Las instituciones son lo que sus integrantes son.

Las instituciones son lo que las personas que las integran son. Es tiempo de examinar el excesivo uso del “institucionalismo” nacional.

Existe en esta nación una actitud muy extendida que parece reflejar la creencia de que tales entidades meramente jurídicas, existen por sí mismas. Tal vez por ser también los chilenos una nación tributaria del derecho romano y, con ello, del afán normativo y punitivo -claro está- es que aquél institucionalismo ha devenido parte integrante de nuestra idiosincracia.

Puedo advertir la dicotomía que supone la existencia del sometimiento de los ciudadanos a la voluntad de las oligarquías nacionales -que son las que imponen desde siempre el sistema normativo- junto a la referida actitud generalizada de esperar y aún exigir que tal ordenamiento jurídico-administrativo efectivamente funcione.

Ya es demasiado doloroso el conocido desastre en el funcionamiento de las instituciones públicas en Chile -el ius civilis-  sin embargo, vale preguntarnos y reflexionar acerca de las responsabilidades que caben en torno a esta debacle nacional, y la que yo me permito hacer va en el sentido de ser nosotros mismos, la nación chilena -aunque sea más por omisión que por acción- la responsable última del fenómeno en comento.

Resulta fácil culpar a “las instituciones” y a quienes las representan en el momento álgido; es frecuente también que quienes tiran las piedras escondan rápidamente las manos y mascullen su rabia más bien al interior de su pequeño círculo de influencia.

Mucho más difícil es hacernos cargo de nuestras propias responsabilidades, entre las cuales está el contribuir de modo activo al buen funcionamiento de la comunidad nacional y todo lo que ello involucra, por más complejo que resulte ser.

Si las instituciones son lo que las personas que las integran son, entonces debemos asumir nuestra responsabilidad ciudadana de participar en las decisiones vinculantes con los intereses de todos y todas, desde el espacio local en que cada uno de nosotros vive y hasta el nivel de la administración nacional.

Es evidente que no debemos seguir pretendiendo que somos una democracia representativa, ni mucho menos participativa. 

Salir de esta inercia importa comenzar a participar y hacerlo de modo civilizado.

Salir de esta inercia implica aprender a hacernos representar verdaderamente, en cada barrio y comuna, hasta llegar a influir como ciudadanos, en la generación de los mecanismos que den efectiva cuenta de nuestras necesidades de administración nacional, así como de la selección de quienes de entre nosotros, estén mejor preparados/as para cumplir con las funciones que les encomendemos, todo ello en un contexto de máxima transparencia, pues es el modo de poder mirarnos de frente, con nuestra diversidad y con nuestro ethos común que es el ser habitantes de un mismo territorio.

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