¿Sería NUESTRA una nueva constitución?

Fue un Presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, quien en su famoso discurso de Gettysburg, definió lo que podemos entender como democracia. Hace justo 156 años acertó a decir que democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

No era una idea nueva, por cierto, sino más bien una vehemente reafirmación del sentido verdadero y profundo de democracia, tal como la concibieron los antiguos atenienses, aunque ahora la intención era incluir a todos los habitantes del territorio.

En Chile presidía el liberal José Joaquín Pérez, tras la guerra civil de 1858 contra los conservadores de Manuel Montt y Antonio Varas, en la que “los constituyentes” de Atacama con Pedro León Gallo a la cabeza, buscaban derrocar a Montt y cambiar la constitución de 1833.

Hasta donde puedo ver, la definición que Abraham Lincoln hizo de democracia, corresponde a la de uno de los muy escasos presidentes de país alguno, que acceden a semejante responsabilidad haciéndose cargo de que -efectivamente- se deben a la Nación, es decir, a la totalidad de los habitantes legales del territorio, y no a la clase política a la que pertenecen ni, por tanto, al Poder Real ejercido sobre el mundo por la súper élite financiera-religiosa-militar-industrial, formada por muy pocas personas en la Tierra.

Es claro que su asesinato tuvo como principal motivo el querer gobernar a su Nación hacia la independencia política y económica respecto de aquel Poder Real, reconociendo la condición de ciudadanos a todos sus habitantes y creando una economía basada en el valor del trabajo y el emprendimiento de los mismos, con una moneda nacional libre de la usura legal impuesta por el sistema financiero internacional hasta el día de hoy.

Deberse a su propia comunidad es un noble propósito para cualquier persona que llegue a cumplir una función pública. Pero honrarlo, requiere de una independencia de sentimiento y de pensamiento que no resulta compatible con pertenecer a la clase política y su engañosa estrategia de presentarse dividida en “izquierda” y “derecha”, que sólo busca perpetuar la división y el sometimiento de las gentes.

Hoy ha sido instalado en Chile el objetivo de cambiar la constitución de 1980, de un modo brusco y perentorio, tras haber sido un tema siempre presente desde aquel mismo año, lo que se tradujo de hecho en muchas modificaciones, de sobremanera en el año 2005.

Entre las razones aducidas para ello destaca la ilegitimidad que se le atribuye por haber sido confeccionada durante la dictadura cívico-militar, amén de todas las instituciones que incluye -y que aún no hayan sido cambiadas- visualizadas como no democráticas o no representativas del Chile de hoy.

Y yo me pregunto, ¿sería nuestra una eventual nueva constitución?

Lo primero que quiero decir es que a mi parecer, la de 1980 carece de legitimidad, no porque haya sido confeccionada por la dictadura cívico-militar, sino porque fue escrita e instalada por la élite que detentaba el poder en el país, y no por la Nación.

Exactamente igual que todos los demás textos constitucionales de Chile, a saber: 1811, 1812, 1814, 1818, 1822, 1823, 1828, 1833 y 1925.

Sin duda todos esos ordenamientos institucionales, cual más cual menos, han prestado utilidad en el país, pero carecieron de toda participación ciudadana en su origen. 

En efecto, la consideración a la población nacional se limitó -y en sólo cuatro de ellas- a que se pronunciase sobre el hecho consumado, con la apertura de libros de firmas en algunas ciudades en 1812 y 1818 y con sendos plebiscitos en 1925 y 1980, procedimientos controlados por el mismo poder en ejercicio en cada una de las oportunidades.

El origen de un nuevo proceso constituyente me parece desde ya cuestionable al haber sido instalado de manera forzada, desde la propia clase política y con una utilización burda, vergonzosa y criminal de las legítimas demandas y aspiraciones de la mayoría de los habitantes legales de Chile. 

El famélico acuerdo de la mayoría de los partidos que integran la clase política, el día 15 de Noviembre, ciertamente no garantiza que en caso de votarse por una nueva constitución, ésta llegue a ser un acuerdo generado por los habitantes legales de Chile.

Vamos, que esa camarilla de conciudadanos no querrá renunciar al trozo que pueda optar en la repartición del Poder Formal en nuestro país -bajo el auspicio del Poder Real- en el ejercicio común de este sucedáneo de democracia, período tras período.

Si democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, ciertamente el sistema que nos rige no es una democracia y nunca lo ha sido.

Sólo tendremos una democracia cuando nosotros, los habitantes legales del territorio nacional, seamos capaces de organizarnos en cada asentamiento humano, sin la influencia de partidos políticos, de religiones ni de sistema de pensamiento externo alguno, sino motivados por la expresión adulta de nuestras necesidades comunes sentidas y visualizadas, desde la vecindad y reconocimiento de nuestros legítimos otros -al decir de  Maturana- buscando y encontrando consensos respecto del modo en que queremos vivir nuestras vidas, juntos.

Hasta que logremos ese nivel de madurez ciudadana -y en vez de esperar infantilmente que sean “otros” quienes se hagan cargo de nuestros asuntos, comencemos a hacerlo nosotros mismos- ocurrirá que tal como con los 10 textos constitucionales que ya hemos conocido, un eventual texto numero 11 obtenido del modo que se nos ha informado, con toda seguridad no será nuestra constitución.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s