Arcontes, lobos y ovejas.

Deng Xiaoping mostró su sentido práctico con la famosa expresión que aproximadamente decía “no importa el color del gato, mientras cace ratones”. El líder del PCC entre 1978 y 1989 sin duda tenía razón y fundamentaba así el vigoroso impulso que permitió al desarrollo de la economía socialista de mercado en China, mediante el cual la MetaÉlite transnacional instalaba en ese país el diseño que desde mucho tiempo antes planeaba para el planeta entero, como 30 años después podemos constatar de manera innegable.

Ese mismo sentido práctico se muestra muy arraigado en la estructura piramidal del poder sobre la Tierra, desde el ápice hasta el estrato -mucho más abajo- que controla a la mayoría de la población mundial a partir de la máxima divide et impera, que tan buenos resultados le ha venido proveyendo por milenios.

Usando la analogía de lobos administrando a las ovejas, las Naciones contamos alrededor de 230 años siendo engañados o avalando el diseño de un sucedáneo de moderna democracia en que se nos presenta dos corrientes ideológicas opuestas principales -a veces más- que nos ofrecen con la vehemencia de un vendedor de cualquier bien innecesario, sus “buenos oficios” como representantes nuestros para llevar adelante un Programa de Gobierno, siempre impuesto por quienes están ubicados sobre ellos en la estructura compleja y misteriosa de esa pirámide. Jamás propuesto por nosotros, la población humana común.

Con el mismo sentido práctico de Xiaoping, a la pequeña y muy poderosa élite mundial no le interesa si el lobo que pone a administrar al rebaño, es rojo o es azul, mientras uno u otro hagan el trabajo sucio de mantener controladas a las ovejas.

Ambos lobos -a veces más- se turnan en las diversas tareas que hacen a su mandato principal, simulando ser contrincantes e incluso enemigos, manteniendo así confundidas a las ovejas, que nunca saben bien desde dónde ni cuándo les llegará el zarpazo, cuándo pueden pasar de ser administradas a ser atacadas por sus supuestos representantes, e incluso muertas, como el alto porcentaje de las más viejas entre ellas, que han sido muertas en las Casas de Reposo en los últimos tres meses en diversos países, con etiqueta Covid-19.

En su confusión, no pocas ovejas acceden a la propuesta de los lobos de traicionar a la gran manada de su especie, a cambio de algún tipo de recompensa mayor o menor según el cometido. Suelen incluso inscribirse en el club de uno u otro de los lobos, tal vez con la esperanza de conseguir algún beneficio por más tiempo o en la creencia de que los cercanos depredadores pudiesen eventualmente volverse sus amigos, quién sabe.

Los lobos por su parte, no las tienen todas consigo, ¡qué va!, acaso algunos muy pocos de entre ellos pueden acceder al oscuro recinto inmediatamente superior en la pirámide, esperando -al igual que las ovejas respecto de ellos- que lo que sea aquello a cuyo hedor y espantosa apariencia parecen haberse habituado, continúe postergando algún inminente perjuicio mientras su pequeña manada de lobos mantenga controlada a la inmensa manada de ovejas, con toda suerte de artimañas para su distracción y sometimiento, incluyendo la intrigante disidencia controlada entre ellas, con el buen efecto que reditúan.

Transitando ya por la primera quinta parte del siglo XXI, a cualquier observador mínimamente despierto le resulta evidente, sin embargo, que aquella MetaÉlite, el 0,1% de la población, muy arriba en la estructura del mando, los amos de los lobos y quienes se entienden con los arcontes que aterrorizan a moros y cristianos, parecen con todo estar perdiendo poder.

Existen entre las ovejas aquellas que hacen una diferencia. Las que pareciendo siempre haber sido muy pocas entre sus pares, de algún modo misterioso han venido dejando de ser la excepción para venirse tornando poco a poco, pero sostenidamente en la regla.

A la MetaÉlite no le importa si sus lobos son azules o rojos…, pero no le gustan para nada las ovejas negras, las que hacen la diferencia en el comportamiento de rebaño, las que se cuestionan, reflexionan y despiertan, las que indefectiblemente generarán el número crítico de ovejas para que la manada completa deje ya de creer en los lobos que suponían haber elegido o, aún peor, dejen de temer a los amos de los lobos.

El tiempo es crítico. Se respira en el aire. Aquellos en extremo poderosos sobre el planeta que, siendo muy pocos, han sabido transmitir de generación en generación sus estrategias y herramientas para mantener el poder que les delegaran sus milenarios ancestros, están muy apurados.

Por eso su arrancar para adelante. Por eso la aceleración en su propósito de instalar a cualquier precio el control y sometimiento absoluto sobre los seres humanos en los seis continentes, y hacerlo ya!

Por supuesto ignoro su motivación para el apuro y si alguien lo sabe me gustaría que lo dijese. Su Agenda 2030 es un plazo perentorio y demasiado cercano. Ya debieron rescindir sus propios plazos finales con anterioridad.

Extrañamente, parecieran estar asustados. Tal vez los arcontes -quienes quiera que sean- les han puesto un ultimatum. Y entretanto, las ovejas pueden despertar en número incontenible, ya no más como burdas seguidoras de la propaganda de los lobos u obedeciendo consignas vacías de los rojos o de los azules que es lo propio de mientras dormían, sino algo terrible para el 0,1%, pueden despertar de verdad, es decir, comenzar a sentir, pensar y hablar por sí mismas, pueden empezar a actuar para sí mismas.

Junio 2020.

De creer en Dios a creerse dios.

No es una oración mía, pero comparto su precisión para describir el cuadro enfermizo que puede afectar a tantos y que se hace en extremo amenazante cuando se trata de personas que detentan mucho poder o, lo que es lo mismo, a quienes les hemos permitido tenerlo.

En estos días de “pandemia”, asisto con asombro e incredulidad a dos espectáculos planetarios, cada uno en función del otro.

El primero es la arrogancia sin límite de la MetaÉlite mundial, aquél Poder en la sombra con muchos siglos de historia, y de la que también hacen gala sus mensajeros, por sentirse respaldados mientras se mantienen dentro de “la gracia” de sus amos, éstos de quienes nosotros, la gente común, nada sabemos.

Mensajeros que en su arrogancia son capaces de presentarse públicamente como benefactores, líderes religiosos, filántropos y hasta salvadores de la humanidad, bien representados hoy por el mediático William Henry M. Gates III, muy conocido como co-fundador de Microsoft y por la Fundación que creara junto a su esposa Melinda Ann French, por su nombre de soltera.

El récord de la Fundación Bill & Melinda Gates en su intento por convertirse en un líder mundial de la gestión sanitaria -una arista del propósito mayor que es controlar a la entera humanidad- es tristemente célebre, como cualquiera que quiera investigar un poco puede comprobar en la red.

