El sentido de no botar.

Yo no voto. Formo parte del colectivo de expresión política de mayor crecimiento entre la población chilena, que -como en muchos otros países- no acude a las urnas a emitir su voto…, a despecho de lo que desean las “autoridades” y sus fervientes llamados a “ejercer el deber ciudadano”.

No boto a la basura mi soberanía, mi libre albedrío, pues se trata de mi propia esencia, y toda asociación en la que libremente resuelva participar, está subordinada a la legítima expresión de mi singularidad, que no obedece a consignas externas ni se somete a negociación. Los partidos políticos son sólo una suerte de clubes menores, que buscan con afán acceder a una parcela del pequeño poder, que el gran poder fáctico transnacional dispensa a estos operadores, a cambio del trabajo de mantener la obediencia ciudadana, tras la ilusión de un mundo mejor que el que tan bien conoce. Y si su cómoda alternancia bipartidista comienza -como ahora- a hacer agua, pues alimenta aquella ilusión con la instalación de nuevos partidos y/o alianzas, como bolas adicionadas en la misma tómbola.

No boto el sentido común que me asiste, y que me dice con vehemencia que la única utilidad que tiene seguir la propuesta oficial que se pretende hacer pasar por democracia, es cubrir con una breve capa de legitimidad la perpetuación del poder en manos de un grupo minoritario de personas, al servicio de quienes desde la sombra, detentan el verdadero poder, con independencia de la imagen que cuelguen cada cuatro años en todas las oficinas públicas. Jamás he visto que la vecindad haya elegido a sus representantes, sino que una y otra vez son esos partidos políticos los que imponen los nombres que luego pretenden, burdamente, hacer pasar  por líderes de la ciudadanía. Todo ello, claro, con la anuencia debida del poder oculto.

No boto la consciencia que soy capaz de sintonizar, y que me ilumina día a día para tomar las decisiones con que construyo mi existencia. Me doy cuenta de que “izquierdas” y “derechas” son una mera trampa conceptual introducida desde el siglo XVIII por el mismo poder oculto, para mantener eternamente dividida a la población y así ejercer con facilidad el control sobre la misma.  

No boto mi inteligencia, que me permite comprender que ni el estado ni el mercado son en sí mismos una garantía de transparencia, equidad y eficiencia, por cuanto ambos constructos -como toda institución humana- están siempre supeditados al desarrollo humano de las personas que participan de uno u otro sistema y, de sobremanera, de quienes tienen un mayor poder decisional en cualquiera de los dos. 

No boto mi voluntad, el motor de mi existencia, pues no renuncio a ser protagonista de mi historia en vez de un mero espectador. La mayor responsabilidad en la perpetuación de esta pseudo democracia es de la propia ciudadanía. Por mi parte, sólo votaré cuando se trate del ejercicio de elegir de entre nosotros/as, ciudadanos/as de todos los rincones del país, a aquellas personas que conocemos y en las que decidimos confiar que hagan en nuestro nombre, el trabajo que a todos nos corresponde, de administrar nuestra vida en comunidad, por un período acotado y sujeto siempre al escrutinio de un Observatorio Ciudadano que dé cuenta de la excelencia en el ejercicio de las tareas encomendadas, a la asamblea que, de modo directo, libre de pretendidos representantes profesionales, tome sus decisiones. No es un sistema perfecto, porque ninguno de nosotros/as lo es, pero se acerca más que ningún otro al principio de participación, representación, ejecución, evaluación y perfeccionamiento.

Carlos Ramón. 

(del 3/1/16)

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