8M mr

La poderosa propaganda que convocaba a la “huelga” o la marcha femenina del 8M queriendo instalar una narrativa de unidad en su causa, no puede disimular la enorme diversidad en las motivaciones, actitudes y pancartas de las casi 200.000 personas presentes en Santiago y las numerosas movilizaciones en otras ciudades de Chile y del mundo, ayer. Ni hablar de la diversidad al considerar a la inmensa mayoría de mujeres que no acudieron a alguna de esas citas.

Mucho se ha escrito y hablado acerca de “lo que está bien” y “lo que está mal” en el Feminismo, concepto difícil de acotar debido a aquella diversidad entre sus propias convocantes de la actual Tercera Ola, que parece diferenciarse en ello del llamado bastante mejor definido en la Primera Ola de mediados del siglo XVIII.

Las demandas contenidas en la convocatoria 8M de este año exceden con mucho el énfasis en la sororidad que tal vez algunas de las personas organizadoras hubieran querido darle a su esfuerzo. Tal vez porque es extraordinariamente difícil integrar propósitos tan diversos en un mismo evento o, quizá, porque quienes financian este movimiento y su primera línea de liderazgo quisieron ex profeso instalarlo de este modo.

Más allá de los juicios que al respecto han surgido a raudales, quiero detenerme en la legitimidad que para mí tiene el movimiento llamado feminista, tanto en sus demandas históricas más bien centradas en los denominados derechos de la mujer, como en sus reivindicaciones actuales desparramadas en todos los ámbitos de la vida humana.

La legitimidad de una causa arranca del mundo interior de quien la siente y la quiere expresar, no implicando necesariamente que sea mejor o peor que otras causas expresadas por otras personas en el espacio común de la existencia.

En mi caso, ni siquiera podría concebir que una mujer valga menos que un hombre ni que -por tanto- deba tener menos dignidad humana y menos derechos ante la ley.

Por tanto, lo que observo en las marchas por los derechos de la mujer, así con toda su confusa diversidad de mensajes, me produce también diferentes efectos, dependiendo de que se refieran precisamente a los derechos de la mujer en dignidad y en igualdad ante la ley o que aludan a una generalizada actitud “anti hombre” que, por supuesto, percibo muy alejada de la sensatez.

Sin embargo, le atribuyo legitimidad en sí misma a todas esas posturas, entendiendo que esta condición está dada por la percepción de cada una de las personas involucradas y las percepciones son por definición propias de cada quien. Anteriores al análisis de las mismas.

Siento que el eje que va desde el sentido común -entendido como consenso social mayoritario- hasta la radicalización en las demandas de las respectivas agrupaciones femeninas, discurre en paralelo a la experienciación personal de la tristeza y de la ira en el curso de la vida y de la actitud que cada quien decida adoptar ante ello.

Ambas terribles emociones del ámbito del miedo, suelen ir juntas y son entre ellas directamente proporcionales: mientras más rabia sentimos y expresamos, mayor es la tristeza que hemos experimentado. Entonces, dependiendo de las emociones vivenciadas en el pasado mediato o reciente, es que se configurará el eventual reclamo y el o los destinatarios del mismo. Ese reclamo así entendido, siempre será legítimo.

Entonces me parece evidente la manipulación que del sistema emocional de muchísimas personas, han hecho y continúan haciendo quienes obedecen a los oscuros intereses corporativos del Poder de Facto, siempre apuntando a dividirnos y controlarnos, en los más diversos ámbitos de la vida en sociedad.

El drama genuino y doloroso de quienes -mujeres y hombres- hayan experimentado el abuso de otro ser humano en el curso de su vida, no puede ser sanado a base de más sufrimiento.

La vida misma es mucho más grande que la suma de todas las vicisitudes que cada persona experimenta y, ciertamente, no está regida por el miedo, sino por el amor.

En mi opinión, aquellos que desde la opacidad de sus think tanks manipulan a la humanidad para mantenerla siempre en el ámbito del miedo, alejándola así de su natural afección amorosa, han planeado también la exacerbación del odio de “las mujeres” contra “los hombres”, escrito así cual categorías estadísticas, porque a aquellos integrantes de la pequeña y poderosa oligarquía mundial no le interesan las personas en tanto tales.

No necesitamos más división y temor entre nosotros, mujeres y hombres que constituimos juntos la especie humana. Precisamos sanar nuestras heridas también juntos, pues lo que le sucede a un ser humano le afecta a la humanidad completa y esta condición de nuestra identidad, de ser simultáneamente individual y gregaria, nos recuerda lo falaz de nuestras reyertas y recriminaciones, que sólo han tenido lugar a lo largo de toda la historia conocida, debido a nuestra labilidad y vulnerabilidad ante los embates manipuladores de las élites en todo tiempo y lugar.

Es nuestro desafío común, para hombres y mujeres, superar las distorsiones culturales que han generado el desequilibrio entre patriarcado y matriarcado, siendo como son, dos pilares fundamentales y mutuamente dependientes para sostener el desarrollo de nuestra humanidad, en sana colaboración y no en estúpida competencia.

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