Este hombre en estado de extremo narcisismo y con una ventana de poder muy amplia, como muchos en su burbuja del 0,1% se presenta como creyente en Dios,  pero al mismo tiempo sus actos lo muestran más bien jugando a ser dios, llegando a decir sin asco que es necesario “reducir el crecimiento de la población” entre un 10% y un 15%, sin duda sabiendo como saben los de su cofradía, que en realidad desean hacer desaparecer a un número muy superior de personas sobre la faz de la Tierra, puesto que desde Thomas Malthus y otros contemporáneos suyos del siglo XVIII y principios del XIX, tales como Pierre du Pont de Nemours, William Godwin y otros, buscan una justificación para el genocidio, acendrada poco después por el hijo favorito de la Royal Society of London, Charles Darwin, quien extrapola al género humano sus observaciones del mundo animal acerca de la adaptación y la prevalencia del más fuerte, dando con ello categoría académica y científica a la eugenesia, esto es, la selección de seres humanos considerados “mejores” y la eliminación de los demás, por todas las vías posibles.

Baste visitar las Piedras Guía de Georgia en Estados Unidos, para conocer la declaración que la súper Élite muestra abiertamente, en varios idiomas, de que el número ideal de habitantes en el planeta para ellos es de sólo 500 millones de personas.

El segundo espectáculo planetario es la incomprensible actitud y comportamiento de la población mundial, diré el 99.99%, que acepta la prepotencia sin límite de aquellos muy pocos que se arrogan una superioridad que no tienen y un control sobre nosotros, la gente común, que sólo es posible porque se lo permitimos. Porque se lo hemos permitido siempre.

Hemos ido como carne de cañón a sus guerras. 

Hemos comprado alegremente sus venenos. 

Hemos creído en sus mentiras sin fin. 

Hemos entregado nuestra capacidad de pensar, a sus instituciones religiosas. 

Hemos resignado nuestra libertad a la farsa de su clase política y su entelequia del Estado.

Hemos ido y luego enviado a nuestros hijos a su sistema de alienación en escuelas, liceos, institutos y universidades.

Hemos rescindido nuestra autoridad personal, aceptando la usurpación de la misma por quienes debiesen ser meros mandatarios nuestros.

Hemos, en suma, cometido como especie un grave pecado de omisión al dejar hacer a aquellos muy pocos, su voluntad de someternos a su agenda y ponernos de rodillas, generación tras generación.

Sin embargo, no son solo las pocas familias Patricias, con linajes de siglos de antigüedad las responsables de la tragedia humana, puesto que el poder que han detentado es directamente proporcional a la obsecuencia de los Pueblos en toda época y lugar.

Denle un espacio de poder a cualquier persona y podrán ver con alta probabilidad, no sólo el uso del mismo, sino también el abuso. La tentación de olvidar a la Divinidad y pasar a creerse dios, aunque sea por un breve momento, aunque sea en un espacio muy reducido, es una gran prueba para todos. Dependiendo del tamaño del espacio de poder que alguien de cualquier modo consiga, será también el alcance del muy probable abuso del mismo.

No es una nueva guerra lo que necesitamos. No es una nueva revolución, un giro en 360 grados que siempre nos deja donde mismo. Éstas sólo son respuestas acicateadas por el miedo, que nos inmoviliza o nos lleva a movimientos compulsivos y desesperados. Inútiles.

El modo de conseguir una vida mayormente armónica entre nosotros es una en cuya construcción y en cuya administración nos involucramos todos, esto es, movidos por el amor en su acepción más amplia. Ello implica abandonar la comodidad de esperar que “otros” hagan por nosotros lo que sólo nosotros debemos hacer. O aprendemos a remar juntos en una dirección elegida por nosotros mismos -sin intermediarios- o desaparece nuestra dignidad, sueños, voluntad, libertad y todo aquello que nos hace humanos.

Mayo 2020.

¿SARS-CoV-2 funcional a ID2020?

En mi opinión, es muy válido pensar que la enfermedad COVID-19 está directamente relacionada con el propósito de la MetaÉlite, de marcar por medios bioelectrónicos a la población mundial, dada la aceleración evidente en la implementación de su agenda de dominio absoluto, el sueño más caro del totalitarismo.

La inmensa mayoría de los medios masivos en el mundo se está encargando de mantener asustada a la gente, remitiéndose a hablar de “coronavirus” y contando obsesivamente los detectados, los hospitalizados y los muertos, entorpeciendo el acceso masivo a la comprensión del cuadro grande que puede mostrar lo que muy probablemente está ocurriendo. Ver sólo un árbol no es incompatible con observar alternativamente, el bosque.

Del mismo modo que el 9/11 no fue un “atentado de los terroristas musulmanes”, tampoco el SARS-CoV-2 es un “nuevo virus que apareció accidentalmente en Wuhan”. La información seria existente en la red permite a quien quiera investigar, darse cuenta de que la responsabilidad en el atentado de 2001 le cabe al Poder de Facto planetario, oculto, que con enormes recursos mostró una vez más -esta vez en suelo estadounidense- su absoluto desprecio por el género humano. Cualquiera puede saber al día de hoy que un Boeing 757 (si es que fue eso lo que golpeó cada torre) no hace caer un edificio como esos, pero sí lo consigue el explosivo de alto poder que previamente se habría instalado en sus bases, así como el uso de “termita” como elemento incendiario para cortar y aún derretir el metal de la estructura.

De modo creciente con cada día que pasa, podemos encontrar también suficiente información que nos permite saber que hace años diversos equipos científicos, como el que dirige el Dr. Ralph S. Baric de la Universidad de North Carolina y que publica desde el año 2003 acerca de esto, vienen manipulando coronavirus similares de origen animal, buscando obtener virus recombinantes quiméricos, es decir, combinación artificial de partes de genomas de dos o más virus similares para obtener las denominadas Gain-of-function, o un nuevo virus con capacidades superiores a sus predecesores en transmisibilidad y virulencia. Ciertamente, quienes llevan a cabo esta clase de investigación y desarrollo en ingeniería genética, siempre dirán que su propósito es prever la aparición de patógenos peligrosos, creando los suyos en laboratorios -debidamente controlados, señalan- para así poder crear también la cura ante alguna eventual pandemia que en el futuro “pudiese ocurrir”.

No resulta viable simplemente obviar la relación entre la “pandemia” de la que hoy todos los medios hablan, y el ejercicio en mesa denominado Event 201, de Octubre 18 de 2019 (?) http://www.centerforhealthsecurity.org/event201/ o el retiro de la financiación pública en EE. UU. el año 2014 a las investigaciones sobre coronavirus recombinantes, por su evidente riesgo de generar una pandemia, o la nítida declaración de Bill Gates en Marzo de 2015 https://www.youtube.com/watch?time_continue=1&v=6Af6b_wyiwI&feature=emb_logo advirtiendo de la “aparición próxima” de una epidemia provocada por coronavirus, que “podría venir de bioterrorismo”…, ¿como los terroristas del 9/11, que resultaron ser meros tontos útiles para cubrir a la mafia del Poder Real en la superficie del planeta?

El llamado de Bill Gates es que si, a diferencia de principios del siglo XX cuando tuvimos la llamada gripe española, “disponemos de muchos medios científicos y tecnológicos, mapas satelitales, avances en biología que permiten fabricar drogas y vacunas, debemos ponerlos al servicio de un sistema mundial general de salud“.

Por cierto, la Fundación Bill & Melinda Gates coorganizó el Event 201 y Microsoft es socio fundador de ID2020, la poderosa iniciativa que se propone crear un sistema de identificación digital que almacene una gran cantidad de información personal “y que vaya más allá de los límites de los gobiernos nacionales“.

