La Colusión de la Clase Política

Que a los habitantes identificados como “los políticos” no debemos creer lo que dicen sino juzgarlos por lo que hacen, además de ser una opinión que comparto, es una aseveración tan verificable que no vale un céntimo tratar de argumentarla.

La llamada clase política en todos los países arrastra similar triste récord. El “arte” de hablar mucho y decir nada; la mentira  institucionalizada; los privilegios; la defensa corporativa; la rivalidad teatralizada y,  por supuesto,  la corrupción más abyecta. 

Los hechos constituyen evidencia en cualquier campo y pueden sostener legítimamente los razonamientos que a partir de ellos, cualquier persona puede desarrollar para formarse una opinión que, por cierto, nuevos hechos podrán modificar o confirmar a través del curso de su vida.

Todo aquello que ocurre en geopolítica es porque se ha decidido que ocurra. Así es como comprendo -por ejemplo- la aparición y larga permanencia de Fidel Castro y comitiva en Cuba, en las barbas del que se presentó desde ambos lados como su peor enemigo, el gobierno de los Estados Unidos. 

Lo mismo puedo pensar respecto de las llamadas revolución bolchevique y revolución comunista china, así como todas las guerras criminales con sus explicaciones absurdas y sus operaciones de falsa bandera para justificarlas ante las Naciones, pretendiendo dotar de un fondo moral a la barbarie.  

Como he sostenido muchas veces, de la llamada “versión oficial” de cualquier tópico debemos desconfiar, toda vez que se trata de la vocería de quienes están ocupando posiciones de poder en una sociedad dada, aún en la era de las redes sociales, donde a diario se ejecutan ingentes esfuerzos para conseguir el control de lo que el mismo Poder quiere instalar en la mente de las personas.

¿Cómo creer, por ejemplo, que con toda la inteligencia y tecnología disponibles, el discurso oficial del gobierno de Estados Unidos acerca de que la búsqueda de Osama bin Laden haya sido por años infructuosa? Menos ahora que apenas tuvieron la información de una ubicación conveniente de Qassem Soleimani lo asesinaron en Irak como quien abre la puerta de su casa.

¿O la gigantesca farsa construida oficialmente acerca del derribamiento de las tres torres en Nueva York el fatídico 9/11, atribuyéndole su autoría al propio bin Laden? 

En lo que a mí respecta, todo eso no ha sido más que una puesta en escena con la que el Poder Real del planeta ha engañado a propios y extraños, generando un daño inconmensurable en vidas, en miseria humana, en bienes materiales y en oscurantismo.

Hasta donde puedo saber como un habitante más, la irrupción de la primera revolución industrial y del protosocialismo moderno en el siglo XVIII en Europa, que devino en la escisión social conocida como capitalismo versus socialismo fueron pensadas mucho antes de su manifestación pública y notoria. Como ocurre hoy, los movimientos sociales no fueron espontáneos sino que fueron generados desde una MetaÉlite extremamente  acaudalada y poderosa, que ha trasladado su diseño de dominio por sobre las Naciones de la Tierra desde hace muchos siglos. 

Sin perjuicio del rol de los utópicos franceses o de los revolucionarios alemanes del siglo XVIII, es en la capital inglesa donde podemos encontrar el núcleo organizacional de la dicotomía capitalismo-socialismo conque de manera magistral ese Poder Real nos ha venido engañando hasta hoy, manteniéndonos divididos y enfrentados entre nosotros, evitando así el natural movimiento de cada Pueblo hacia su autodeterminación.

El trabajo de Marx y Engels desde Londres en el siglo XIX, es decir, con todo el financiamiento del Poder de Facto a ambos lados del Atlántico, derivaría en la archiconocida y vergonzosa revolución pretendidamente comunista pero en los hechos claramente eugenésica, en un experimento a gran escala para diezmar a la población y someter absolutamente a los sobrevivientes a una sola y misma ideología, es decir, a un único Poder.

De un modo menos ostentoso pero mucho más eficiente para sus fines, el mismo Poder de Facto creó la Sociedad Fabiana en Londres a fines del siglo XIX, generando una simbiosis que denotaba la impudicia de la MetaÉlite, entre socialismo y capitalismo, movimiento que explica muy bien el escenario actual en el mundo y en Chile.

Así, no apareció de la nada el gobierno militar de Hugo Chávez y sus acólitos en 1999, y no es casual sino funcional que Nicolás Maduro pueda permanecer en el cargo de Presidente en Venezuela, pese a la circunstancia por todos conocida que experimentan los habitantes de ese país. 

Los hilos han sido siempre manejados por el oscuro Poder de Facto en la Tierra con una habilidad tal, que ha engañado aún a sus propios títeres, funcionarios, sicarios y cómplices, hasta muy arriba en su esquema de control piramidal. Cuánto más fácil le ha sido engañar a las grandes masas de personas que desde sus respectivas ocupaciones cotidianas observan muy de lejos “lo que sucede”, atribuyéndole a este devenir por toda causa la “suerte” mejor o peor, la bondad o la maldad de tales o cuales lacayos más visibles del Poder Real, como lo son Presidentes, Ministros, Congresistas, Obispos, Periodistas, Rostros de TV, Artistas,  Lobbistas, “influencers”, etc.

