Abstención Activa.

Mientras el ejercicio electoral chileno sea un acto voluntario, continuaré ejerciendo la ABSTENCIÓN ACTIVA que -siento- es la acción más coherente para expresar mi desconfianza como ciudadano, en la institucionalidad vigente y de sobremanera en la llamada “clase política”. En lo que a mí concierne, a diferencia de lo que la élite político-económica chilena se empeña en mostrar, la crisis actual de credibilidad no arranca meramente de una coyuntura que expone los graves hechos de público conocimiento que involucran a aquella. 

No. Se trata de una crisis profunda, de carácter estructural. 

Yo no espero que las respuestas al robo, la mentira y el desdén a la ciudadanía, de much@s de quienes ocupan posiciones de privilegio en la citada élite, provengan de la misma gente que genera mi desconfianza. 

Así como en tiempos de la dictadura se espetó que la alternativa al régimen era el caos, hoy escucho a menudo que sólo los partidos políticos y el régimen actual de pseudo democracia es una alternativa viable para la nación.

Este lenguaje es inhabilitador e irrespetuoso; no interpreta correctamente la evolución que ha experimentado la sociedad nacional en las últimas décadas. 

No se trata ya el ejercicio político, de una camarilla de encumbrados personajes que se muestran ante la ciudadanía, distribuidos estratégicamente en los consabidos partidos, pretendiendo que ésta les siga dócilmente cual niñ@s al flautista de Hamelin.

Hoy estamos hablando de personas adultas y perfectamente habilitadas para tomar decisiones por sí mismas, en todos los asuntos que les afectan.

Cada comunidad en cualquier lugar del país, puede y debe participar activamente en la generación de su plan de desarrollo local. Puede y debe asimismo, encomendar a algunas personas de entre ell@s, para que les representen ante el siguiente nivel de organización hasta llegar al nivel nacional.

En el contexto vigente, no tengo que votar por una persona que una pequeña agrupación -ajena a mí- decide poner en la papeleta para presentármela como “el mejor” o “la mejor”, exactamente como la persona de la pequeña agrupación vecina.

Mucho menos tengo que votar por alguien que no actuará como representante sino como una “autoridad”, es decir, que se arrogará un poder que implica subordinar a la ciudadanía, que es la que verdaderamente detenta la autoridad de modo constante y permanente.

Por ahora continuaré absteniéndome de votar, y fundamentando esta decisión ante quien sea. 

¿Cuánto más deberá bajar el porcentaje de quienes aún votan, para que suficientes personas resolvamos revisar la estructura misma de generación de nuestro sistema de organización política y de nuestr@s representantes?

Carlos Ramón.

(del 23/5/16)

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