De súbditos a Ciudadanos.

El estado de “ciudadano” no se limita al mero acto de vivir en una ciudad, sino que alude a la integración de hecho y de pleno derecho de los habitantes de un territorio, a la sociedad o comunidad en la que están insertos.

Implica participar en la generación del orden institucional de esa comunidad, al que dichos ciudadanos se someterán sólo tras haber sido co-autores del mismo, en menor o mayor medida.

Esta condición de ciudadano es la que otorga soberanía a las personas, de modo que al actuar en conjunto, ejercen su soberanía como Nación. 

Es el modo en que las personas deben elegir libremente cómo organizar su convivencia al interior de su territorio y, al mismo tiempo, cómo relacionarse con los habitantes de otros territorios, resguardando siempre su autodeterminación.

No es la acepción más generalizada entre las personas ya que, por muy diversas razones, parecieran no estar interesadas en tomar las riendas de sus propias vidas.

Y, ciertamente, no es la acepción de “ciudadano” que la élite detentadora del Poder de Facto quiere en la consciencia de la Nación.

Si alguna condición tenemos las personas que habitamos el territorio, esa es la de “súbditos”. No la de ciudadanos.

Si bien el concepto se remonta a las viejas monarquías, a cuya autoridad estaban sujetas las personas, el mismo es perfectamente aplicable a la relación de subordinación vergonzosa de los supuestos ciudadanos, que existe hoy respecto de la versión actual del mismo Poder de Facto, cuya cara visible es la clase política -a todo su ancho- y aquella fracción de la élite financiera que da la espalda a la sociedad, pues sólo le importa ésta en la medida de que sirve a sus exclusivos intereses.

Los modernos súbditos chilenos, como sus ancestros del medioevo, estamos obligados a obedecer al amo, y más allá de todas las cortinas de humo que se nos ponen por delante a diario a través de la formidable herramienta de los medios masivos de alienación, nuestro verdadero estado es ese: el de sometimiento.

No somos ciudadanos, pues no ejercemos nuestra libertad humana para decidir cómo queremos vivir nuestras vidas. En cambio, hemos resignado esa libertad natural a la obediencia de los preceptos emanados siempre desde un pequeñísimo grupo de entre nosotros, que lo hace sólo porque ellos han podido o, lo que es lo mismo, nosotros se lo hemos permitido.

Nuestra libertad personal ha sido hábil y sistemáticamente reducida por aquella pequeñísima cohorte de habitantes de entre nosotros, a un poco más que poder elegir entre varias marcas de productos de diversa índole, todos de propiedad de aquella misma élite.

Instalaron en las gentes la idea de que existen personas mejores y peores, suplantando así la verdad ostensible de que sólo somos diferentes y que a través del desarrollo individual y social de cada uno de nosotros es como generamos la amplia y compleja diversidad que nos da la posibilidad inmedible de aprendizaje y crecimiento. 

De este modo es como han alimentado implacablemente ese valor artificial de la competencia entre iguales. Puesto que asumo que somos iguales en origen o en esencia y, tal como dos vectores que surgen de un mismo vértice, pudiendo llegar a distanciarse entre sí hasta el infinito, nuestras diferencias se originan en la expresión de nuestra esencia, en la expresión de cada uno de nosotros, en el ejercicio cotidiano y en extremo complejo de la toma de decisiones, pequeñas y grandes. 

Este Poder de Facto, secreto en cierto nivel, discreto en otro nivel y desembozado en donde todos podemos advertir, nos ha empujado a poner dentro de un grueso paréntesis en nuestro interior, la noción de trascendencia del ser humano y nuestra conexión con la naturaleza, consiguiendo expulsar el íntimo vínculo con la divinidad -como quiera que cada quien la perciba- de modo de situarla fuera, como el Sol, las imágenes en los templos, los íconos del mainstream y, por supuesto, el dinero.

Con “Dios” afuera, los humanos nos tornamos dependientes, aterrados, vulnerables, presa fácil del Poder de Facto de las edades, cuya principal entretención es enemistarnos entre nosotros y mantenernos perpetuamente divididos, peleándonos por ocupar una u otra de las casillas conceptuales en las que nos separan, tales como las religiones, los partidos políticos, las clases sociales y mil más.