En efecto, id2020.org declara un propósito aparentemente encomiable, al resaltar el hecho de que millones de habitantes en los países pobres carecen de un sistema confiable de identificación personal incluyendo la inexistencia del mismo, lo que tiene severas consecuencias de acceso de esas personas a todo lo que es común para un ciudadano de los países con mayor desarrollo, basando en este argumento su propuesta de generar “un sistema de identificación digital global, para hacer un seguimiento de los refugiados y las personas sin identificación en los países en desarrollo”.

Por supuesto, su idea es instalar una identidad digital en toda la población mundial y, en un artículo publicado por ID2020 en 2018 se refieren a que “la vacunación masiva es la manera perfecta de introducir la identidad digital en el mundo, de sobremanera en los bebés puesto que”, señalan, “proporcionarles a los niños una tarjeta de salud infantil digital les daría una identidad digital única y portátil desde la infancia. Y a medida que los niños crecen, su tarjeta de salud infantil digital se puede utilizar para acceder a servicios secundarios, como la escuela primaria, o facilitar el proceso de obtención de credenciales alternativas. Es decir, de ocultamiento de sus intenciones no se les puede acusar.

Las formas concretas de introducción de estos marcadores bioelectrónicos en el cuerpo de cada persona pueden variar, pero una de ellas es, por ejemplo, la llamada “tatuajes de puntos cuánticos” que ha desarrollado el equipo del Profesor del MIT Robert Langer y cuyo estudio publicó, en un artículo de Diciembre de 2019, sobre el uso de esta tecnología para identificar a las personas que recibieron una vacuna a través de una tinta que han creado y que se puede incrustar de forma segura en la piel junto con la vacuna en sí, y que sólo es visible usando una aplicación y filtro especial para la cámara del teléfono inteligente. Agrega en ese comunicado que “es posible que algún día este enfoque ‘invisible’ pueda crear nuevas posibilidades para el almacenamiento de datos, la biodetección y las aplicaciones de vacunas que podrían mejorar la forma en que se brinda atención médica, particularmente en el mundo en desarrollo”. Lo de “algún día” y de que sólo sea para mejorar la atención médica, para mí es como creer la versión oficial del 9/11 y de la aparición natural del SARS-CoV-2 en China.

En estos días de reclusión en casa para media humanidad, empatizo con quienes puedan sentirse comprensiblemente asustados y sobrepasados por esta inédita circunstancia, porque está fuera de duda la existencia y circulación del patógeno o cluster de patógenos que en su desesperación esa gente subhumana de la MetaÉlite ha soltado en China o que tal vez ha activado en diversos puntos del planeta.

Sin embargo, el enorme tamaño de esta crisis me hace pensar que la oportunidad implícita es también muy grande. Muchas veces en la historia conocida nos ha ocurrido aquello de dejar a un lado nuestras endémicas diferencias, desconfianzas, descalificaciones y rivalidades, para unirnos ante una adversidad que sentimos mayor que todo lo antedicho.

Esa actitud nuestra de hacerle el juego todo el tiempo a aquel enorme Poder Real sobre el planeta, esa insoportable conducta de “agachar el moño” y acceder a la voluntad de aquella Súper Élite, que se solaza viendo cómo nos indisponemos y nos enfrentamos los unos a los otros, las Naciones de la Tierra, en vez de hacer lo único esperable en una persona adulta, como es el que aprenda a hacerse cargo de sí misma, tal vez se vea finalmente remecida por los acontecimientos que están afectándonos a todos y que ya deja muy poco espacio para el egoísmo clásico que nos hace desear que cualquier “cosa mala” sólo les ocurra a “los otros”…, a “cualquier otro”.

Esta es sin duda una gran oportunidad para aprender la lección de que juntos podemos conseguir lo que jamás conseguiremos separados. Es tiempo de probar nuestro valor, que nunca desapareció sino que estaba desarticulado, al igual que nuestra condición gregaria, nuestro sentido de pertenencia a una sola y misma especie, la especie humana.

Aquél Súper Poder oscuro que sojuzga desde siempre a la humanidad, sólo ha podido hacerlo porque nos hemos dedicado a pelear entre nosotros. Aquél Super Poder oscuro no tiene una sola posibilidad de salirse con la suya si tan solo decidimos no permitirlo.

Abril 2020.-

Lo que se juega la Humanidad.

El Estado Profundo o Poder Real en la Tierra -es mi opinión- ha hecho un enorme y eficiente trabajo en su propósito de controlar y someter a la población del planeta. Planificado con gran profesionalismo, ejecutado fríamente por siglos y acelerado fuertemente en nuestros días, dando señales de que existe un “algo” inmanente que les exige alcanzar su objetivo ahora, como si a su vez temiesen…, probando así un poco del terror endémico que han infligido en las Naciones durante milenios.

Ortes y Malthus en el siglo XVIII parecen haber recibido el encargo de formalizar en nuestra era moderna la idea de limitar la cantidad de habitantes sobre el planeta, con su planteamiento de que el crecimiento natural de la población iba en rumbo de colisión con la disponibilidad de alimentos y recursos necesarios para todos, generando así una fundamentación “científica” para justificar la eugenesia y el genocidio, la que sería enormemente enriquecida en los siguientes dos siglos, eclosionando, como estamos viendo, en el siglo XXI.

Mucho más conocido es el trabajo de Darwin y Wallace en el siglo XIX, que sobre los hombros de otros grandes pensadores han pasado a la historia con el favor de la academia y del mismo Poder Real, al ser sus conclusiones funcionales al concepto falaz de que existen personas mejores que otras; seres humanos rescatables y seres humanos descartables.

No se trata esto de una teoría de conspiración. Esto ES una conspiración.

Es la conspiración más grande y permanente en la historia de la humanidad conocida, que jamás ha abandonado su objetivo de sometimiento absoluto de quienes habitamos la superficie terráquea.

Conspirar es, al decir de Marilyn Ferguson, respirar juntos; es decir que puede referirse a cualquier propósito compartido de un grupo de personas y, en este caso, adquiere plenitud de sentido a pesar de la enorme y constante campaña de los medios masivos de desinformación -de propiedad del mismo Poder- por distorsionar el concepto para acotarlo sólo a aquella práctica de imaginar o suponer la existencia de algún oscuro plan, y atribuírselo a algún grupo de personas muy poderosas, como si ello fuese algo absurdo o ridículo.

Adquiere plenitud de sentido porque es una conspiración de personas extremadamente poderosas en el mundo, con un mismo propósito que al día de hoy ni siquiera se molestan en disimular, tal como recuerdo en esta pequeña muestra de la imagen, con las aseveraciones documentadas de aquellos precursores ya señalados, y algunos personajes contemporáneos probadamente eugenésicos, que han expresado abiertamente lo que sin duda también aprueban muchos de sus pares, integrantes de la MetaÉlite mundial.

No reviste novedad señalar que las personas comunes, nosotros, la gente que constituimos las diversas Naciones de la Tierra, somos vistos desde la cima de la pirámide como meros recursos, unidades económicas o “comilones inútiles” como Henry Kissinger solía llamarnos.

En este contexto es legítimo pensar que el covid-19 es la más reciente campaña de terror, una más, desplegada por el Estado Profundo con aquel mismo propósito ya citado. No se trata de que la cepa no sea real, sino del hecho de que la han creado y soltado, con total impunidad, y a esta hora mantienen a media humanidad sometida a la incertidumbre, obligándonos a situarnos en algún punto del espacio que va desde hacer caso omiso hasta tener que confiar en los medios oficiales.

