¿Narco política?

El cartel político no hará nada relevante al respecto, evidentemente. Ninguna persona que ose pensar por sí misma puede esperar que los políticos se practiquen el harakiri, no porque podría ser muy doloroso, sino porque requeriría un capital del que la pequeña clase que se arroga nuestra representación adolece: honestidad.

Era absolutamente previsible que el diseño del ejercicio político partidista, cuyo propósito primero es el poder por el poder, no tendría problema alguno en que el vergonzoso llenado mínimo del padrón electoral de cada partido, ocurriese a como diera lugar.

En Abril de 2017 asistimos a la desesperación de los partidos por alcanzar aunque fuese el mínimo de inscritos y reinscritos, tras el objetivo de continuar existiendo y, por supuesto, acceder a los cuantiosos recursos que la legislación hecha por ellos mismos, les destina desde nuestros bolsillos.

Asistimos a la ausencia absoluta de pudor de la clase política cuando su órgano en la súper inflada Administración, llamado SERVEL, accedió a autorizar -a última hora- que para completar penosamente esos mínimos de supuestos adherentes, bastase con enviar las inscripciones por correo electrónico, con una foto de la cédula de identidad, contraviniendo la mínima garantía de verificabilidad de tales inscripciones.

El oscuro capítulo de la vinculación de uno de esos partidos a la actividad criminal del tráfico de drogas, al menos en la Comuna de San Ramón, no es más que un resultado posible del diseño en cuestión, toda vez que la llamada actividad política no es en la práctica otra cosa que una desaforada competencia por conseguir la mayor cantidad de dinero y poder posibles, en desmedro del cumplimiento de las funciones que en su origen tiene la supuesta representación de los habitantes, en el parlamento nacional.

Una cuenta más en el interminable collar que día a día y ya sin ningún atisbo de decencia la clase política y toda la institucionalidad por ella infestada, muestra a los estupefactos habitantes, que no atinan a reaccionar como debiera cualquier persona con sangre caliente y el corazón bien puesto.

El cuestionamiento que siempre me hago es, ¿cuál es la dimensión final de la complicidad ciudadana para permitir todo esto?. 

Porque continúo sintiendo que si permitiésemos el libre ejercicio de la Autodeterminación -esto es construir una verdadera democracia- el promedio de la consciencia nacional probaría estar mucho más cerca de la sensatez que de la ignorancia y hasta de la estupidez que aquella clase gobernante le atribuye a la Nación y sobre cuyo supuesto fundamenta su autoproclamado rol de administradora del destino de todos nosotros.

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