Súbditos. Eso es lo que de hecho somos, hasta cuando nosotros mismos decidamos dejar de serlo, para convertirnos en Ciudadanos.

¿Bajarles de los patines?

Antes que bajar de los patines a los niños y las niñas que -por algunas razones que abordaré- muestran un desarrollo favorable en su incursión por el sistema educativo formal, considero necesario revisar ese sistema en su integridad.

Como sabemos, el fenómeno del acceso masivo de los niños a las aulas es bastante nuevo en el mundo occidental, desde hace poco más de dos siglos y medio, siendo algunas de sus  principales causas la gestión de los reyes Federico Guillermo I y Federico II de Prusia, que consolidó la escolarización obligatoria en su país a mediados del siglo XVIII, y la primera revolución industrial que comenzó en Inglaterra en el mismo siglo, transformando para siempre el modo de vida fundamentalmente agrícola de los habitantes.

Las personas comunes eran hasta antes de las revoluciones en Estados Unidos y Francia, mayoritariamente súbditos de los respectivos reyes, virreyes y señores feudales por toda Europa y América y, por supuesto, extraordinariamente dependientes de las instituciones religiosas que les regulaban la vida.  

Si bien ya habían transcurrido tres siglos desde la invención de la imprenta en Maguncia, y dos siglos y medio desde la publicación de la biblia de Martín Lutero en alemán, es decir, un idioma común, la población europea y americana de mediados del siglo XVIII era básicamente pobre y analfabeta, siendo la educación en el conocimiento disponible entonces un privilegio de muy pocos, a ambos lados del Atlántico. 

La afluencia masiva de campesinos hacia los nuevos centros industriales urbanos en Inglaterra y luego en otros países debilitó dramáticamente la institución familiar, puesto que implicó una ruptura profunda en el ya precario diseño del modo de vida en aquellos reinos donde, a pesar de las enormes dificultades de su tiempo, aún podía apreciarse el valor del refugio familiar para quienes nacían y crecían en dicho contexto social. El estamento gobernante inglés determinó en sucesivas fechas la escolarización pública obligatoria para alcanzar la mayor cantidad posible de niños, de modo de organizar y controlar las grandes masas laborales necesarias a semejante transformación en la economía.

En Prusia, por su parte, la motivación de aquellos reyes para establecer la obligatoriedad de la enseñanza primaria, tampoco descansaba en fines altruistas hacia la infancia, sino que buscaba un modo de potenciar la eficacia de su ejército y la obediencia de sus súbditos.

Y aunque durante la revolución francesa, a fines del mismo siglo XVIII, existieron serios cuestionamientos respecto del control social como fundamento de la educación masiva de los niños…, bueno, esos revolucionarios también gritaron “libertad, igualdad y fraternidad”…, y podemos ver lo que realmente sucedió.

Así, el fenómeno de la educación masiva tiene desde el primer momento el propósito de mantener un fuerte control de los ciudadanos y de las actividades en su territorio, primero en la monarquía y luego también en la república.

En Chile en la década de 1840 desde el Estado -no desde las familias- se resuelve iniciar la instrucción pública primaria alrededor de la idea de fortalecer la naciente república, tras los objetivos de alfabetizar, instruir y disciplinar a la población. Se crean la Universidad de Chile, laica y la Escuela Nacional de Preceptores o Escuela Normal de formación de docentes, con la influencia francesa de Jean-Baptiste de La Salle, cuyos esfuerzos por alcanzar grandes colectivos de nuevos educandos entre la población menos favorecida de Francia, son tan encomiables como sesgados por la formación religiosa que desde siempre se empeñó en domar el espíritu humano, al someterlo a sistemas normativos que favorecieran el diseño de control social emanado desde Roma. 

Las funciones de la llamada instrucción pública fueron originalmente entregadas al Ministerio de Justicia, quintaesencia del sistema normativo chileno, heredado de la monarquía española y su inseparable obediencia a la Iglesia Católica Apostólica Romana. 

