Pacifismo y Activismo, una ecuación necesaria.

Pacifismo, no pasividad. Activismo, no violencia.

He invertido mucho tiempo en dilucidar mi propio conflicto entre la necesidad de expresarme en relación a lo que percibo del mundo en que vivo, por una parte, y la sensación de incurrir en arrogancia al pretender que mis expresiones puedan servir de algo a alguien más, que puedan hacer una diferencia.

Uno de los conceptos que he aprendido en torno al Principio Biocéntrico y -particularmente- en la práctica de Biodanza, se refiere a la expresión humana. He integrado en mi acervo personal al día de hoy, el doble valor que el ejercicio de la expresión de toda persona tiene.

El primer valor es el intento cotidiano de ser consecuente en el hacer, con aquello que constituye el espacio interior del ser; osar mostrarse cada quien, tal como viene siendo en un momento determinado de su devenir, de modo de aquilatar así la forma y el volumen de sí mismo, de la persona que se ha construido hasta este instante.

El segundo valor de la expresión humana es la dinámica existencial que ella genera en el entorno social del que cada persona forma parte. Esto es así, puesto que junto a la necesidad que tengo de construir mi identidad y mostrarme al mundo con mi particularidad, tengo también el derecho -me atrevo a decir- de enriquecerme con la expresión ontológica de cada una de las otras personas que constituyen el entorno en el que vivo.

La propia identidad no termina en el ámbito individual, sino que se forma y fortalece en la interacción con los semejantes y todo aquello que nos rodea. De modo que mi expresión, el mostrar aquél ethos caracterológico que vengo construyendo como propio de mí, es un ejercicio necesario y valioso, tanto para mí como para quienes me rodean, del mismo modo que necesito y me nutro de la expresión de aquellos. 

Esta reflexión me devolvió la paz luego de la travesía por aquél conflicto que parto mencionando, permitiéndome elaborar y asumir los conceptos en los que creo, con los que puedo presentarme al día de hoy ante mis semejantes.

Siento que no puedo ni debo permanecer impasible ante las graves circunstancias que hemos venido creando en nuestra forma de vivir, en Chile y en el mundo.

Asumo mi corresponsabilidad en este desastre que experimentamos como Nación chilena, por cuanto soy un ciudadano más de ella y, al expresarlo, me dispongo a reparar mi falta y a ponerme en acción para colaborar en el gran proceso de sanación nacional que necesitamos con urgencia.

Me sumo al esfuerzo pacífico -esto es, inteligente- de reconciliación de todo ciudadano y toda ciudadana que haya decidido hacerlo, para comenzar a construir una comunidad nacional que -creo- nunca ha existido. 

Las diatribas, insultos y descalificaciones que llenan las redes sociales y aún los medios de  difusión masivos, sólo tienen valor para aquellos que desde las sombras perpetúan la animadversión y desconfianza que nos estancan y destruyen.

Todo activismo, entendido por mí como voluntad de actuar en función de mejorar nuestra condición presente, debe necesariamente ser pacífico. Pacífico y activo. Pacífico e implacable, movido desde la comprensión que surge del amor y no desde la mera obediencia que surge del miedo.

Es desde aquí que comparto la idea de democracia verdadera, aquella a la que tanto temen propios y extraños. Algunos por perder posiciones de poder obtenidas ilegítimamente, otros por verse sometidos a mirar de frente a sus pares, para conversar y comenzar a construir.

Somos los y las habitantes del territorio, quienes debemos y podemos organizarnos y gobernarnos, como he sostenido una y otra vez. No tiene sentido y está quedando fuera de la historia el infantilismo de pretender que alguien más lo haga por nosotros.

Ni el poder económico ni el cartel político. Ni religión ni sistema de pensamiento alguno que se erija en representante de nosotros e incluso en salvador nuestro.

El esquema piramidal no sirve como estructura de organización social, aunque haya sido usado desde la noche de los tiempos hasta esta hora. Los resultados son hechos y están ahí para quien quiera verlos. El sistema de organización vertical se fundamenta en el miedo y en el desprecio por los semejantes.

En cambio, una red formada por sus millones de nodos -cada uno de nosotros- exige sostener la mirada y releva la propia dignidad humana de todos, sin excepción. Una organización reticular implica necesariamente luz y no la oscuridad de los intersticios piramidales. Necesitamos luz para sostener la mirada y expresarnos los unos y los otros, ya no por imposición desde el miedo, sino por la propia voluntad, desde el amor. Luz, finalmente, para conquistar la transparencia que necesita nuestra organización ciudadana para ser legítima, de una buena vez.

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