De súbditos a Ciudadanos.

El estado de “ciudadano” no se limita al mero acto de vivir en una ciudad, sino que alude a la integración de hecho y de pleno derecho de los habitantes de un territorio, a la sociedad o comunidad en la que están insertos.

Implica participar en la generación del orden institucional de esa comunidad, al que dichos ciudadanos se someterán sólo tras haber sido co-autores del mismo, en menor o mayor medida.

Esta condición de ciudadano es la que otorga soberanía a las personas, de modo que al actuar en conjunto, ejercen su soberanía como Nación. 

Es el modo en que las personas deben elegir libremente cómo organizar su convivencia al interior de su territorio y, al mismo tiempo, cómo relacionarse con los habitantes de otros territorios, resguardando siempre su autodeterminación.

No es la acepción más generalizada entre las personas ya que, por muy diversas razones, parecieran no estar interesadas en tomar las riendas de sus propias vidas.

Y, ciertamente, no es la acepción de “ciudadano” que la élite detentadora del Poder de Facto quiere en la consciencia de la Nación.

Si alguna condición tenemos las personas que habitamos el territorio, esa es la de “súbditos”. No la de ciudadanos.

Si bien el concepto se remonta a las viejas monarquías, a cuya autoridad estaban sujetas las personas, el mismo es perfectamente aplicable a la relación de subordinación vergonzosa de los supuestos ciudadanos, que existe hoy respecto de la versión actual del mismo Poder de Facto, cuya cara visible es la clase política -a todo su ancho- y aquella fracción de la élite financiera que da la espalda a la sociedad, pues sólo le importa ésta en la medida de que sirve a sus exclusivos intereses.

Los modernos súbditos chilenos, como sus ancestros del medioevo, estamos obligados a obedecer al amo, y más allá de todas las cortinas de humo que se nos ponen por delante a diario a través de la formidable herramienta de los medios masivos de alienación, nuestro verdadero estado es ese: el de sometimiento.

No somos ciudadanos, pues no ejercemos nuestra libertad humana para decidir cómo queremos vivir nuestras vidas. En cambio, hemos resignado esa libertad natural a la obediencia de los preceptos emanados siempre desde un pequeñísimo grupo de entre nosotros, que lo hace sólo porque ellos han podido o, lo que es lo mismo, nosotros se lo hemos permitido.

Nuestra libertad personal ha sido hábil y sistemáticamente reducida por aquella pequeñísima cohorte de habitantes de entre nosotros, a un poco más que poder elegir entre varias marcas de productos de diversa índole, todos de propiedad de aquella misma élite.

Instalaron en las gentes la idea de que existen personas mejores y peores, suplantando así la verdad ostensible de que sólo somos diferentes y que a través del desarrollo individual y social de cada uno de nosotros es como generamos la amplia y compleja diversidad que nos da la posibilidad inmedible de aprendizaje y crecimiento. 

De este modo es como han alimentado implacablemente ese valor artificial de la competencia entre iguales. Puesto que asumo que somos iguales en origen o en esencia y, tal como dos vectores que surgen de un mismo vértice, pudiendo llegar a distanciarse entre sí hasta el infinito, nuestras diferencias se originan en la expresión de nuestra esencia, en la expresión de cada uno de nosotros, en el ejercicio cotidiano y en extremo complejo de la toma de decisiones, pequeñas y grandes. 

Este Poder de Facto, secreto en cierto nivel, discreto en otro nivel y desembozado en donde todos podemos advertir, nos ha empujado a poner dentro de un grueso paréntesis en nuestro interior, la noción de trascendencia del ser humano y nuestra conexión con la naturaleza, consiguiendo expulsar el íntimo vínculo con la divinidad -como quiera que cada quien la perciba- de modo de situarla fuera, como el Sol, las imágenes en los templos, los íconos del mainstream y, por supuesto, el dinero.

Con “Dios” afuera, los humanos nos tornamos dependientes, aterrados, vulnerables, presa fácil del Poder de Facto de las edades, cuya principal entretención es enemistarnos entre nosotros y mantenernos perpetuamente divididos, peleándonos por ocupar una u otra de las casillas conceptuales en las que nos separan, tales como las religiones, los partidos políticos, las clases sociales y mil más.

Súbditos. Eso es lo que de hecho somos, hasta cuando nosotros mismos decidamos dejar de serlo, para convertirnos en Ciudadanos.

2 comentarios en “De súbditos a Ciudadanos.”

  1. Para muchos eso es cómodo. No participa en los pocos espacios que tenemos cuando hay que votar por ejemplo.
    Es bueno reflexionar el tema y tratar de mover a nuestros cercanos para que se integren en las instancias de participación que hay

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    1. Gracias Mireya. Es verdad que para muchos la dificultad de levantar su voz y participar estriba en la simple comodidad, en no querer salir de la “zona de confort”. Es un desafío mayor el que tenemos, sin embargo es ineludible, pues equivale a lo que todos y todas debemos asumir cuando nos hacemos adultos y dejamos de depender de nuestros padres.

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