Como sabemos, un virus no es un organismo, sino una herramienta, un mecanismo inerte diseñado para acoplarse en algún tramo de nuestro ADN, para entonces comenzar a operar de acuerdo a su diseño, haciendo más o menos daño en el cuerpo humano de acuerdo a una serie de variables en general relacionadas a la condición de nuestro sistema inmune y al ambiente que nos rodea.

No me resulta posible atribuir esta nueva pandemia a “un error” o “al azar”, sino a un intento intencionado más para acelerar la despoblación de la corteza terrestre, así como el mismo Poder Real viene haciendo por múltiples vías que en este artículo prefiero no comentar.

Y nosotros, la gente común, siempre estamos jugándonos la vida, sujetos a la voluntad de los muy pocos en la Tierra y en cada país, sin que hayamos hasta ahora conseguido hacer lo único que verdaderamente puede sacarnos de las garras de ese enorme Poder de Facto, de ese Verdadero Poder que juega con nuestra existencia sin contrapeso.

Lo único que podemos hacer para zafar de ese asfixiante control obligado, es asumir que ello está ocurriendo y que nosotros somos los principales responsables por permitirlo. Para ello debemos dejar de pelear entre nosotros, debemos dejar de ir a los frentes de combate a morir o matar sólo para beneficio de quienes generan sus guerras estúpidas movidos por intereses claramente egoístas de la MetaÉlite.

Debemos ser capaces de organizarnos en cada asentamiento humano, para tomar el control de nuestras propias vidas y nuestras comunidades. Debemos dejar de esperar que sean “otros” quienes se hagan cargo de nuestros asuntos, pues esos “otros”, está comprobado, sólo se mueven por intereses propios, con toda la estructura de administración que han construido con nuestra anuencia, hasta que dejemos el infantilismo que nos define y decidamos actuar como adultos, esto es, por nosotros mismos.

El desafío de entendernos entre nosotros.

Me impresiona ver cómo mis amistades que se inclinan por el “Apruebo” en el plebiscito de Abril en Chile, junto con fundamentar su opción en razones genuinas y éticamente intachables, omiten de un modo incomprensible el evidente engaño que en mi opinión la clase política, a todo su ancho, ha desplegado precisamente con ese propósito.

Doy por descontado el enorme consenso que existe en la Nación chilena, respecto de la legitimidad de las demandas sociales, profusamente identificadas.

Asumo también como un hecho cierto que un número significativo de los chilenos ha venido mostrando una actitud más comprometida respecto de los asuntos de la vida pública, acercándose saludablemente al deber ser ciudadano.

Y concuerdo con la percepción general de que ver a muchas personas manifestando su reclamo social de modo civilizado, a rostro descubierto y en una actitud positiva, es muy esperanzador.

No obstante, como un habitante más creo que no basta con eso. Es necesario el ejercicio para nada fácil, de analizar la compleja circunstancia que los chilenos estamos construyendo, donde es preciso tratar de separar lo esencial de lo accesorio, lo genuino de lo artificial, para no caer en la trampa tendida desde los oscuros entresijos del Poder de Facto, por medio de su instrumento ejecutor que es el sistema de pseudo representación a través de partidos políticos.

El Poder de Facto, también denominado Estado Profundo, quiero reiterar, puede no estar formado por todas las personas multimillonarias de Chile y del mundo, pero es claro que todas las personas que dirigen ese Estado Profundo supranacional son multimillonarias y extremadamente poderosas.

Por su parte y desde mi perspectiva, la clase política sí involucra a la totalidad del sistema de partidos políticos e instituciones públicas permeadas por ellos, puesto que en su conjunto cumplen con el trabajo sucio de pretender representarnos, al tiempo de mantenernos permanentemente divididos y, por ello, alejados de nuestra posibilidad de asumir el desafío de la Autodeterminación, nuestro derecho natural y nuestro derecho positivo sancionado a través del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, así como del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, vigentes desde el año 1976, ambos en su artículo 1º.

Así, la siempre astuta maquinaria del sistema de partidos políticos, cumpliendo con la agenda que le es encomendada por sus poderosos mandantes del Estado Profundo, consigue en buena medida confundir a la población, atribuyéndose su representación dentro del diseño de falsa democracia, que es todo lo que hemos conocido en nuestros 200 años de historia republicana, atendido el hecho de que para ser verdadera, una democracia debe implicar la participación directa de los ciudadanos en todos los asuntos importantes que les incumben. A cambio de ello, tenemos lo que ya sabemos: la supuesta elección cada ciertos años, de pseudo representantes en los diversos cargos de la administración del Estado, todos ellos de entre las filas de los integrantes de la clase política.

El desastre que para nosotros, los habitantes legales de Chile, han producido nuestros connacionales que constituyen la clase política desde todos sus partidos, es evidente, contundente e innegable.

Sin perjuicio de la estrategia de la oligarquía nacional, desde la primera mitad del siglo XIX hasta hoy, de permitir que la población participe de los beneficios del desarrollo del país, aumentando o disminuyendo por períodos el trozo de la torta a la que podemos acceder, en términos estructurales ello ha ocurrido dentro del diseño de una macroeconomía productora de artículos primarios o con escaso valor agregado, instalado de adrede desde el inicio de la República y que obtiene como resultado una distribución en extremo desigual de la riqueza así producida.

En las últimas cuatro décadas hemos asistido a un importante incremento en el proceso de desarrollo general del país, empujado por el modelo económico que privilegia el libre mercado, cuyos principales beneficios para los habitantes han sido una profusión de puestos de trabajo y el acceso extraordinario a diversos bienes de consumo, reflejando a nivel macro una disminución dramática de la pobreza y un mejoramiento incontestable en los indicadores de desarrollo estandarizados internacionalmente.

Sin embargo, todo ello sigue estando igualmente contenido en aquel diseño que el Poder Real determinó para Chile -así como para la mayoría de los países del hemisferio sur- de modo que  esos trabajos están masivamente mal remunerados y no se ha previsto integrar a grandes cohortes de ciudadanos a la propiedad de los medios de producción, como correspondería en un sistema capitalista sano.

La jerarquía del Poder nacional, como lo evidencian los hechos, privilegió su vinculación comercial con los grandes poderes compradores mundiales, antes que generar el desarrollo sostenido y armónico para la Nación, a pesar de ser la nuestra una población relativamente pequeña.

Y si bien los arquitectos de este diseño de desarrollo a media máquina han sido quienes controlan el sistema financiero internacional -con su respectiva delegación local- es la clase política la encargada de perpetuarlo, a través del ardid de presentarse unos como contendores y hasta como enemigos de otros, de cara a la población, apelando los unos a la igualdad y los otros a la libertad; unos al control centralizado y otros al libre mercado; unos al Estado y otros al individuo.

Todo ello sobre una enorme constante: el poder no lo detentamos los habitantes. El poder que naturalmente pertenece al conjunto de la Nación, ha sido escamoteado por un pequeño grupo de entre nosotros los chilenos, por esa clase política desde el rojo hasta el azul,  permaneciendo secuestrado por ellos generación tras generación…, con la anuencia de los habitantes…, que nos hemos dejado encandilar con las luces artificiales de la propaganda, los discursos, las promesas, la prensa masiva y, por cierto, los espejos de colores y las cuentas de vidrio que abarrotan las tiendas y supermercados. 

