Ni capitalismo ni socialismo.

Capitalismo o Socialismo, Fascismo o Marxismo arrancan de una fuente común: el intento de unos por imponer sus términos a otros. Y este impulso arrollador, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, se mantiene vigente y con extraña salud, como la de toda “mala hierba”. Un esfuerzo  reciente muy significativo, para perpetuar la idea de que hay personas mejores que otras, es el trabajo de la Real Sociedad de Londres, utilizando las propuestas de Darwin y Wallace en el siglo XIX, con su famosa teoría de la evolución, que reduce de modo escandaloso la enorme e incomprendida complejidad del ser humano, a simples mutaciones biológicas por adaptación al medio, con la cual justifican en el mundo contemporáneo la explotación y el genocidio resultantes.

Asumiendo mi cuota de ignorancia -característica del Homo Sapiens- puedo colegir al menos por descarte y escuchando mis propios instintos, que existe una Inteligencia inconmensurable pulsando por todos lados, en el macro y en el microcosmos, de lo cual desprendo mi posibilidad de desplegar el preciado bien de la confianza, y desde allí hacer pié sobre el resbaladizo suelo del proceso de conocer y de tomar decisiones, construyendo poco a poco mi acerbo personal, siempre en revisión.

No me siento en absoluto llamado a engrosar las filas de movimiento alguno propuesto por quien sea, pues comprendo que la expresión vital que emerge desde mi interior tiene toda la sabiduría necesaria para aceptarla en mí y, por tanto, en cada persona. 

Así por ejemplo, en el campo de la economía deliberar acerca de la bondad o la amenaza del “mercado” o del “estado” es una discusión estéril, toda vez que no tienen mérito alguno por sí mismos, dado que la eficiencia y equilibrio con que puedan operar depende absolutamente de la intención de las personas que integran la comunidad. Por tanto, no me declaro capitalista ni socialista; simplemente ocupo un lugar legítimo en la sociedad, y me vinculo con otras personas desde mi soberanía, que no se debe a sistema alguno fuera de mi.

Mi identidad es singular y plural de modo simultáneo, puesto que “la sociedad” ni “el individuo” existen como entes aislados o autónomos. 

Me siento llamado a trascender el espejismo con que las élites intentan siempre engañarnos, para perpetuar su empeño controlador, porque no lo necesito. Siento que nadie lo necesita, aunque cientos de millones actúen como si así fuera.

Me quedo con el sentido de la construcción común, horizontal y respetuosa desde el acerbo vigente de cada quien, a disposición de la expresión colectiva de nosotros mismos en tanto singularidad. No hay personas mejores o peores, sino diferentes. Esta es nuestra riqueza y nuestra oportunidad. 

Todo llamado dualista a “luchar” o tomar posición contra algo, es más de lo mismo. Es tiempo de permitir la emergencia del ser profundo que somos todos y todas, en medio de los desechos nauseabundos de la cultura que -sin excepción- hemos contribuido a crear. Este nuevo nacimiento que está teniendo lugar, dejará atrás ese hedor, pues sólo ha estado asociado al miedo al que hemos sido empujados y que hemos venido aceptando. Podemos rescatar mucho de esta misma cultura y nos espera el arduo y apasionante trabajo de construir una mucho mejor, que reflejará el despertar de la consciencia en las siete direcciones.

Carlos Ramón.

(del 30/11/15)

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