En su origen siempre se habló en Chile de “instrucción” primaria, secundaria y superior, así como de Ministerio de Instrucción, como la clase gobernante lo denominó hasta 1927.

En 1860 se constituyó la ley de instrucción primaria -obligatoria desde 1920- gratuita para niños de ambos sexos y el cargo de Inspector General de Instrucción Primaria. 

El propósito de alcanzar la plena cobertura del sistema de instrucción tuvo sus dos primeros grandes esfuerzos en la administración de Pedro Aguirre Cerda al inicio de la década de 1940 y en la administración de Eduardo Frei Montalba a mediados de la década de 1960.

Como en otras latitudes, el sistema denominado de educación oficial o gubernamental chileno ha estado mucho más centrado en las expectativas de los Centros de Poder que en las personas destinatarias de tales afanes de instrucción, es decir, los niños y las niñas. 

La inteligencia natural de los seres humanos ha permitido que millones de personas hayamos podido transitar por el sistema “de instrucción” oficial en la antigüedad y en el presente, sin permitir que el mismo reduzca nuestra condición humana de seres librepensantes.

Pero también es cierto que tal objetivo del Poder de Facto que opera en nuestro país ha tenido mucho éxito en conseguir con su sistema educacional oficial, otros tantos millones de personas que han adquirido el perfil de pseudo ciudadanos, traducido en la condición de buen trabajador, consumidor y pagador de impuestos, que masculla su rabia por intuidas razones sólo para sí, generándose toda clase de desviaciones, enfermedad y muerte prematura, con esa obediencia sorda que suele cobrar una factura onerosa.

Entonces, cuando hablamos de “bajar de los patines” a los estudiantes más “aventajados”         -parafraseando los criterios usados en el sistema educacional oficial- para acortar la brecha entre aquellos y los que presentan un bajo “rendimiento” en el mismo sistema, estamos errando el foco de la discusión.

No me refiero a la obviedad que salta a la vista, sino que erramos al mantener una discusión baladí que -para el regocijo de aquel Poder de Facto- no toca el asunto que en mi opinión se encuentra en el fondo.

Hasta donde puedo comprender, el proceso de educación nada tiene que ver con la mera instrucción ni con esa suerte de vaciado de contenidos desde “los que saben” hacia “los que no saben”.

Más bien se trata de conocer el mundo al que se ha venido, tanto como cada quien desee conocer y, junto con ello, conocerse a sí mismo, desarrollando y fortaleciendo la propia identidad en el proceso de interacción permanente con las otras personas y el propio experienciar.

Este proceso que ocurre durante toda la vida, requiere de sobremanera en los primeros años de un ambiente enriquecido, en el hogar y en la escuela, que le ofrezca a cada niña y a cada niño la confianza necesaria para desplegar su observación, su reflexión y su expresión, sin necesidad alguna de que tales procesos cognoscitivos deban ser evaluados en términos de premio y castigo. 

Un niño jamás debiera ser sometido a “rendir”, como se hace con los adultos, y la noción de competencia -en tanto hacerles creer que existen personas mejores y peores- debe ser erradicada del proceso educacional.

Cada persona es un universo entero, que precisa desplegarse y favorecer así al mundo con sus aprendizajes, en una relación de colaboración con todo y todos alrededor, ya que cada acto mío afecta al mundo y todo lo que ocurre en el mundo me afecta, inevitable y maravillosamente.

Nuestros hijos e hijas no tienen que ponerse o sacarse los patines en una competición absurda. Ellos y ellas deben desplegar sus alas y volar tan alto y tan lejos como elijan hacerlo y el sistema educacional debe ser reorganizado de modo de no entorpecer ese vuelo.

Partidos políticos vs Soberanía.

El concepto mismo de “partido”, “secta” o “facción” alude desde su génesis a la búsqueda de división entre los Pueblos, es decir, carga con un fuerte sesgo negativo desde el origen, aunque  sus instigadores hayan querido convencer a la gente de que se crearían para representarla y para favorecerla.

