¡No se está entendiendo!

Quiero insistir en este punto, si con ello ayudo a que alguien más considere este simple análisis. Sin duda la ecuación social en Chile es compleja y, aunque hay bastante gente trabajando para intentar resolverla, siento que no están “rascando donde pica” y es necesario comenzar a ver un intento serio de aproximación a lo que considero un camino de salida.

Antes de todo, reitero mi convicción de que Gobierno y oposición forman parte de un mismo conglomerado al que denominamos la “clase política”, de modo tan evidente que los esfuerzos de sus integrantes para insistir en su pretendida enemistad, en sus supuestas diferencias irreconciliables o en arrogarse superioridad moral unos y otros, son claramente insostenibles.

En la grave coyuntura que todos estamos experimentando en Chile, desde la vertiente “Gobierno” de la clase política, intentan mostrarnos que “se esfuerzan por controlar la situación” y que trabajan duro para “devolver la normalidad al país”. Desde la vertiente ”oposición” de la misma clase política pretenden que creamos que “ellos” tienen las respuestas para resolver el desastre estructural que experimentamos los habitantes del territorio.

Para mí, ningún gobierno está en disposición de abordar la necesidad de cambios estructurales y ninguna oposición tiene voluntad alguna de acceder al poder formal con ese mismo propósito. La razón es muy simple y ya bastante aceptada: la clase política es el instrumento del Poder Real o de facto, para mantenernos a raya, confundidos y por sobre todo divididos.

Las intenciones no pueden ser demostradas, por ello me remito a los hechos que durante décadas me han permitido aprender -como a millones de personas- que el trabajo sucio de la clase política le vale el favor de quienes verdaderamente gobiernan esta provincia fértil y señalada, unidad fractal de la totalidad del planeta, sometido al mismo control.

Aquél Poder Real, hará todos sus esfuerzos para mantener el statu quo que todos conocemos y su brazo ejecutor en cada país, la clase política, hará lo que aquél Poder le señala, puesto que depende de él. Como un soldado hará lo que le ordene su “superior”, no sólo por la lógica militar de la jerarquía de mando, sino porque su propia vida depende de ello.

Sin embargo, como toda crisis, la actual lleva consigo una oportunidad para aprender de ella y trascenderla, de modo de encontrarnos al cabo, viviendo una realidad mejor que a la que estábamos acostumbrados. El camino que yo siento necesario es el de la honestidad. ¿La recuerdan?

El primer paso en esa dirección es la de admitir cada uno de nosotros su propia contribución a la deshonestidad generalizada y normalizada. Aquello que no nos gusta en otras personas, aquello que solemos criticar en el prójimo son de ordinario rasgos, actitudes y conductas que reconocemos porque forman parte de nuestro propio repertorio.

Como es arriba así es abajo, reza la antigua advertencia hermética, y es plenamente válida para intentar explicarnos la transferencia desde nuestro comportamiento individual en el pequeño círculo de influencia de cada uno, hacia el modo como vemos que funciona nuestra sociedad nacional.

En consecuencia, dado que la llamada clase política, con sus partidos y sus militantes, así como todas las reparticiones y los cargos existentes en los cuatro poderes de la Administración de nuestros asuntos públicos, está constituida por sendos habitantes legales de Chile, debe ser incluida en los trabajos que nos permitan efectuar los cambios estructurales necesarios y suficientes.

Deben ser incluidos, en la misma medida en que todos los habitantes legales del país debemos participar de ese proceso de transformación fundamental, puesto que nadie sobra y, por tanto, todos contamos. Una redundancia que me permito consignar, debido a que muchas personas continúan repitiendo el patrón que nos fue grabado a fuego desde los primeros años, generación tras generación, que sostiene la falacia vergonzosa de la superioridad de unas personas sobre otras.

