Sucedáneo de Democracia.

Quienes detentan el poder en un país, sobre la Nación que lo habita, pueden sentir un comprensible temor hacia la democracia, temor que puede originarse desde la simple posibilidad de perder un bien que se posee -como le ocurriría a cualquier persona- hasta el  más abyecto propósito de someter a la población a como dé lugar, es decir, el poder por el poder, indistintamente de si fue adquirido o no de manera legítima.   

Aquel temor se expresa en las muchas estrategias y mecanismos ideados al interior de su círculo y llevados a cabo sistemáticamente para controlar el riesgo de ver amenazado su diseño de sometimiento, y tal vez la más ingeniosa estrategia que aquellas élites han desarrollado es la de torcer el significado y naturaleza de la democracia, para hacer creer a la Nación que vivimos y estamos organizados en torno a este sistema de gobierno.

Las alternativas a una democracia presentan una dificultad superior para ser aceptadas por los habitantes, tal como ocurrió en Chile en tiempo aún cercano, con la dictadura cívico-militar instalada por aquella misma élite o Poder de Facto, que en otros momentos instala también una administración “de izquierda” o una “de derecha”, moviendo el péndulo de su estrategia para inculcar en la población la creencia de que puede elegir a quienes les gobiernen, mientras aquellos se mantienen siempre en el poder.

Una democracia, como sabemos, no es una modalidad de administración virtuosa en sí misma, puesto que el que lo llegue a ser depende absolutamente de la calidad de las personas que constituyen la Nación que se da ese sistema de gobierno. Depende de nosotros y de la expresión de consciencia que al presente seamos capaces de desarrollar.

Así, por ejemplo, una aristocracia podría perfectamente ser un muy buen modo de gobierno, entendiéndose por ella al ejercicio administrativo efectuado por ciertas personas de entre la propia Nación, dotadas de la excelencia y la virtud necesarias para cumplir con sus funciones a plena satisfacción de toda la población que se vería así, favorecida con la gestión de aquellas.

Sin embargo, sabemos también que nuestro desarrollo humano promedio está lejos aún de alcanzar tal nivel de excelencia y virtud, por tanto no podría funcionar de modo satisfactorio para nosotros una aristocracia, ni una monarquía. 

De modo que nos queda la democracia, que es el sistema de administración en que las decisiones son tomadas por toda la Nación -entiéndase los habitantes del país- con los resguardos que la propia Nación debe considerar, para controlarse a sí misma ante la proverbial debilidad que a todo ser humano le provoca la cercanía del poder, desde un Cuidador de autos hasta un Presidente.

En Chile nunca hemos tenido una democracia en tanto tal, pues siempre han sido las élites, entendidas como aquellos pequeños grupos de personas con el poder suficiente para determinar el curso de los acontecimientos estructurales en el país, quienes -precisamente- han decidido hasta hoy las cartas de navegación y el diseño de gobierno que cada generación de chilenos ha conocido.

Lo que tenemos no es una democracia, sino un sucedáneo de la misma, resultado de la manipulación que aquel Poder de Facto ha venido efectuando en su intento de mantener controlada a la población, puesto que somos nosotros quienes sostenemos el sistema, financiando con nuestro trabajo la mayor parte del gasto y la inversión nacional, sin que seamos nosotros quienes tomamos las decisiones de los asuntos que nos incumben.

Como aludo en el primer párrafo, considero posible atribuir al interior de aquel Poder de Facto al menos dos sensibilidades respecto de su motivación para temer a la democracia, siendo la más blanda de ellas aquella fundada en la suposición de que las personas no somos capaces de ejercer el derecho a la autodeterminación y de que ese eventual ejercicio sólo generaría un desastre de país, que arrastraría por cierto su patrimonio de dominio hasta límites desconocidos.

La sensibilidad más dura, en cambio, no sólo desconfía de la capacidad de los habitantes para comportarse como adultos, haciéndose cargo de sí mismos, sino que se esfuerza por ahogar toda posibilidad de que en algún momento futuro la población nacional pudiese concebir el autogobierno.

De modo que mantienen este sucedáneo de democracia, una ilusión de participación y de representación a través del ingenioso mecanismo de los partidos políticos, a través de los cuales ocupan los escaños del Poder Legislativo, los cargos del Poder Judicial y, por supuesto, el control del Poder Ejecutivo.

En mi humilde opinión, todos somos responsables de este statu quo y, por tanto, tenemos también la posibilidad de revertirlo, puesto que por más diverso que sea el pueblo del que formamos parte y eso incluya un número significativo de connacionales sin el suficiente desarrollo personal todavía, para hacer una contribución al crecimiento de la Nación, me asiste la convicción de que la mayoría de quienes habitan el territorio de Chile se encuentra preparada para dar el gran paso hacia la adultez ciudadana y consolidar su autonomía para conducir el devenir nacional.

2 comentarios en “Sucedáneo de Democracia.”

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