Relativamente nuevos, no más atrás de fines del siglo XVII, los partidos o facciones han sido la  moderna via regia de quienes han buscado y conseguido controlar la organización de los Pueblos, asegurando para sí el poder y la perpetuación de su posición privilegiada.

Un siglo más tarde, durante la Revolución Francesa, el Poder de Facto instaló las nociones de “izquierda” y “derecha”, a propósito de la distribución de los protagonistas visibles en el salón de reuniones de la Asamblea Nacional Constituyente, durante la discusión entre monarquía parlamentaria y república, como sistemas de retención del poder y control de la población.

Transcurridos más de dos siglos, para una cohorte cada día mayor de ciudadanos despiertos o en proceso de despertar, es evidente hoy que los “partidos” y su encasillamiento común en una u otra de esas categorías de lateralidad, forman parte de un diseño ingeniosamente producido e instalado desde la sombra por el Poder Real.

“Izquierda” y “derecha” mostradas ante la población como si fuesen enemigos o, al menos, adversarios, a pesar de que sólo se trate de los dos lados que constituyen una unidad central, como la imagen de un ave con sus dos alas.

Las diferencias que observamos entre unos y otros son efectivas, pero sólo hasta cierta profundidad, de modo que a los ojos de los ciudadanos parece real que un político “de izquierda” se encuentre en las antípodas de un político “de derecha”.

¿Que no da lo mismo un gobierno “de derecha” que uno “de izquierda”?, pues claro que no…, pero sólo hasta cierto nivel. Hasta donde habitualmente alcanza a ver la población general.

Las plumas de la misma ave, tanto en su ala izquierda como en su ala derecha, efectivamente muestran diferencias entre una extremidad y la otra, así como al interior de cada una de ellas, de modo que  encontramos plumas con diferente función, colorido, tamaño y ubicación. Tal como ocurre con los políticos “de izquierda” y “de derecha” que ante la Nación se erigen como rivales, diferentes y hasta irreconciliables, pudiendo ello ser efectivamente así…, pero sólo hasta cierto punto. Un día están “en el gobierno” y otro día “en la oposición”, siendo mantenidos y financiados los mismos funcionarios ejecutivos, legislativos y judiciales, en diferentes cargos,  por más o por menos tiempo, incluso dentro de un mismo período de Administración.

Las dos alas pertenecen a la misma ave y los hechos nos muestran que el ave, pertenece al mismo Poder.

Los ciudadanos no necesitamos este diseño que persigue mantenernos permanentemente divididos.

Es tiempo de quitarnos de encima esta opresión pues -por lo demás- está cada día más claro que quienes estén ocupando los cargos de la Administración, obedecen a una misma agenda, cada vez con menos pudor por ya no parecer tan diferentes.

Una Nación puede darse un ordenamiento organizacional diferente del clásico conocido, éste que nos ha sido impuesto. No necesitamos intermediarios que se ofrecen a sí mismos y que se arrogan nuestra representación, en circunstancias de que sólo representan al Poder de Facto que  -a través del sistema de partidos políticos- los instala en las papeletas de votación primero y luego en los diversos cargos con que financia a ganadores y perdedores, para asegurar el cumplimiento de su agenda oculta, en primer lugar, y para desarrollar mejor o peor el programa público de cada Gobierno de turno.

Los ciudadanos y las ciudadanas, en tanto personas adultas, debemos hacernos cargo de todos los asuntos que nos competen, de modo que en cada asentamiento humano podemos generar una orgánica de participación de sus habitantes. Una asamblea y las instituciones necesarias para que fluya la voluntad de los vecinos y vecinas y para que el control de la ruta por la que hemos decidido caminar, permanezca en nuestras manos. Esto es lo que yo entiendo por soberanía.

Elegir vivir sin drogas? sí, pero…

Don Sebastián Piñera Echeñique:

He escuchado con interés su anuncio de la iniciativa dada en llamar “Elige vivir sin drogas”, y los conceptos por Ud. usados en tal alocución para referirse a la encomiable intención de prevenir el consumo de estas sustancias por parte de los niños, niñas y adolescentes chilenos.