Tampoco en Chile accedió por acaso Salvador Allende ni, tres años después, Augusto Pinochet. Como no ha sido sólo un curioso capricho del destino la carrera de posta de 2 x 4, de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera, los últimos ¡14 años!.

Los hechos constituyen evidencia y el razonamiento que se funda en ellos, pudiendo incurrir en errores, es completamente genuino.

No fue casual el plan desarticulador de Bachelet en su segundo testimonio, como tampoco el ingreso masivo de migrantes ilegales a Chile que auspició su gobierno obedeciendo a su mandante, que no era la Nación chilena.

La colusión entre grandes empresarios, indistintamente del gobierno de turno,  por supuesto, para esquilmar los bolsillos de millones de habitantes inflando aún más el precio del papel higiénico, de los medicamentos, del pollo y de todo otro producto menos difundido, ha ocurrido porque han podido. Porque se les ha permitido.

El financiamiento ilegal de los partidos políticos de parte de innumerables poderes financieros en el país ha sido posible porque se lo ha permitido. La compra de un Servicio Público como el de Impuestos Internos, para detener la investigación de dicho mega fraude es un hecho; es evidencia.

Asimismo, la sola existencia de los partidos políticos hoy, se debe a que la propia clase que los cobija engañó ostensiblemente a la población en 2017 a través de una reinscripción fraudulenta de militantes, al permitir vía SERVEL que bastase con el envío de un email con la copia de un RUT, haciendo altamente inverificable la honestidad de dicho trámite. En rigor, hoy no deberíamos tener partidos políticos y, por tanto, un gobierno y un Congreso elegido por ellos.

En mi opinión, aquel enorme y oscuro Poder de Facto mundial está pateando el tablero; acelerando hasta la imprudencia y la impudicia su plan de control sobre todos los territorios y todas las Naciones.

Ello me explica lo que ocurre hoy en Chile, cuya Nación está siendo usada cual laboratorio acelerador de partículas humano, destruyendo (ellos dicen deconstruyendo) la forma de vida que nos ha sido familiar con todas sus luces y sus sombras, para instalar a la mayor brevedad -como lo han hecho en China- una vitrina del tipo de mundo y de humanidad que consideran óptimos para sus fines hegemónicos. 

Sólo por inercia continúan en uso los conceptos de “izquierda” y “derecha”, con los que han conseguido mantener dividida a la población durante más de 200 años, al menos bajo esa denominación, pero la tragedia de Chile en nuestros días está ayudando a millones de connacionales a darse cuenta de ello, puesto que la evidencia acusa a toda la clase política de estar coludida para generar el escenario de Estado fallido al que asistimos, tanto desde el gobierno de turno como desde la oposición de turno; toda ella al completo, obedeciendo a una agenda que no es la de nuestra Nación y que, por tanto, no me representa en absoluto.

Enero 2020.

culturabiocentrica.com

Chile no ha despertado.

Gran parte de la Nación se encuentra engañada y confundida. La mayoría de lo que vemos en los medios masivos así lo prueba. Las conversaciones que habitualmente escuchamos en los trabajos, en la calle y en grupos de pares lo confirman.

Como toda persona con suficiente criterio sabe, el llamado estallido social de Octubre fue provocado artificialmente, utilizando el genuino hartazgo de la mayoría de la población. Como quien incendia un montón de leña y hojas secas que estaban acumuladas por mucho tiempo.

Un poco menos difundida es la noción de que la clase política completa está involucrada, jugando unos y otros diversos roles en esta tragedia, ya sea desde el gobierno como desde la oposición, cada facción con sus respectivas distinciones internas.

Mucho menos conocido y aceptado es el plan mismo de sometimiento de la Nación que se encuentra en marcha y el alcance internacional de su organización y financiamiento que, no obstante, es posible vislumbrar detrás de los hechos en Chile y en el mundo.

La oración acuñada de “Chile despertó” es una consigna más producida por cualquiera de los operativos locales en algún nivel de aquella organización internacional.

Pero lo que alcanzo a ver y que me lleva hasta hoy a sostener esta opinión personal acerca de toda esta penosa contingencia, me dice que los chilenos -como generalidad- aún no hemos despertado.

Sin embargo, muchos connacionales creen que sí y han construido esta creencia sobre la base de diversas argumentaciones, cada una con su respectiva legitimidad.  Están los que creen que “Chile despertó” porque muchas personas han salido a marchar en las calles y expresar su genuino descontento en las diversas áreas de la actividad nacional por todos conocidas.

Están los que creen que “Chile despertó” porque se sienten representados por la fracción “de izquierda” de la clase política -protagonista evidente en todo esto-  participando en consecuencia de cierta sensación de triunfalismo por sobre el gobierno y esperando que el resultado de “su” revolución les traerá poder y bienestar.

Están los que creen que “Chile despertó” porque se sienten representados por la fracción “de derecha” -de sobremanera los que se encuentran de turno en el gobierno- y declaran cierta toma de conciencia de que efectivamente la clase política había generado por décadas un sistema de gobierno que permitió toda clase de abusos de la élite gobernante y empresarial sobre la población general, hasta que ésta dijo ¡basta!

