La prueba de la ira.

Tras la prueba del poder, a la que tod@s podemos sucumbir, existe otra tanto o más exigente: la prueba de la ira.

 

La rabia o cólera, es la emoción que naturalmente emerge en nosotr@s, desde una tristeza muy profunda, cada vez que nos vemos enfrentad@s a una circunstancia fuertemente inconfortable y desestabilizadora. La Meta Élite mundial, aquél pequeño grupo de personas que intentan desde siempre -y consiguen en medida formidable- mantener el control sobre nosotr@s, la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, CUENTAN con nuestra rabia.

 

Su estrategia ha sido la de di-vi-dir-nos. Desde siempre.

 

Han inventado infinidad de trincheras y categorías, instándonos para que cada quien elija las suyas…., instalándose de inmediato en una posición “contraria” a la de quienes han elegido categorías diferentes.

 

Inventaron los “países”, las “religiones”, los “partidos políticos”, los “sistemas de pensamiento”. Introdujeron la tiranía de la especulación financiera, creando categorías de acceso a los recursos para intercambio de bienes y servicios: “ricos” y “pobres”.

Crearon el sistema de “castas”, la “esclavitud”, los “dioses”, el “patriarcado” y, recientemente, el “feminismo” y el “enfoque de género”.

 

También, en la vida cotidiana, interminables pequeñas pero desastrosas parcelas de separación de los seres humanos, tales como los “barrios” conceptuales, la “moda”, la “música” conceptual, el “racismo”, la “competencia deportiva” y un enorme etcétera.

Tal como hiciera Gandhi, el Mahatma, cada un@ de nosotr@s puede resolver la trampa de la ira, comprendiendo que históricamente hemos sido tratados como cobayas, intimidad@s por estímulos perversos que nos han dificultado severamente acceder a la consciencia de lo que verdaderamente somos: herman@s.

 

Iguales en esencia, diferentes en expresión.

 

Hoy nos referiremos a ello en nuestra primera convocatoria abierta, en La Serena, para contribuir a fortalecer el sentido de ciudadanía, de pertenencia a un solo y mismo género humano, que se debe a sí mismo el propósito de desarrollo, desde la complementariedad natural y no desde la competencia artificial.

 

Todas nuestras “diferencias amenazantes” podemos irlas disolviendo, en la medida en que relevamos nuestro sólido fundamento unitario, pasando progresivamente del dominio del miedo al dominio del amor.

 

Carlos Ramón.

(del 19/3/16)

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