Nepotismo…?, sólo otra cortina de humo.

Nuestro conciudadano Carlos Peña reduce el complejo asunto de la confianza a una visión binaria, al referirse al “caso Pablo Piñera”, omitiendo que dicha complejidad aún no fue recogida por su citado Robert Putnam en el caso de Italia y que el fenómeno de la abstracción progresiva en las relaciones sociales está lejos de ser un rasgo deseable, en la medida que nos aleja de la práctica de nuestra condición esencial e irrenunciable, como es la de humanidad. 

 

No es razonable la idea de concebir como un indicador halagüeño el que la confianza de las personas derive de ser depositada en sus pares a hacerlo en “el Estado y las instituciones”, lo que sería -según alude- una construcción a través de la práctica de la “confianza abstracta”.

Las instituciones son lo que las personas que las integran son. 

No existe en rigor “el Estado”, más allá de la entelequia convenida como mecanismo para administrar los asuntos públicos, con todo aquello que exige nuestra condición gregaria y el vivir en sociedad, de modo de que mi confianza -en tanto posibilidad humana- la depositaré necesariamente en una o más personas y no en la oficina o entidad jurídica donde esas personas ejercen su proyecto de vida.

La abstracción progresiva de las relaciones sociales, señalada por su también citado Anthony Giddens, no implica un tránsito desde una construcción societal basada en el individuo a otra basada en la institucionalidad, toda vez que se trata de dos dimensiones del ser humano, indisolublemente presentes y expresadas una y otra vez a través de las edades, con diversos énfasis en uno u otro polo de una misma identidad.

La persona humana es simultáneamente individual y colectiva, de modo de que pretender hacer prevalecer el objetivismo en la construcción societal es tan falaz como reducir el resultado de la construcción social sólo al subjetivismo propio del ser.

Nosotros, los seres humanos (antes que la denominación jurídica de “persona”), estamos dotados de la soberanía que nos da el derecho natural, soberanía tan irrenunciable como débilmente ejercida, debido al férreo y astuto control que la oligarquía mundial con su enorme maraña de instituciones y mecanismos “legales”, continúa ejerciendo sobre las Naciones.

Ciertamente, las personas naturales y sus entornos sociales venimos construyendo regularidades en el uso de la convivencia y la práctica de vecindad; aquello que conocemos como “instituciones”, ya sean de facto o reguladas jurídicamente, pero dotar de poder a esas regularidades y otorgarles nuestra confianza como entidades equivalentes a una “persona viva” tiene y debe tener el límite de no atribuirles existencia por sí mismas, sino en función del propósito humano con que han sido proyectadas y consensuadas.

Aquello de “las instituciones deben funcionar” o, peor aún, “las instituciones funcionan”, es desconocer este hecho que acabo de señalar.

No me cabe duda de que existen entre nosotros los chilenos, muchas personas con capacidad ya no sólo para ejercer como Embajadoras en Argentina -entre ellas Pablo Piñera- sino en la propia Presidencia y en cada una de las funciones del referido Estado, y convertir el asunto de aquella designación específica en algo relevante, sólo conduce a continuar ocultando el verdadero drama de nuestra Nación, cual es el entregar nuestra soberanía individual a un muy pequeño grupo de entre nosotros, a saber, la oligarquía en el poder real y su aparato político instalado en el poder formal, mostrándonos incapaces hasta ahora de levantar un sistema de gobierno como resultado de nuestro soberano derecho (y desafío) a la autodeterminación.

ELMERCURIO.COM

El problema que la designación de Pablo Piñera revela es que a veces el Presidente parece estar muy cerca de lo que la literatura llama familiarismo amoral, esa tendencia humana -pero demasiado humana para un político que quiere ser moderno- de creer que solo los vínculos familiares o la amistad…

Carlos Ramón Silva.

(del 29/4/18)

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