Hoy esa misma clase política -cuyos diversos integrantes siempre hacen como si buscasen propósitos diferentes e irreconciliables- continúa ganando dividendos a costa de la población que dice representar, con la puesta en escena de una eventual nueva constitución para Chile, una construcción completamente suya y que, tal como han planeado el mecanismo para obtenerla, sólo beneficia a su propia especie.

Desde la llamada “izquierda”, donde se cuentan todos los que juegan a “oposición de turno” y muchos de los que juegan a “gobierno de turno”,  vociferan que ello traerá la solución a todas esas legítimas demandas sociales y -en el paroxismo de su afiebrado discurso- que seremos los propios habitantes quienes redactaremos la carta fundamental. 

Desde la llamada “derecha”, donde está la mayoría de los que juegan a “gobierno de turno” y aquellos que juegan a ser “la verdadera derecha”, agitan a la Nación esperando llevar mucha agua para su molino y así llegar a ser un sector relevante dentro del mismo corral que los reúne a todos.

Estoy convencido y es mi opinión, que El Poder de Facto o Estado Profundo está pateando el tablero porque sabe que muchísimas personas en el planeta estamos despiertas o en proceso de hacerlo. Su Agenda 2030 tiene plazo perentorio, y no quieren incumplirlo como debieron hacer con su antecesora la Agenda 21, ambas a través de su agencia internacional, la ONU.

La clase política en Chile busca atemorizarnos, tanto desde “la izquierda” como desde “la derecha”, como es evidente para todo observador.

En absoluto serán personas independientes quienes llegarán a una eventual convención constituyente. Está muy claro que ese espacio deliberativo, de llegar a concretarse, estará ocupado una vez más por integrantes de la misma clase política y no por representantes genuinos de los habitantes legales del territorio que necesitamos profundos cambios sociales. 

Cualquiera que sea el resultado del plebiscito de Abril, en mi opinión los habitantes debemos continuar levantando la mano para manifestar que ya no queremos un sistema de gobierno que nos miente con su supuesta representación; no queremos que el resultado de “Apruebo” o de “Rechazo” sea utilizado por los mismos muy pocos para perpetuarse en el poder que desde siempre nos han escamoteado.  

Todas esas legítimas necesidades sentidas por los habitantes, somos nosotros mismos quienes debemos abordarlas, no basta con demandar que “alguien”, “algún otro” nos las resuelva. Ya saben, no se le pide al gato que cuide la pescadería.

Somos nosotros quienes debemos y podemos generar el espacio organizacional necesario desde abajo hacia arriba, desde cada barrio y cada comuna de Chile. Este es a mi juicio, el gran desafío de la Nación. No seguir esperando lo que resuelva un grupo de supuestos iluminados, sino llegar a entendernos entre nosotros, los habitantes, para luego de ello comenzar a construir una verdadera democracia.  

Constitución: Quiénes, Cuándo y Cómo.

A la mayoría de los chilenos debiera interesarle participar en la construcción de la Constitución que debe regir la convivencia y la actividad nacional. Yo soy uno más.

Sin embargo, nunca en la corta historia de Chile los habitantes como generalidad hemos participado en la construcción de nuestra Constitución, entendida como el consenso mínimo de la Nación acerca de la naturaleza de la sociedad que queremos.

Entonces, ¿Quiénes lo han hecho? Pues quienes han construido las 10 Constituciones que hasta ahora Chile ha tenido, siempre han sido sólo unos pocos, muy pocos habitantes, que nos han impuesto a todos los demás unos parámetros de convivencia que -aún cuando muchos de los mismos pudiesen ser compartidos por la mayoría- no tienen la legitimidad que sólo se obtendría como resultado del compromiso de la Nación entera.

El proceso vigente en procura de modificar la Constitución, o crear la número 11, ha sido instalado -como siempre- en un sentido vertical, desde arriba hacia abajo. Desde los pocos que detentan el poder -incluyendo a los partidos políticos que en su totalidad dependen de ellos- hacia los muchos que hemos nacido en el territorio nacional o les ha sido concedida la nacionalidad chilena.

No.

Como chileno, aspiro a ser un protagonista en la definición del modo en que quiero que vivamos como sociedad nacional. Y quiero, por supuesto, respetar las decisiones que al respecto tomemos todos quienes formamos parte de esta Nación.

¿Cuándo hacerlo? Ciertamente no es ahora, porque no quiero que me sea impuesta nuevamente una Constitución. 

No me interesa el presente proceso de cambio de la Constitución que ha nacido desde la más evidente violencia; no me interesa este proceso que ha nacido -una vez más- de la misma clase política que sólo se representa a sí misma, esto es un miserable porcentaje de la Nación, que debe rondar el 2%, si al escaso número de habitantes inscritos en cualquier partido político, le resto a aquellos acólitos que raramente participan al interior de los mismos, ni siquiera en las elecciones de sus propias directivas partidarias.  

No es ahora que debemos crear una Constitución de todos los chilenos, porque antes de eso tenemos un desafío enorme que afrontar.

¿Cómo hacerlo, entonces? Pues, en mi opinión como un habitante más, antes debemos revisar por completo el sistema de administración que queremos y que, ulteriormente, debiera quedar reflejado en una Constitución hecha por todos nosotros.

Y tal vez la viga maestra de esta revisión sea el proceso de asumir que la población nacional adulta, no debe seguir autoengañándose, no debe continuar dando la espalda al sagrado e ineludible deber de la  Autodeterminación.

El Cómo avanzar en esa dirección pasa entre otras cosas, por la redistribución territorial de Chile, que para propiciar la participación efectiva y eficiente de los habitantes, debe organizarse en municipios, comunidades o cantones pequeños, de modo de que los vecinos puedan compartir un sentido de pertenencia a su territorio, conocerse entre ellos y deliberar informadamente acerca de sus principales necesidades, así como de la jerarquización de las mismas, el consecuente plan de trabajo y las personas de entre ellos a quienes encomendarán para llevarlo a cabo.

Una democracia verdadera es una democracia directa, con participación activa de los incumbentes, es decir todos nosotros, pues en la medida que individualmente nos hacemos adultos, también socialmente debemos comportarnos como tales, resolviendo de modo directo, informado, responsable y en libre deliberación, todos los asuntos del interés general de la Nación.  

Febrero 2 de 2020.-

La Colusión de la Clase Política

Que a los habitantes identificados como “los políticos” no debemos creer lo que dicen sino juzgarlos por lo que hacen, además de ser una opinión que comparto, es una aseveración tan verificable que no vale un céntimo tratar de argumentarla.

La llamada clase política en todos los países arrastra similar triste récord. El “arte” de hablar mucho y decir nada; la mentira  institucionalizada; los privilegios; la defensa corporativa; la rivalidad teatralizada y,  por supuesto,  la corrupción más abyecta. 

Los hechos constituyen evidencia en cualquier campo y pueden sostener legítimamente los razonamientos que a partir de ellos, cualquier persona puede desarrollar para formarse una opinión que, por cierto, nuevos hechos podrán modificar o confirmar a través del curso de su vida.