Al tenor de aquello, he sentido la necesidad de participarle de la visión que comparto en torno a este complejo asunto, aspirando a dar mi pequeña contribución como profesional con extenso desempeño en el trabajo de atención y cuidado a la infancia y adolescencia de nuestro país, que se encuentra en circunstancias especialmente difíciles.

Las cifras y el diagnóstico del estado de situación en Chile en torno al consumo de sustancias tóxicas están sobre la mesa, denotando como Ud. bien sabe, una realidad en extremo severa y que, no obstante, ha sido históricamente relativizada debido a una muy compleja ecuación de variables biopsicosociales, económicas, políticas, religiosas y culturales, generándose un efecto evidente de inacción muy significativo que supera los esfuerzos también visibles de las iniciativas implementadas a través de los Ministerios de Salud, de Educación, y de Justicia, de SENDA y de algunos fondos regionales.

Quiero mostrarle, Presidente, que poner el foco de atención sobre “las drogas” y usar como estrategia de acción el relato de “la guerra” contra ellas es profundamente equivocado.

Baste recordar que en cuanto a este relato, nacido en el entorno del Gobierno del Presidente Richard Nixon en el año 1970, hemos asistido al más absoluto fracaso del mismo con cifras de tráfico y consumo que no sólo no se logran controlar, sino que han generado otros problemas graves, como es la sobrepoblación carcelaria por causas asociadas a la Ley de control y prevención del abuso de drogas en Estados Unidos, tal como también ocurre en nuestro país, donde las encarcelaciones por infracción a la Ley Nº 20.000 ocupan el segundo lugar, tras el delito de robo.

He podido observar en la primera línea por muchos años el fenómeno de la elección de una conducta tan perniciosa como el consumo de psicotrópicos, encontrando algunas explicaciones plausibles de la paradoja que constituye ver a una persona, es decir, una entidad por definición inteligente, cometiendo una conducta autodestructiva.

Ciertamente, es sabido que los humanos presentamos una gran complejidad en nuestro comportamiento, tratándose de seres en proceso de desarrollo aún lejos de alcanzar sus más altas cumbres. Sin embargo, la autoflagelación arranca en todos los casos desde una severa fractura en el sistema afectivo del individuo, que suele permanecer abierta por mucho tiempo y encontrarse -por tanto- sin la necesaria reparación.

Esta particular circunstancia de sufrimiento o carencia de afecto torna extremadamente sensibles a las personas, condición que de ordinario deviene en una fuerte devaluación de sí mismas, una marcada culpabilización a terceros y la estrechez creciente del rango de su capacidad para tomar decisiones sensatas.

Normalmente se encuentran en un estado semejante cuando acuden -por ejemplo- al Programa que dirijo y el principio que aplicamos en nuestro trabajo es en mi opinión válido para la totalidad de una política nacional para abordar el fenómeno en comento.

La conducta de consumo de una o más sustancias tóxicas es en sí misma éticamente reprobable, sin embargo, las razones que llevan a una persona a este comportamiento son respetables, en tanto provienen desde la soberanía de su mundo interior, antes de convertirse en hechos que eventualmente causarán daño.

Las personas sí obtienen algún beneficio con esta conducta, comúnmente asociado a la atenuación momentánea de la experiencia de sufrimiento antes aludida.

Sr. Piñera, me permito expresarle lo mismo que he sostenido ante quienes resulten ser pertinentes al propósito de revisar y mejorar la capacidad de respuesta que como comunidad nacional debemos darnos, para detener y disminuir la distorsión conductual en referencia.

Nuestros esfuerzos deben ser dirigidos a las circunstancias existenciales -individuales y sociales- que motivan a las personas a adoptar tales decisiones distorsionadas, a pesar del daño auto infligido con ello.

Es menester una política nacional de reorganización de la vida de los ciudadanos, de modo de introducir coherencia entre las múltiples facetas que constituyen la cotidianeidad de los mismos.