Están también los que creen que “Chile despertó” porque se sintieron con permiso para saquear y cometer toda clase de crímenes, simplemente porque pudieron hacerlo.

En fin, puedo imaginar también la sorpresa del reducido grupo que habrá dirigido esta expresión dramática en Chile, afirmando que efectivamente “Chile despertó” tras su bien urdido plan de provocación del que, quizá, no esperaban semejante entusiasmo.

Ciertamente hay muchas circunstancias de las que se puede tomar consciencia, o a las que se puede despertar tanto individual como colectivamente, no obstante, la que a mí me interesa y en la que he insistido bastante en mis columnas, sin duda no muestra ese despertar que me gustaría.

La población chilena en su generalidad, no ha despertado a la realidad de que está siendo manipulada por la misma clase política de siempre -y quienes la dirigen, claro- desde el sector “de izquierda” que le dice que ahora será “el pueblo” el que decida con una nueva constitución un “cambio de modelo” y desde el sector “de derecha” que la llama a no aceptar “esa imposición” y que se arroga el papel de quien garantiza el orden y “el estado de derecho”.

Para mí es muy claro que tanto uno como otro sector de la misma clase política, bien aleccionada por aquel Poder Real discreto que se encuentra sobre ella, representan solamente sus propios intereses en este nuevo escenario, como lo han hecho siempre, porque han sido inventados para ello. 

La constitución nunca fue creada por la Nación. Ninguna de las 10 ya ejecutadas en el país y tampoco lo será una eventual constitución Nº 11, así como está planteado el proceso.

Los plebiscitos municipales no vinculantes, ni la “mesa de unidad social” tienen, en mi opinión, el propósito de que sea efectivamente la Nación la que se dé a sí misma -por primera vez- una constitución.

Tampoco lo tiene el “acuerdo político para una nueva constitución” firmado por el gobierno de turno y la mayor parte de la clase política, como se desprende fácilmente de su contenido burdo y abiertamente engañoso.

La autodeterminación de cualquier persona adulta y, por tanto, de la Nación, no es sólo un derecho. Ya conocemos la enorme deformación que de esta palabra se ha hecho desde que la instalaron en nuestra mente a mediados del siglo pasado y la comenzaron a reiterar febrilmente en las últimas décadas.

La autodeterminación implica emancipación y soberanía. Son anteriores al derecho positivo pues emanan de nuestra propia naturaleza humana.

Emancipación y soberanía en nuestra dimensión individual es aprender a hacernos cargo de nosotros mismos, dejando de depender de nuestros progenitores para comenzar una larga etapa de sana autonomía, desde la cual construir relaciones y sólidos vínculos en procura de la realización personal.

Lo mismo respecto del Estado. En nuestra dimensión social ejercemos soberanía al participar activamente en la organización de la sociedad y de los mecanismos que nos parezcan necesarios y suficientes, para asegurar un funcionamiento eficiente del mismo, sin necesidad de depender de él.

Para mí, al menos, la Nación chilena verdaderamente despertará cuando decidamos ser soberanos, individual y socialmente. No necesitamos intermediarios que se arrogan una representación nuestra que no tienen.

Necesitamos ser nosotros mismos, los chilenos y las chilenas, quienes decidamos cómo queremos vivir, sin que nos pauteen ni limiten en modo alguno el ejercicio de nuestra libre expresión.

Diciembre 15 de 2019.

¿Sería NUESTRA una nueva constitución?

Fue un Presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln, quien en su famoso discurso de Gettysburg, definió lo que podemos entender como democracia. Hace justo 156 años acertó a decir que democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

No era una idea nueva, por cierto, sino más bien una vehemente reafirmación del sentido verdadero y profundo de democracia, tal como la concibieron los antiguos atenienses, aunque ahora la intención era incluir a todos los habitantes del territorio.

En Chile presidía el liberal José Joaquín Pérez, tras la guerra civil de 1858 contra los conservadores de Manuel Montt y Antonio Varas, en la que “los constituyentes” de Atacama con Pedro León Gallo a la cabeza, buscaban derrocar a Montt y cambiar la constitución de 1833.

Hasta donde puedo ver, la definición que Abraham Lincoln hizo de democracia, corresponde a la de uno de los muy escasos presidentes de país alguno, que acceden a semejante responsabilidad haciéndose cargo de que -efectivamente- se deben a la Nación, es decir, a la totalidad de los habitantes legales del territorio, y no a la clase política a la que pertenecen ni, por tanto, al Poder Real ejercido sobre el mundo por la súper élite financiera-religiosa-militar-industrial, formada por muy pocas personas en la Tierra.

Es claro que su asesinato tuvo como principal motivo el querer gobernar a su Nación hacia la independencia política y económica respecto de aquel Poder Real, reconociendo la condición de ciudadanos a todos sus habitantes y creando una economía basada en el valor del trabajo y el emprendimiento de los mismos, con una moneda nacional libre de la usura legal impuesta por el sistema financiero internacional hasta el día de hoy.