Todo aquello que ocurre en geopolítica es porque se ha decidido que ocurra. Así es como comprendo -por ejemplo- la aparición y larga permanencia de Fidel Castro y comitiva en Cuba, en las barbas del que se presentó desde ambos lados como su peor enemigo, el gobierno de los Estados Unidos. 

Lo mismo puedo pensar respecto de las llamadas revolución bolchevique y revolución comunista china, así como todas las guerras criminales con sus explicaciones absurdas y sus operaciones de falsa bandera para justificarlas ante las Naciones, pretendiendo dotar de un fondo moral a la barbarie.  

Como he sostenido muchas veces, de la llamada “versión oficial” de cualquier tópico debemos desconfiar, toda vez que se trata de la vocería de quienes están ocupando posiciones de poder en una sociedad dada, aún en la era de las redes sociales, donde a diario se ejecutan ingentes esfuerzos para conseguir el control de lo que el mismo Poder quiere instalar en la mente de las personas.

¿Cómo creer, por ejemplo, que con toda la inteligencia y tecnología disponibles, el discurso oficial del gobierno de Estados Unidos acerca de que la búsqueda de Osama bin Laden haya sido por años infructuosa? Menos ahora que apenas tuvieron la información de una ubicación conveniente de Qassem Soleimani lo asesinaron en Irak como quien abre la puerta de su casa.

¿O la gigantesca farsa construida oficialmente acerca del derribamiento de las tres torres en Nueva York el fatídico 9/11, atribuyéndole su autoría al propio bin Laden? 

En lo que a mí respecta, todo eso no ha sido más que una puesta en escena con la que el Poder Real del planeta ha engañado a propios y extraños, generando un daño inconmensurable en vidas, en miseria humana, en bienes materiales y en oscurantismo.

Hasta donde puedo saber como un habitante más, la irrupción de la primera revolución industrial y del protosocialismo moderno en el siglo XVIII en Europa, que devino en la escisión social conocida como capitalismo versus socialismo fueron pensadas mucho antes de su manifestación pública y notoria. Como ocurre hoy, los movimientos sociales no fueron espontáneos sino que fueron generados desde una MetaÉlite extremamente  acaudalada y poderosa, que ha trasladado su diseño de dominio por sobre las Naciones de la Tierra desde hace muchos siglos. 

Sin perjuicio del rol de los utópicos franceses o de los revolucionarios alemanes del siglo XVIII, es en la capital inglesa donde podemos encontrar el núcleo organizacional de la dicotomía capitalismo-socialismo conque de manera magistral ese Poder Real nos ha venido engañando hasta hoy, manteniéndonos divididos y enfrentados entre nosotros, evitando así el natural movimiento de cada Pueblo hacia su autodeterminación.

El trabajo de Marx y Engels desde Londres en el siglo XIX, es decir, con todo el financiamiento del Poder de Facto a ambos lados del Atlántico, derivaría en la archiconocida y vergonzosa revolución pretendidamente comunista pero en los hechos claramente eugenésica, en un experimento a gran escala para diezmar a la población y someter absolutamente a los sobrevivientes a una sola y misma ideología, es decir, a un único Poder.

De un modo menos ostentoso pero mucho más eficiente para sus fines, el mismo Poder de Facto creó la Sociedad Fabiana en Londres a fines del siglo XIX, generando una simbiosis que denotaba la impudicia de la MetaÉlite, entre socialismo y capitalismo, movimiento que explica muy bien el escenario actual en el mundo y en Chile.

Así, no apareció de la nada el gobierno militar de Hugo Chávez y sus acólitos en 1999, y no es casual sino funcional que Nicolás Maduro pueda permanecer en el cargo de Presidente en Venezuela, pese a la circunstancia por todos conocida que experimentan los habitantes de ese país. 

Los hilos han sido siempre manejados por el oscuro Poder de Facto en la Tierra con una habilidad tal, que ha engañado aún a sus propios títeres, funcionarios, sicarios y cómplices, hasta muy arriba en su esquema de control piramidal. Cuánto más fácil le ha sido engañar a las grandes masas de personas que desde sus respectivas ocupaciones cotidianas observan muy de lejos “lo que sucede”, atribuyéndole a este devenir por toda causa la “suerte” mejor o peor, la bondad o la maldad de tales o cuales lacayos más visibles del Poder Real, como lo son Presidentes, Ministros, Congresistas, Obispos, Periodistas, Rostros de TV, Artistas,  Lobbistas, “influencers”, etc.

Tampoco en Chile accedió por acaso Salvador Allende ni, tres años después, Augusto Pinochet. Como no ha sido sólo un curioso capricho del destino la carrera de posta de 2 x 4, de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera, los últimos ¡14 años!.

Los hechos constituyen evidencia y el razonamiento que se funda en ellos, pudiendo incurrir en errores, es completamente genuino.

No fue casual el plan desarticulador de Bachelet en su segundo testimonio, como tampoco el ingreso masivo de migrantes ilegales a Chile que auspició su gobierno obedeciendo a su mandante, que no era la Nación chilena.

La colusión entre grandes empresarios, indistintamente del gobierno de turno,  por supuesto, para esquilmar los bolsillos de millones de habitantes inflando aún más el precio del papel higiénico, de los medicamentos, del pollo y de todo otro producto menos difundido, ha ocurrido porque han podido. Porque se les ha permitido.

El financiamiento ilegal de los partidos políticos de parte de innumerables poderes financieros en el país ha sido posible porque se lo ha permitido. La compra de un Servicio Público como el de Impuestos Internos, para detener la investigación de dicho mega fraude es un hecho; es evidencia.

Asimismo, la sola existencia de los partidos políticos hoy, se debe a que la propia clase que los cobija engañó ostensiblemente a la población en 2017 a través de una reinscripción fraudulenta de militantes, al permitir vía SERVEL que bastase con el envío de un email con la copia de un RUT, haciendo altamente inverificable la honestidad de dicho trámite. En rigor, hoy no deberíamos tener partidos políticos y, por tanto, un gobierno y un Congreso elegido por ellos.

En mi opinión, aquel enorme y oscuro Poder de Facto mundial está pateando el tablero; acelerando hasta la imprudencia y la impudicia su plan de control sobre todos los territorios y todas las Naciones.

Ello me explica lo que ocurre hoy en Chile, cuya Nación está siendo usada cual laboratorio acelerador de partículas humano, destruyendo (ellos dicen deconstruyendo) la forma de vida que nos ha sido familiar con todas sus luces y sus sombras, para instalar a la mayor brevedad -como lo han hecho en China- una vitrina del tipo de mundo y de humanidad que consideran óptimos para sus fines hegemónicos. 

Sólo por inercia continúan en uso los conceptos de “izquierda” y “derecha”, con los que han conseguido mantener dividida a la población durante más de 200 años, al menos bajo esa denominación, pero la tragedia de Chile en nuestros días está ayudando a millones de connacionales a darse cuenta de ello, puesto que la evidencia acusa a toda la clase política de estar coludida para generar el escenario de Estado fallido al que asistimos, tanto desde el gobierno de turno como desde la oposición de turno; toda ella al completo, obedeciendo a una agenda que no es la de nuestra Nación y que, por tanto, no me representa en absoluto.