No existe tal cosa. Nadie es mejor o peor, sino que somos diferentes. Todos somos diferentes y esa es una poderosa fuente de información y de recursos personales para construir lo que queramos, juntos. La clase política lo ha hecho mal. Muy mal. Y sin embargo lo que han hecho sus integrantes responde a las condiciones del escenario en que ellos han elegido participar. Es imposible saber cuántas otras personas que jamás han pertenecido a esa clase, aceptarían las mismas condiciones si por cualquier razón se integrasen a ella.

Y para qué insistir en que todavía millones de habitantes acuden en cada ocasión para “elegir” a todas esas personas desconocidas, jamás puestas allí por nosotros, sino auto instaladas desde la manida clase política a la que pertenecen, la misma que nos impone sus programas de gobierno, justo al revés de lo que sería razonable que ocurriese.

No se está entendiendo lo que ocurre en el país en que vivimos, porque el acento está fuertemente puesto en mantenernos divididos, atemorizados e indignados.

Para mí es evidente la existencia de un plan supra nacional que busca desestabilizar a nuestra Nación chilena, así como está ocurriendo donde ustedes quieran mirar. Pero no es un plan “de la izquierda” ni “de la derecha”; lo digo una vez más. Aquél Poder Real está utilizando su enorme influencia tanto en el gobierno de turno como en la oposición de turno; tanto al interior como desde el exterior del territorio, para asegurar sus fines hegemónicos. Lo que está en juego es la permanencia de los Estados Nación como los conocemos y, con ello, la continuidad de los pueblos con sus identidades y su cultura. Es un plan de larga data, que incluyó el lento y sostenido envilecimiento de grandes cohortes de habitantes, la relativización y pérdida de los valores fundamentales de toda convivencia sana, evidente en todos los estratos sociales, profesiones e instituciones de la república.

Todos somos responsables del actual estado de situación. Por acción o por omisión. Todos tenemos el deber de participar en el proceso de transformación necesario para salir de él.

Si conseguimos ser honestos, tendremos plena capacidad para entendernos y trabajar juntos en este enorme desafío, que es la única vía para conseguirlo.

Trabajar juntos y hacerlo desde nosotros, por nosotros y para nosotros, no desde el miedo y su larga parentela de emociones negativas que siempre devienen en violencia.

La salida está llena de dificultades, pero siento que es la única posible. La luz al otro lado del túnel sólo podremos verla si conseguimos mirarnos, sentirnos, calmarnos y disponernos a trabajar juntos. Es menester para ello, dejar de escuchar todas las voces que buscan dividirnos y encontrar la serenidad necesaria para -sin detener el funcionamiento de la Nación- refrendar, completar y consensuar el diagnóstico más amplio del que seamos capaces, en todo el territorio, desde lo más sencillo hasta lo más complejo, para luego, construir entre todos una democracia directa y auto controlada, que no permita la injerencia de partidos políticos, iglesias ni sistema de pensamiento alguno, más allá de la expresión natural de los habitantes, en cada asentamiento humano, acerca de todos los asuntos que nos afectan, tal como toda persona adulta debe hacer.

Debemos impedir que sean el Foro de São Paulo o el Consenso de Washington los que determinen lo que debemos o no hacer. No necesitamos depender de las directrices que, por sobre los anteriores, se nos envían desde la ONU y -aún más arriba- desde el complejo financiero internacional y su inextricable maraña de conexiones hasta el último rincón de la Tierra. Esa súper élite busca aplastar a las Naciones porque entorpecen con su sentido de pertenencia a un territorio y con su riqueza cultural propia, su enorme plan de obtener la hegemonía planetaria.

Si de verdad una mayoría ha despertado, es decir, viene a unirse a quienes ya estaban despiertos, entonces puede entender de qué se trata. Podemos y debemos generar el cambio fundamental que consiste en pasar de ser meros habitantes, a verdaderos ciudadanos, léase, personas que al alcanzar la edad adulta somos capaces de hacernos cargo de nuestros propios asuntos, de manera directa, en cada ciudad y pueblo del país. No necesitamos -reitero- a la clase política, pues políticos somos todos, dado que compartimos un territorio e infinidad de necesidades comunes que nos demandan trabajar juntos para resolverlas.

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