Deberse a su propia comunidad es un noble propósito para cualquier persona que llegue a cumplir una función pública. Pero honrarlo, requiere de una independencia de sentimiento y de pensamiento que no resulta compatible con pertenecer a la clase política y su engañosa estrategia de presentarse dividida en “izquierda” y “derecha”, que sólo busca perpetuar la división y el sometimiento de las gentes.

Hoy ha sido instalado en Chile el objetivo de cambiar la constitución de 1980, de un modo brusco y perentorio, tras haber sido un tema siempre presente desde aquel mismo año, lo que se tradujo de hecho en muchas modificaciones, de sobremanera en el año 2005.

Entre las razones aducidas para ello destaca la ilegitimidad que se le atribuye por haber sido confeccionada durante la dictadura cívico-militar, amén de todas las instituciones que incluye -y que aún no hayan sido cambiadas- visualizadas como no democráticas o no representativas del Chile de hoy.

Y yo me pregunto, ¿sería nuestra una eventual nueva constitución?

Lo primero que quiero decir es que a mi parecer, la de 1980 carece de legitimidad, no porque haya sido confeccionada por la dictadura cívico-militar, sino porque fue escrita e instalada por la élite que detentaba el poder en el país, y no por la Nación.

Exactamente igual que todos los demás textos constitucionales de Chile, a saber: 1811, 1812, 1814, 1818, 1822, 1823, 1828, 1833 y 1925.

Sin duda todos esos ordenamientos institucionales, cual más cual menos, han prestado utilidad en el país, pero carecieron de toda participación ciudadana en su origen. 

En efecto, la consideración a la población nacional se limitó -y en sólo cuatro de ellas- a que se pronunciase sobre el hecho consumado, con la apertura de libros de firmas en algunas ciudades en 1812 y 1818 y con sendos plebiscitos en 1925 y 1980, procedimientos controlados por el mismo poder en ejercicio en cada una de las oportunidades.

El origen de un nuevo proceso constituyente me parece desde ya cuestionable al haber sido instalado de manera forzada, desde la propia clase política y con una utilización burda, vergonzosa y criminal de las legítimas demandas y aspiraciones de la mayoría de los habitantes legales de Chile. 

El famélico acuerdo de la mayoría de los partidos que integran la clase política, el día 15 de Noviembre, ciertamente no garantiza que en caso de votarse por una nueva constitución, ésta llegue a ser un acuerdo generado por los habitantes legales de Chile.

Vamos, que esa camarilla de conciudadanos no querrá renunciar al trozo que pueda optar en la repartición del Poder Formal en nuestro país -bajo el auspicio del Poder Real- en el ejercicio común de este sucedáneo de democracia, período tras período.

Si democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, ciertamente el sistema que nos rige no es una democracia y nunca lo ha sido.

Sólo tendremos una democracia cuando nosotros, los habitantes legales del territorio nacional, seamos capaces de organizarnos en cada asentamiento humano, sin la influencia de partidos políticos, de religiones ni de sistema de pensamiento externo alguno, sino motivados por la expresión adulta de nuestras necesidades comunes sentidas y visualizadas, desde la vecindad y reconocimiento de nuestros legítimos otros -al decir de  Maturana- buscando y encontrando consensos respecto del modo en que queremos vivir nuestras vidas, juntos.

Hasta que logremos ese nivel de madurez ciudadana -y en vez de esperar infantilmente que sean “otros” quienes se hagan cargo de nuestros asuntos, comencemos a hacerlo nosotros mismos- ocurrirá que tal como con los 10 textos constitucionales que ya hemos conocido, un eventual texto numero 11 obtenido del modo que se nos ha informado, con toda seguridad no será nuestra constitución.

En las urnas no ganó la mayoría.

Lo confieso: me irrita escuchar una y otra vez que el gobierno de turno es legítimo porque obtuvo la mayoría de los votos, puesto que eso está muy lejos de ser verdad, incluyendo al actual de Sebastián Piñera en Chile, con su tan ventilado 54,57%, una diferencia rotunda respecto del  45,43% de Alejandro Guillier.

Sin embargo, la cifra dura dice que esa alta votación del actual Presidente, no representó a más de un 26% del universo electoral en el país. Curiosamente, el mismo porcentaje que eligió a Michelle Bachelet en su segundo gobierno.

En los días que vivimos, la mayoría no ha ganado en las urnas de votación, sino en los espacios de verdad; en los espacios que no alcanzan a estar amañados por la clase política hasta el extremo que a ella le gustaría.

Esta mayoría ha ganado en los espacios que puede ocupar, para expresar su legítimo descontento con un statu quo históricamente creado e instalado por una élite pequeña de entre nosotros. Ganó en las marchas en la vía pública mientras lograron mantenerse pacíficas y, de sobremanera, ganó en la intimidad de sus hogares, espacios desde donde los millones de personas hemos generado este gran egregor, al proyectar nuestro deseo e intención de alcanzar un cambio profundo en el modo en que nos relacionamos y en el modo en que queremos vivir, juntos.  

Este gran egregor o, diré, espíritu común al que aspira la mayoría o que quiere construir la mayoría, necesita ser y permanecer libre de toda contaminación ideológica.