Enero 2020.

culturabiocentrica.com

Chile no ha despertado.

Gran parte de la Nación se encuentra engañada y confundida. La mayoría de lo que vemos en los medios masivos así lo prueba. Las conversaciones que habitualmente escuchamos en los trabajos, en la calle y en grupos de pares lo confirman.

Como toda persona con suficiente criterio sabe, el llamado estallido social de Octubre fue provocado artificialmente, utilizando el genuino hartazgo de la mayoría de la población. Como quien incendia un montón de leña y hojas secas que estaban acumuladas por mucho tiempo.

Un poco menos difundida es la noción de que la clase política completa está involucrada, jugando unos y otros diversos roles en esta tragedia, ya sea desde el gobierno como desde la oposición, cada facción con sus respectivas distinciones internas.

Mucho menos conocido y aceptado es el plan mismo de sometimiento de la Nación que se encuentra en marcha y el alcance internacional de su organización y financiamiento que, no obstante, es posible vislumbrar detrás de los hechos en Chile y en el mundo.

La oración acuñada de “Chile despertó” es una consigna más producida por cualquiera de los operativos locales en algún nivel de aquella organización internacional.

Pero lo que alcanzo a ver y que me lleva hasta hoy a sostener esta opinión personal acerca de toda esta penosa contingencia, me dice que los chilenos -como generalidad- aún no hemos despertado.

Sin embargo, muchos connacionales creen que sí y han construido esta creencia sobre la base de diversas argumentaciones, cada una con su respectiva legitimidad.  Están los que creen que “Chile despertó” porque muchas personas han salido a marchar en las calles y expresar su genuino descontento en las diversas áreas de la actividad nacional por todos conocidas.

Están los que creen que “Chile despertó” porque se sienten representados por la fracción “de izquierda” de la clase política -protagonista evidente en todo esto-  participando en consecuencia de cierta sensación de triunfalismo por sobre el gobierno y esperando que el resultado de “su” revolución les traerá poder y bienestar.

Están los que creen que “Chile despertó” porque se sienten representados por la fracción “de derecha” -de sobremanera los que se encuentran de turno en el gobierno- y declaran cierta toma de conciencia de que efectivamente la clase política había generado por décadas un sistema de gobierno que permitió toda clase de abusos de la élite gobernante y empresarial sobre la población general, hasta que ésta dijo ¡basta!

Están también los que creen que “Chile despertó” porque se sintieron con permiso para saquear y cometer toda clase de crímenes, simplemente porque pudieron hacerlo.

En fin, puedo imaginar también la sorpresa del reducido grupo que habrá dirigido esta expresión dramática en Chile, afirmando que efectivamente “Chile despertó” tras su bien urdido plan de provocación del que, quizá, no esperaban semejante entusiasmo.

Ciertamente hay muchas circunstancias de las que se puede tomar consciencia, o a las que se puede despertar tanto individual como colectivamente, no obstante, la que a mí me interesa y en la que he insistido bastante en mis columnas, sin duda no muestra ese despertar que me gustaría.

La población chilena en su generalidad, no ha despertado a la realidad de que está siendo manipulada por la misma clase política de siempre -y quienes la dirigen, claro- desde el sector “de izquierda” que le dice que ahora será “el pueblo” el que decida con una nueva constitución un “cambio de modelo” y desde el sector “de derecha” que la llama a no aceptar “esa imposición” y que se arroga el papel de quien garantiza el orden y “el estado de derecho”.

Para mí es muy claro que tanto uno como otro sector de la misma clase política, bien aleccionada por aquel Poder Real discreto que se encuentra sobre ella, representan solamente sus propios intereses en este nuevo escenario, como lo han hecho siempre, porque han sido inventados para ello. 

La constitución nunca fue creada por la Nación. Ninguna de las 10 ya ejecutadas en el país y tampoco lo será una eventual constitución Nº 11, así como está planteado el proceso.

Los plebiscitos municipales no vinculantes, ni la “mesa de unidad social” tienen, en mi opinión, el propósito de que sea efectivamente la Nación la que se dé a sí misma -por primera vez- una constitución.

Tampoco lo tiene el “acuerdo político para una nueva constitución” firmado por el gobierno de turno y la mayor parte de la clase política, como se desprende fácilmente de su contenido burdo y abiertamente engañoso.

La autodeterminación de cualquier persona adulta y, por tanto, de la Nación, no es sólo un derecho. Ya conocemos la enorme deformación que de esta palabra se ha hecho desde que la instalaron en nuestra mente a mediados del siglo pasado y la comenzaron a reiterar febrilmente en las últimas décadas.

La autodeterminación implica emancipación y soberanía. Son anteriores al derecho positivo pues emanan de nuestra propia naturaleza humana.

Emancipación y soberanía en nuestra dimensión individual es aprender a hacernos cargo de nosotros mismos, dejando de depender de nuestros progenitores para comenzar una larga etapa de sana autonomía, desde la cual construir relaciones y sólidos vínculos en procura de la realización personal.

Lo mismo respecto del Estado. En nuestra dimensión social ejercemos soberanía al participar activamente en la organización de la sociedad y de los mecanismos que nos parezcan necesarios y suficientes, para asegurar un funcionamiento eficiente del mismo, sin necesidad de depender de él.

Para mí, al menos, la Nación chilena verdaderamente despertará cuando decidamos ser soberanos, individual y socialmente. No necesitamos intermediarios que se arrogan una representación nuestra que no tienen.

Necesitamos ser nosotros mismos, los chilenos y las chilenas, quienes decidamos cómo queremos vivir, sin que nos pauteen ni limiten en modo alguno el ejercicio de nuestra libre expresión.

Diciembre 15 de 2019.

¿Sería NUESTRA una nueva constitución?

Fue un Presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, quien en su famoso discurso de Gettysburg, definió lo que podemos entender como democracia. Hace justo 156 años acertó a decir que democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

No era una idea nueva, por cierto, sino más bien una vehemente reafirmación del sentido verdadero y profundo de democracia, tal como la concibieron los antiguos atenienses, aunque ahora la intención era incluir a todos los habitantes del territorio.

En Chile presidía el liberal José Joaquín Pérez, tras la guerra civil de 1858 contra los conservadores de Manuel Montt y Antonio Varas, en la que “los constituyentes” de Atacama con Pedro León Gallo a la cabeza, buscaban derrocar a Montt y cambiar la constitución de 1833.

Hasta donde puedo ver, la definición que Abraham Lincoln hizo de democracia, corresponde a la de uno de los muy escasos presidentes de país alguno, que acceden a semejante responsabilidad haciéndose cargo de que -efectivamente- se deben a la Nación, es decir, a la totalidad de los habitantes legales del territorio, y no a la clase política a la que pertenecen ni, por tanto, al Poder Real ejercido sobre el mundo por la súper élite financiera-religiosa-militar-industrial, formada por muy pocas personas en la Tierra.

Es claro que su asesinato tuvo como principal motivo el querer gobernar a su Nación hacia la independencia política y económica respecto de aquel Poder Real, reconociendo la condición de ciudadanos a todos sus habitantes y creando una economía basada en el valor del trabajo y el emprendimiento de los mismos, con una moneda nacional libre de la usura legal impuesta por el sistema financiero internacional hasta el día de hoy.

