solamente sus propios intereses en este nuevo escenario, como lo han hecho siempre, porque han sido inventados para ello. 

La constitución nunca fue creada por la Nación. Ninguna de las 10 ya ejecutadas en el país y tampoco lo será una eventual constitución Nº 11, así como está planteado el proceso.

Los plebiscitos municipales no vinculantes, ni la “mesa de unidad social” tienen, en mi opinión, el propósito de que sea efectivamente la Nación la que se dé a sí misma -por primera vez- una constitución.

Tampoco lo tiene el “acuerdo político para una nueva constitución” firmado por el gobierno de turno y la mayor parte de la clase política, como se desprende fácilmente de su contenido burdo y abiertamente engañoso.

La autodeterminación de cualquier persona adulta y, por tanto, de la Nación, no es sólo un derecho. Ya conocemos la enorme deformación que de esta palabra se ha hecho desde que la instalaron en nuestra mente a mediados del siglo pasado y la comenzaron a reiterar febrilmente en las últimas décadas.

La autodeterminación implica emancipación y soberanía. Son anteriores al derecho positivo pues emanan de nuestra propia naturaleza humana.

Emancipación y soberanía en nuestra dimensión individual es aprender a hacernos cargo de nosotros mismos, dejando de depender de nuestros progenitores para comenzar una larga etapa de sana autonomía, desde la cual construir relaciones y sólidos vínculos en procura de la realización personal.

Lo mismo respecto del Estado. En nuestra dimensión social ejercemos soberanía al participar activamente en la organización de la sociedad y de los mecanismos que nos parezcan necesarios y suficientes, para asegurar un funcionamiento eficiente del mismo, sin necesidad de depender de él.

Para mí, al menos, la Nación chilena verdaderamente despertará cuando decidamos ser soberanos, individual y socialmente. No necesitamos intermediarios que se arrogan una representación nuestra que no tienen.

Necesitamos ser nosotros mismos, los chilenos y las chilenas, quienes decidamos cómo queremos vivir, sin que nos pauteen ni limiten en modo alguno el ejercicio de nuestra libre expresión.

Diciembre 15 de 2019.

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