Está claro que esa contaminación ponzoñosa es la causa de las conductas violentas que han oscurecido la genuina manifestación ciudadana, y nos han mantenido por largas semanas sometidos a una dolorosa incertidumbre como no conocíamos desde hace muchas décadas.

Una persona sana, no necesita ni desea dañar a su prójimo, pues está inscrito en nuestra naturaleza humana el sentido gregario, de pertenencia a una comunidad mayor y -por tanto- el cuidado de la misma.

Hoy los chilenos respiramos un poco mejor, tras el primer acuerdo público y mayoritario al interior de la clase política, bajo el eslogan de recuperar la paz de la Nación, acelerar la legislación pro justicia social y avanzar hacia el establecimiento de un consenso en torno a la constitución que nos rija.

No obstante, la clase política sólo avanzará hacia el establecimiento de un estado de derecho que beneficie a todos y a cada uno, en la medida que sienta que con ello no se verá amenazada su propia condición de ejecutora privilegiada de la agenda de quienes desde mucho más arriba la controlan. 

Este primer acuerdo suyo nos ha disminuido la tremenda presión a que hemos sido sometidos, sin embargo, para que sea la mayoría de nosotros la que finalmente gane, es necesario que mejoremos nuestra intercomunicación y comencemos a ubicarnos los unos a los otros. 

Si la mayoría decidimos votar en el próximo mes de Abril, porque una nueva constitución sea establecida, sería absurdo que las personas no parlamentarias que participarán en su redacción, sean elegidas por los mismos partidos que forman la clase política, como hasta aquí se están proponiendo hacer.

El espíritu de mayoría que estamos construyendo en Chile y que postulo sea independiente de toda propaganda ideológica, sólo podrá sumar espacio para sí, adquiriendo un nivel suficiente de organización auténticamente ciudadana, para que nuestra genuina expresión pueda ser limpiada de aquella contaminación, pueda zafar del violentismo -venga de donde venga- y pueda entonces adquirir la visibilidad que requerimos, para que finalmente la clase política se ponga a nuestro servicio y comience a hacer lo que sus mandantes necesitamos que sea hecho.

¡No se está entendiendo!

Quiero insistir en este punto, si con ello ayudo a que alguien más considere este simple análisis. Sin duda la ecuación social en Chile es compleja y, aunque hay bastante gente trabajando para intentar resolverla, siento que no están “rascando donde pica” y es necesario comenzar a ver un intento serio de aproximación a lo que considero un camino de salida.

Antes de todo, reitero mi convicción de que Gobierno y oposición forman parte de un mismo conglomerado al que denominamos la “clase política”, de modo tan evidente que los esfuerzos de sus integrantes para insistir en su pretendida enemistad, en sus supuestas diferencias irreconciliables o en arrogarse superioridad moral unos y otros, son claramente insostenibles.

En la grave coyuntura que todos estamos experimentando en Chile, desde la vertiente “Gobierno” de la clase política, intentan mostrarnos que “se esfuerzan por controlar la situación” y que trabajan duro para “devolver la normalidad al país”. Desde la vertiente ”oposición” de la misma clase política pretenden que creamos que “ellos” tienen las respuestas para resolver el desastre estructural que experimentamos los habitantes del territorio.

Para mí, ningún gobierno está en disposición de abordar la necesidad de cambios estructurales y ninguna oposición tiene voluntad alguna de acceder al poder formal con ese mismo propósito. La razón es muy simple y ya bastante aceptada: la clase política es el instrumento del Poder Real o de facto, para mantenernos a raya, confundidos y por sobre todo divididos.

Las intenciones no pueden ser demostradas, por ello me remito a los hechos que durante décadas me han permitido aprender -como a millones de personas- que el trabajo sucio de la clase política le vale el favor de quienes verdaderamente gobiernan esta provincia fértil y señalada, unidad fractal de la totalidad del planeta, sometido al mismo control.

Aquél Poder Real, hará todos sus esfuerzos para mantener el statu quo que todos conocemos y su brazo ejecutor en cada país, la clase política, hará lo que aquél Poder le señala, puesto que depende de él. Como un soldado hará lo que le ordene su “superior”, no sólo por la lógica militar de la jerarquía de mando, sino porque su propia vida depende de ello.

Sin embargo, como toda crisis, la actual lleva consigo una oportunidad para aprender de ella y trascenderla, de modo de encontrarnos al cabo, viviendo una realidad mejor que a la que estábamos acostumbrados. El camino que yo siento necesario es el de la honestidad. ¿La recuerdan?

El primer paso en esa dirección es la de admitir cada uno de nosotros su propia contribución a la deshonestidad generalizada y normalizada. Aquello que no nos gusta en otras personas, aquello que solemos criticar en el prójimo son de ordinario rasgos, actitudes y conductas que reconocemos porque forman parte de nuestro propio repertorio.

Como es arriba así es abajo, reza la antigua advertencia hermética, y es plenamente válida para intentar explicarnos la transferencia desde nuestro comportamiento individual en el pequeño círculo de influencia de cada uno, hacia el modo como vemos que funciona nuestra sociedad nacional.

