Nosotros, la gente común.

Es una agradable tarde de Navidad, tranquila, en familia, a poco de preparar la cena, y la reflexión que bulle en mi mente y en mi corazón es, cuántas creencias falsas debemos todavía revisar, enfrentar y dejar atrás.

No me cabe duda de que algún elemento bienintencionado debió estar en el origen del ejemplo más recurrente cuando en general nos referimos a la necesidad de cambiar una creencia, al exclamar “si todavía crees en”, ¿verdad?

Las intenciones no se ven, por cuanto son un paso previo a una decisión, sin embargo habitualmente incurrimos en atribuirlas a unos y otros de nuestros semejantes, para bien o para mal. Es un rasgo muy humano, si bien poco deseable.

Normalmente, en algún momento de nuestra infancia dejamos de creer en el clásico personaje y, con ello, se rompen también otras creencias y convicciones relacionadas, con mayor o menor trauma para unos u otros.

Ya de adultos, nos vemos enfrentados frecuentemente a la inoculación de creencias de naturaleza muy diversa, de muy variada carga emocional y también con consecuencias de diferente gravedad para nuestras vidas, en lo individual y en lo social.

Un ejemplo dolorosamente vigente es la creencia de muchos millones de personas en la “verdad oficial” del 9/11 de 2001…, sostenida por 17 años y cuya develación puede ser traumática por las consecuencias que implica, al arrastrar consigo otros desgarros emocionales tales como el desamparo y la ruptura del marco conceptual con que decidimos estructurar nuestra percepción de “la realidad”.

Y es que esta otra creencia instilada en nosotros, la de que “alguien”…, algún “otro” debiera resolver nuestras tribulaciones, se encuentra también muy arraigada, dificultando severamente la natural capacidad para hacernos cargo de nosotros mismos, a medida de nuestro desarrollo biopsicosocial, perpetuando la permanencia de la sociedad en una etapa infantil, como es por demás evidente.

Siento que del mismo modo en que de niños o niñas, muchos de nosotros debimos experimentar el abrupto rompimiento de aquella tierna creencia, y de algún modo supimos hacernos cargo de lo que ello implicaba, podemos y debemos hacerlo de adultos con la miríada de creencias con que hemos venido modelando nuestro mundo. Examinar nuestro vasto cuerpo de creencias no tiene porqué devenir en una actitud violenta, toda vez que nosotros mismos lo hemos venido aceptando como real. Tampoco implica renegar de todo ello, sino introducir aire fresco al acervo personal con el afán de mantener lo que nos continúe pareciendo cierto y revisar aquello que -tras esta nueva mirada- resulte necesario modificar o desechar.

Este sano revisionismo es y debe ser parte de nuestro proceso de crecimiento personal y social, que sólo tiene lugar -finalmente- cuando aprendemos a hacernos cargo de nosotros mismos, para tomar las decisiones adultas y maduras que nos permitan construir entre todos el mundo al que aspiramos.

2 comentarios en “Nosotros, la gente común.”

  1. Asi es, es necesario botar los miedos y avanzar en el conocimiento primero de nosotros mismos y despues de la naturaleza del Universo y el cosmos darnos cuenta de que somos una UNIDAD y que tenemos poder

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