Deberse a su propia comunidad es un noble propósito para cualquier persona que llegue a cumplir una función pública. Pero honrarlo, requiere de una independencia de sentimiento y de pensamiento que no resulta compatible con pertenecer a la clase política y su engañosa estrategia de presentarse dividida en “izquierda” y “derecha”, que sólo busca perpetuar la división y el sometimiento de las gentes.

Hoy ha sido instalado en Chile el objetivo de cambiar la constitución de 1980, de un modo brusco y perentorio, tras haber sido un tema siempre presente desde aquel mismo año, lo que se tradujo de hecho en muchas modificaciones, de sobremanera en el año 2005.

Entre las razones aducidas para ello destaca la ilegitimidad que se le atribuye por haber sido confeccionada durante la dictadura cívico-militar, amén de todas las instituciones que incluye -y que aún no hayan sido cambiadas- visualizadas como no democráticas o no representativas del Chile de hoy.

Y yo me pregunto, ¿sería nuestra una eventual nueva constitución?

Lo primero que quiero decir es que a mi parecer, la de 1980 carece de legitimidad, no porque haya sido confeccionada por la dictadura cívico-militar, sino porque fue escrita e instalada por la élite que detentaba el poder en el país, y no por la Nación.

Exactamente igual que todos los demás textos constitucionales de Chile, a saber: 1811, 1812, 1814, 1818, 1822, 1823, 1828, 1833 y 1925.

Sin duda todos esos ordenamientos institucionales, cual más cual menos, han prestado utilidad en el país, pero carecieron de toda participación ciudadana en su origen. 

En efecto, la consideración a la población nacional se limitó -y en sólo cuatro de ellas- a que se pronunciase sobre el hecho consumado, con la apertura de libros de firmas en algunas ciudades en 1812 y 1818 y con sendos plebiscitos en 1925 y 1980, procedimientos controlados por el mismo poder en ejercicio en cada una de las oportunidades.

El origen de un nuevo proceso constituyente me parece desde ya cuestionable al haber sido instalado de manera forzada, desde la propia clase política y con una utilización burda, vergonzosa y criminal de las legítimas demandas y aspiraciones de la mayoría de los habitantes legales de Chile. 

El famélico acuerdo de la mayoría de los partidos que integran la clase política, el día 15 de Noviembre, ciertamente no garantiza que en caso de votarse por una nueva constitución, ésta llegue a ser un acuerdo generado por los habitantes legales de Chile.

Vamos, que esa camarilla de conciudadanos no querrá renunciar al trozo que pueda optar en la repartición del Poder Formal en nuestro país -bajo el auspicio del Poder Real- en el ejercicio común de este sucedáneo de democracia, período tras período.

Si democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, ciertamente el sistema que nos rige no es una democracia y nunca lo ha sido.

Sólo tendremos una democracia cuando nosotros, los habitantes legales del territorio nacional, seamos capaces de organizarnos en cada asentamiento humano, sin la influencia de partidos políticos, de religiones ni de sistema de pensamiento externo alguno, sino motivados por la expresión adulta de nuestras necesidades comunes sentidas y visualizadas, desde la vecindad y reconocimiento de nuestros legítimos otros -al decir de  Maturana- buscando y encontrando consensos respecto del modo en que queremos vivir nuestras vidas, juntos.

Hasta que logremos ese nivel de madurez ciudadana -y en vez de esperar infantilmente que sean “otros” quienes se hagan cargo de nuestros asuntos, comencemos a hacerlo nosotros mismos- ocurrirá que tal como con los 10 textos constitucionales que ya hemos conocido, un eventual texto numero 11 obtenido del modo que se nos ha informado, con toda seguridad no será nuestra constitución.

En las urnas no ganó la mayoría.

Lo confieso: me irrita escuchar una y otra vez que el gobierno de turno es legítimo porque obtuvo la mayoría de los votos, puesto que eso está muy lejos de ser verdad, incluyendo al actual de Sebastián Piñera en Chile, con su tan ventilado 54,57%, una diferencia rotunda respecto del  45,43% de Alejandro Guillier.

Sin embargo, la cifra dura dice que esa alta votación del actual Presidente, no representó a más de un 26% del universo electoral en el país. Curiosamente, el mismo porcentaje que eligió a Michelle Bachelet en su segundo gobierno.

En los días que vivimos, la mayoría no ha ganado en las urnas de votación, sino en los espacios de verdad; en los espacios que no alcanzan a estar amañados por la clase política hasta el extremo que a ella le gustaría.

Esta mayoría ha ganado en los espacios que puede ocupar, para expresar su legítimo descontento con un statu quo históricamente creado e instalado por una élite pequeña de entre nosotros. Ganó en las marchas en la vía pública mientras lograron mantenerse pacíficas y, de sobremanera, ganó en la intimidad de sus hogares, espacios desde donde los millones de personas hemos generado este gran egregor, al proyectar nuestro deseo e intención de alcanzar un cambio profundo en el modo en que nos relacionamos y en el modo en que queremos vivir, juntos.  

Este gran egregor o, diré, espíritu común al que aspira la mayoría o que quiere construir la mayoría, necesita ser y permanecer libre de toda contaminación ideológica.

Está claro que esa contaminación ponzoñosa es la causa de las conductas violentas que han oscurecido la genuina manifestación ciudadana, y nos han mantenido por largas semanas sometidos a una dolorosa incertidumbre como no conocíamos desde hace muchas décadas.

Una persona sana, no necesita ni desea dañar a su prójimo, pues está inscrito en nuestra naturaleza humana el sentido gregario, de pertenencia a una comunidad mayor y -por tanto- el cuidado de la misma.

Hoy los chilenos respiramos un poco mejor, tras el primer acuerdo público y mayoritario al interior de la clase política, bajo el eslogan de recuperar la paz de la Nación, acelerar la legislación pro justicia social y avanzar hacia el establecimiento de un consenso en torno a la constitución que nos rija.

No obstante, la clase política sólo avanzará hacia el establecimiento de un estado de derecho que beneficie a todos y a cada uno, en la medida que sienta que con ello no se verá amenazada su propia condición de ejecutora privilegiada de la agenda de quienes desde mucho más arriba la controlan. 

Este primer acuerdo suyo nos ha disminuido la tremenda presión a que hemos sido sometidos, sin embargo, para que sea la mayoría de nosotros la que finalmente gane, es necesario que mejoremos nuestra intercomunicación y comencemos a ubicarnos los unos a los otros. 

Si la mayoría decidimos votar en el próximo mes de Abril, porque una nueva constitución sea establecida, sería absurdo que las personas no parlamentarias que participarán en su redacción, sean elegidas por los mismos partidos que forman la clase política, como hasta aquí se están proponiendo hacer.

El espíritu de mayoría que estamos construyendo en Chile y que postulo sea independiente de toda propaganda ideológica, sólo podrá sumar espacio para sí, adquiriendo un nivel suficiente de organización auténticamente ciudadana, para que nuestra genuina expresión pueda ser limpiada de aquella contaminación, pueda zafar del violentismo -venga de donde venga- y pueda entonces adquirir la visibilidad que requerimos, para que finalmente la clase política se ponga a nuestro servicio y comience a hacer lo que sus mandantes necesitamos que sea hecho.