En consecuencia, dado que la llamada clase política, con sus partidos y sus militantes, así como todas las reparticiones y los cargos existentes en los cuatro poderes de la Administración de nuestros asuntos públicos, está constituida por sendos habitantes legales de Chile, debe ser incluida en los trabajos que nos permitan efectuar los cambios estructurales necesarios y suficientes.

Deben ser incluidos, en la misma medida en que todos los habitantes legales del país debemos participar de ese proceso de transformación fundamental, puesto que nadie sobra y, por tanto, todos contamos. Una redundancia que me permito consignar, debido a que muchas personas continúan repitiendo el patrón que nos fue grabado a fuego desde los primeros años, generación tras generación, que sostiene la falacia vergonzosa de la superioridad de unas personas sobre otras.

No existe tal cosa. Nadie es mejor o peor, sino que somos diferentes. Todos somos diferentes y esa es una poderosa fuente de información y de recursos personales para construir lo que queramos, juntos. La clase política lo ha hecho mal. Muy mal. Y sin embargo lo que han hecho sus integrantes responde a las condiciones del escenario en que ellos han elegido participar. Es imposible saber cuántas otras personas que jamás han pertenecido a esa clase, aceptarían las mismas condiciones si por cualquier razón se integrasen a ella.

Y para qué insistir en que todavía millones de habitantes acuden en cada ocasión para “elegir” a todas esas personas desconocidas, jamás puestas allí por nosotros, sino auto instaladas desde la manida clase política a la que pertenecen, la misma que nos impone sus programas de gobierno, justo al revés de lo que sería razonable que ocurriese.

No se está entendiendo lo que ocurre en el país en que vivimos, porque el acento está fuertemente puesto en mantenernos divididos, atemorizados e indignados.

Para mí es evidente la existencia de un plan supra nacional que busca desestabilizar a nuestra Nación chilena, así como está ocurriendo donde ustedes quieran mirar. Pero no es un plan “de la izquierda” ni “de la derecha”; lo digo una vez más. Aquél Poder Real está utilizando su enorme influencia tanto en el gobierno de turno como en la oposición de turno; tanto al interior como desde el exterior del territorio, para asegurar sus fines hegemónicos. Lo que está en juego es la permanencia de los Estados Nación como los conocemos y, con ello, la continuidad de los pueblos con sus identidades y su cultura. Es un plan de larga data, que incluyó el lento y sostenido envilecimiento de grandes cohortes de habitantes, la relativización y pérdida de los valores fundamentales de toda convivencia sana, evidente en todos los estratos sociales, profesiones e instituciones de la república.

Todos somos responsables del actual estado de situación. Por acción o por omisión. Todos tenemos el deber de participar en el proceso de transformación necesario para salir de él.

Si conseguimos ser honestos, tendremos plena capacidad para entendernos y trabajar juntos en este enorme desafío, que es la única vía para conseguirlo.

Trabajar juntos y hacerlo desde nosotros, por nosotros y para nosotros, no desde el miedo y su larga parentela de emociones negativas que siempre devienen en violencia.

La salida está llena de dificultades, pero siento que es la única posible. La luz al otro lado del túnel sólo podremos verla si conseguimos mirarnos, sentirnos, calmarnos y disponernos a trabajar juntos. Es menester para ello, dejar de escuchar todas las voces que buscan dividirnos y encontrar la serenidad necesaria para -sin detener el funcionamiento de la Nación- refrendar, completar y consensuar el diagnóstico más amplio del que seamos capaces, en todo el territorio, desde lo más sencillo hasta lo más complejo, para luego, construir entre todos una democracia directa y auto controlada, que no permita la injerencia de partidos políticos, iglesias ni sistema de pensamiento alguno, más allá de la expresión natural de los habitantes, en cada asentamiento humano, acerca de todos los asuntos que nos afectan, tal como toda persona adulta debe hacer.

Debemos impedir que sean el Foro de São Paulo o el Consenso de Washington los que determinen lo que debemos o no hacer. No necesitamos depender de las directrices que, por sobre los anteriores, se nos envían desde la ONU y -aún más arriba- desde el complejo financiero internacional y su inextricable maraña de conexiones hasta el último rincón de la Tierra. Esa súper élite busca aplastar a las Naciones porque entorpecen con su sentido de pertenencia a un territorio y con su riqueza cultural propia, su enorme plan de obtener la hegemonía planetaria.

Si de verdad una mayoría ha despertado, es decir, viene a unirse a quienes ya estaban despiertos, entonces puede entender de qué se trata. Podemos y debemos generar el cambio fundamental que consiste en pasar de ser meros habitantes, a verdaderos ciudadanos, léase, personas que al alcanzar la edad adulta somos capaces de hacernos cargo de nuestros propios asuntos, de manera directa, en cada ciudad y pueblo del país. No necesitamos -reitero- a la clase política, pues políticos somos todos, dado que compartimos un territorio e infinidad de necesidades comunes que nos demandan trabajar juntos para resolverlas.

Basta una chispa para encender un gran fuego.

¡Si lo sabrán allá arriba!; muy arriba, digo, en la pirámide de control que funciona en la Tierra, como puede observar cualquiera que se disponga a hacerlo.

