No se trata de Allende ni de Pinochet.

Las redes sociales arden con discusiones tan interminables como inútiles. Y cualquiera que observe un poco los patrones de tan intensa actividad en tan pocas palabras, notará la prevalencia ostensible de la división, la rabia y la enemistad.

Son movimientos emocionales pesados, de muy baja frecuencia, que entorpecen la posibilidad de comunicación positiva que las mismas redes nos ofrecen, para extender una conversación directa más allá del estrecho círculo del que cada uno de nosotros forma parte.

Entre la larga lista de temas con que a diario se afanan tantos de nosotros, mayoritariamente más bien para marcar diferencias que parecen irreconciliables, asistimos en estos días al de “si Allende o Pinochet”, “si dictadura o gobierno militar”, “si 1000 días de decadencia o de progreso” y todas sus derivadas.

Como todos, tengo mi opinión al respecto y vale tanto como la de cualquiera, aunque no me adscribo a credo alguno -de ningún tipo- sabiendo hasta aquí que ningún sistema conceptual humano debe estar por encima de la propia consciencia que cada persona tiene la posibilidad de expresar.

La evidencia es prueba, y una muy clara es que no obstante las luchas intestinas en ciertos escalones intermedios en la pirámide del poder mundial, en la cúspide parece estar siempre un mismo grupo de individuos, bien protegido y con un enorme arbitrio sobre las grandes comunidades humanas en los cinco continentes.

Por ejemplo, el que ciertos países se desarrollen industrialmente y otros permanezcan produciendo materias primas no puede deberse al azar, sino a la voluntad de aquellos que constituyen el poder de facto y que están por tanto, detrás de los grandes acontecimientos en la Tierra, aquellos que nos afectan como Naciones, en mayor o menor medida.

No se trata para mí, entonces, de Allende o Pinochet en las décadas del ´70 al ´90, como no se trata de Piñera o Bachelet hoy.

Es mi convicción que nadie que es puesto por las élites en los “altos cargos” de un país es inocente, ni se debe a sí mismo.

La ilusión de democracia que existe gracias a la fenomenal propaganda, es apenas un recurso del mismo poder de facto, para revestir de cierta legitimidad su ejercicio de la autoridad que, en su origen, nos pertenece a los Ciudadanos. Autoridad que nos resistimos a ejercer, como es también evidente.

Pero como es mejor enfocarme en lo positivo, quiero señalar las muestras que es posible observar en el mundo, de la creciente voluntad entre los habitantes de aquí y de allá, de querer salir del espacio de confort o de la frecuencia adormecedora con que se nos ha seducido históricamente.

Y este movimiento integrativo, es decir, el despertar de cohortes cada vez mayores de personas hacia una consciencia armónica, tanto en lo individual como en lo social, se hace notar más en sentido horizontal, es decir entre nosotros, lejos de los medios masivos y de los titulares, siempre reservados más bien para perpetuar el miedo y la ofuscación.

No se trata, insisto, de quiénes son instalados en los palacios de gobierno.

Se trata de nosotros, las personas que formamos las Naciones, y que en cantidad aún importante continuamos entregando nuestro poder soberano a aquellos pocos que una y otra vez se erigen en nuestros representantes.

Las redes sociales son una herramienta magnífica si aprendemos -suficientes de nosotros- a usarlas para encontrarnos, en vez de enfrentarnos.

Ciertamente es difícil despertar y más aún mantenernos despiertos, pues hasta las más genuinas expresiones Ciudadanas en el mundo, son rápidamente infestadas por las fuerzas mercenarias de aquellos poderosos ya aludidos. Sin embargo, podemos identificar una señal que garantiza la legitimidad y utilidad de un movimiento civil, como es una actitud tan pacífica como asertiva para efectuar nuestros planteamientos en cualquier plataforma.

Es fácil identificar la rabia y sus expresiones asociadas en las redes sociales y en las manifestaciones públicas, en las marchas, en los estadios o en los medios masivos. Por tanto, es también sencillo decidir no sumarnos a esa energía destructiva y, en cambio, buscar los espacios de conversación y entendimiento en las redes y luego, ya más exigente pero necesario, escalar a la construcción de espacios de encuentro personal para comenzar a conocernos y perseverar en la búsqueda de caminos que nos lleven al siguiente estadio de madurez cívica.

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