El plan del Estado Profundo -o Poder Real- avanza de prisa, en mi opinión acicateado por su temor a perder la enorme hegemonía que por milenios ha tenido sobre la humanidad.

El pequeño grupo que detenta ese enorme poder planetario, ha mantenido divididas a las personas sobre la estrategia principal de alejarnos de la naturaleza -de nuestra propia naturaleza- diseñando construcciones conceptuales o ideologías y empujando a las gentes a suscribir alguna de sus muchas categorías para así perpetuar esa división entre ellas.

Cristiano, musulmán o judío. Blanco, negro, café o amarillo. Republicano o demócrata y así hasta las categorías de división más espurias y banales, tales como si de un barrio o de otro, de un equipo de fútbol o de otro y así ad aeternum.

El móvil usado para ese propósito es, como sabemos, el miedo. El miedo a no ser, el miedo a sufrir, el miedo a desaparecer, el miedo a morir.

Aquella súper élite que detenta el Poder Real, controla a quienes aparecen ante nosotros como “gobiernos” o “autoridades”, lo que puede denominarse el Poder sólo formal. El Poder formal constituido por lo que conocemos como la clase política, quienes ejercen la política en su acepción pequeña, la del partidismo, del gobiernismo y del oposicionismo, en un juego nefasto de roles que suelen -además- intercambiar muchas veces los mismos actores durante décadas, hasta que instalan su relevo generacional para continuar haciendo el mismo juego.

Postulo que la estructura que conocemos como “el gobierno”, en realidad no gobierna, sino que sigue aquella agenda que le es impuesta desde mucho más arriba en la pirámide de control de la población. Desde el Poder Real.

Aquella oscura agenda del Poder Real, del Estado Profundo, tiene desde siempre entre sus principales objetivos impedir que seamos las propias personas, los habitantes de un territorio, quienes decidamos en todos los asuntos que nos incumben.

En su lugar impusieron el diseño de control que todos conocemos y que, como una gran ironía, muchísimas personas aceptan y promueven.

Impusieron después de otros sistemas que duraron muchos siglos, este de los últimos doscientos cincuenta años al que denominan “democracia”.

Pero esto, gente, no es democracia. Puesto que democracia es la administración de los asuntos que nos incumben a todos, por nosotros mismos. Es el sagrado derecho y el desafiante deber de la autodeterminación.

Gobernar es administrar. Es dirigir los asuntos que a todos competen, por el rumbo que los mismos ciudadanos han resuelto ir. Como el piloto de un velero que, a cargo del timón, gobierna el rumbo de esa embarcación hacia donde todos los tripulantes están previamente de acuerdo en ir. Hay un Capitán en la nave, es verdad, pero ese capitán no se manda solo, sino que obedece al plan de navegación que los interesados en ese viaje han resuelto. 

Lo que tenemos es el sistema diseñado desde el Poder Real en el planeta, una pantomima de democracia; un hacernos creer que los habitantes elegimos a quienes nos gobiernan.

Habrán escuchado que es “una democracia representativa”; pues es falso. No existe representatividad si no elegimos a quienes queremos que nos representen. Quienes aún votan, sólo lo hacen por los nombres de personas que pertenecen a esa clase política. Los nombres impresos en la papeleta de votación jamás fueron puestos allí por nosotros, la gente común, sino que fueron puestos por la misma clase política, con sus múltiples trincheras a donde buscan empujarnos, para así pelearnos entre nosotros eternamente, mientras se aseguran siempre una parte del pastel, mayor o menor; una fracción de poder. Hoy en “el gobierno” y mañana en “la oposición”, siempre dentro del club. Es muy fácil de ver.

¿Porqué este diseño?; ¿porqué nos impiden decidir nuestro propio destino?; ¿porqué no nos dejan autogobernarnos, como personas adultas?

En mi opinión y dicho de un modo extremadamente reducido, la razón es porque nuestra naturaleza, ya saben, nuestra esencia, es precisa y profundamente humana. Si estamos a cargo de nuestros propios asuntos, tenderemos a resolverlos desde la gregariedad que nos es inherente. Resolveremos nuestros asuntos desde aquel sistema de valores que nos define como humanos.

No necesitamos sistemas de pensamiento que actúen como cárceles conceptuales. No necesitamos dogmas sino, justo al revés, precisamos ejercer nuestra libertad humana porque nos llevará en la dirección de todo aquello a lo que aspiramos como hombres y mujeres de bien, antes de ser confundidos y engañados por aquellos dogmas.

Y, por cierto, si nos autogobernarnos, aquél Estado Profundo pierde su poder, con todo lo que ello implica.

Hoy experimentamos con enorme dolor en Chile, las consecuencias de la implantación de esa agenda, que parece imperturbable, donde la división a que me refiero ha utilizado preferentemente el campo de la política partidista, azuzando a las personas a tomar una u otra posición, a elegir una u otra trinchera, manipulando con destreza sus emociones para hacerles desconfiar de sus semejantes hasta el extremo del odio y la violencia explícita. 

No tiene sentido buscar culpables, porque deberemos hacer una lista interminable, que incluirá ciertamente nuestros propios nombres.

Debemos buscar soluciones y ello pasa por no esperar que “todo vuelva a ser como antes”, el gran error que cometemos tras los terremotos una y otra vez.

La estructura de organización social que hemos conocido ha terminado. No sirve más.

Debemos y podemos generar una estructura nueva, que apunte hacia la luz. Que provenga de nuestra propia luz.

Nadie sobra en un territorio y lo que nos desafía es encontrar el modo de organizarnos como habitantes, para construir juntos el modo en que queremos vivir. Todos.

El impulso destructivo, finalmente, apunta hacia la oscuridad y proviene desde nuestra propia oscuridad, aspecto nuestro que aquella súper élite conoce muy bien y maneja con maestría.

Abstención: una expresión de democracia.

La reciente elección nacional en Portugal, el día domingo 6 de Octubre, muestra algo a lo que -presumo- a la clase política no le gusta referirse públicamente. Esto es el creciente movimiento abstencionista entre los habitantes de los más diversos países, como intentaré recordar en este artículo.

Sin duda a la mitad izquierda del espectro partidista le interesa mostrar “su triunfo” en el país lusitano, donde el Sr. António Costa podrá seguir por cuatro años más al frente del Gobierno formal, representando al Partido Socialista, uno de los jugadores en el juego del Estado Profundo para hacernos creer que existe democracia.

Sin embargo, del mismo modo que en Chile, donde tanto Bachelet como Piñera accedieron al Gobierno formal con los votos de apenas el 26% del padrón electoral, en sus respectivos segundos mandatos, Costa lo consiguió con sólo el 20% del universo electoral portugués. 

Esto es así, porque el 36,65% de la primera mayoría, votación alcanzada por el Partido Socialista y con el cual obtuvo 106 escaños en el Parlamento -énfasis profusamente difundido por los medios masivos- es sólo en función de los alrededor de 5.886.827 personas que ese día acudieron a las urnas, un 54,45% del padrón electoral.

La abstención del 45,55% de las personas con derecho a voto en Portugal, es la más alta que se ha registrado en ese país, en elecciones nacionales. No me referiré aquí a las elecciones europeas, donde el fenómeno de la abstención es mayor y por razones distintas que al interior de cada país de la Unión.

Pero ese récord en la decisión de los portugueses de no participar del proceso eleccionario, a despecho del diseño de la élite que controla ese país, desde dentro y desde fuera, está lejos del récord chileno en este mismo comportamiento humano.

Chile ostenta el registro de la mayor abstención electoral en el mundo, bastante mayor al 50% del padrón electoral, tendencia que se ha mantenido firme desde que en el año 2012 se estableciese el voto voluntario. Este récord sólo disminuyó en la segunda vuelta de la última elección presidencial cuando -de todas maneras- fue más alto que el porcentaje de quienes votaron, alcanzando un 51% de abstencionistas. 

Recordemos algunas cifras de abstención en Chile:

Municipales 2012 : 57,05 %
Presidencial 2013 : 58,12 %
Municipales 2016 : 65,17 %
Presidenciales 2017 1ª vuelta : 53,35 %
Presidenciales 2017 2ª vuelta : 51 %

Este fenómeno de la abstención electoral se repite en muchos países del mundo, y señalo a continuación algunos ejemplos:

Canadá Octubre 2015 : 31,5 %
Estados Unidos Noviembre 2016 : 34,6 %
México Julio 2012 : 35,3 %
Costa Rica Abril 2014 : 43,4 %
Colombia Junio 2014 : 52,1 %
Paraguay Abril 2013 : 32 %
España Junio 2016 : 34,1 %
Francia Mayo 2017 : 25,4 %
Reino Unido Junio 2017 : 31,3 %
Austria Diciembre 2016 : 25,8 %
Alemania Septiembre 2017 : 23,8 %

Sin duda, son cifras que preocupan al Estado Profundo -para usar esta expresión común al referirme a aquella élite que busca con denuedo el control absoluto de la población mundial, por todas las vías imaginables- y que explican las numerosas y onerosas campañas desde todos los actores políticos, para empujar a la gente a que acuda a las urnas con cuñas tan conocidas como “cumpla con su deber ciudadano” o “no dejes que otros decidan por ti”.

Invariablemente, unos y otros sectores del espectro político partidista sólo relevarán sus resultados favorables cuando, en el juego que denominan democracia, se turnan en el ejercicio de administrar el Estado desde el gobierno formal o desde la supuesta oposición.

Así como ese Estado Profundo maneja lo que conocemos como “disidencia controlada”, en cada país, también maneja el tono y profundidad de la aparente enemistad irreductible entre los diversos sectores del mismo espectro, la incombustible clase política.

Ellos no van a destacar, obviamente, el creciente y sostenido ruido que -cual anuncio de terremoto- desde las profundidades de la consciencia humana, en su movimiento entre las capas tectónicas de los ámbitos individual y colectivo, viene anunciando el desplome de su diseño de control; este sucedáneo de democracia que nada tiene de representativa y a la cual día a día, más y más personas miran de frente para decirle ¡no más!