Es necesario disminuir drásticamente el sometimiento de las personas a tan alto distrés cada día, con una revisión profunda del diseño vigente para el funcionamiento de los sistemas laboral, productivo, educacional, de transporte, urbanístico, de servicios básicos, de ocupación del ocio, en suma, debemos abocarnos a rescatar el funcionamiento sano de las familias que en gran número ya perdieron el sentido de lo que eso significa, y proteger a aquellas que aún no han visto muy deteriorada su calidad de vida para que no sigan a las primeras en la rodada.  

Dado el diseño lineal de nuestro ordenamiento administrativo, cuya ineficiencia dificulta la posibilidad de alcanzar logros muy mayores, la iniciativa compromiso país es propicia para abordar sistémicamente la compleja ecuación problemática que afecta a la mayoría de la Nación, pivoteada desde el Ministerio de Desarrollo Social y Familia con un contenido de políticas, planes y programas que no sólo se propongan desde un mero afán paternalista, sino desde la asunción del principio de que cuidar y proteger nuestra célula social básica y todos sus integrantes, devendrá necesariamente en un ordenamiento coherente de todas las actividades y funciones de los distintos componentes de la vida nacional organizada.

Impuestos contra mi voluntad.

Es necesario y urgente que la Nación chilena, esto es, los ciudadanos que habitamos este país, asumamos nuestras responsabilidades en la conducción de todos los asuntos que nos competen y de los que hasta ahora en nuestra historia nacional, hemos permitido que se hagan cargo sólo un grupo reducido de connacionales, con cuyo desempeño -al menos yo- no me siento conforme.

Hace pocos días hubo en los medios masivos una polémica por el eventual cobro a los usuarios, de los nuevos medidores de energía eléctrica, sin que estos aparatos pasasen a la propiedad de los mismos usuarios.

Una oposición razonable de los ciudadanos, cuyo argumento de que si compras algo pasas a ser dueño de ese algo, es incontestable.

En esa misma línea, cuánto más inobjetable es argumentar que quienes financiamos los gastos y las inversiones asociados a la administración de los asuntos de interés público, que emergen del hecho de vivir en un territorio común, somos por tanto los dueños de todo aquello así financiado.

Pues ha llegado el tiempo de que este principio tan claro, se manifieste de manera coherente en un nuevo diseño del modo en que todas las personas que vivimos legalmente en el país, tengamos el espacio, el derecho y el deber de participar en la toma de decisiones de los asuntos que nos incumben, de modo de hacer valer nuestra condición de financistas del Estado y mandantes de los funcionarios encargados de las diversas tareas de la Administración, comenzando por el primero de los mandatarios: el Presidente de turno en la República.

Sí, porque es preciso recordar que mandante es la entidad que ordena y mandatario es la entidad que obedece o cumple las instrucciones del primero.

La soberanía de una Nación sólo puede existir si las personas que la constituyen han conquistado a su vez su soberanía personal, entendida como el disfrute de la libertad para vivir de acuerdo a los principios que se profesan, dentro del respeto por la libertad de las demás personas.

Y un ciudadano que se ve obligado a destinar una parte de la riqueza que obtiene fruto de su esfuerzo personal, a la administración de los asuntos en referencia, ha debido deponer su libertad. Así fue durante la historia de la humanidad en épocas pretéritas donde la calidad de vida de aquellos Pueblos es hoy considerada miserable, por haber estado sujetos a prácticas abusivas y violentas de parte de quienes les dirigían y sometían en su dignidad. 

Con evidentes diferencias de contexto histórico, el mismo principio se encuentra plenamente vigente en nuestros días, toda vez que el propio vocablo y concepto de “impuesto”, significa desembozadamente obligación y -por tanto- sometimiento a la voluntad de otros connacionales, sobre la base de la amenaza y el castigo. En estricto rigor, el sistema de  cobros impuesto sobre nuestras rentas o sobre nuestros consumos ¡e incluso sobre nuestra propiedad!, equivale a un robo. A un asalto.

De acuerdo a lo informado por la Tesorería Nacional en su cuenta del año pasado, por ejemplo, en el ejercicio tributario de 2017 el 82,2% del total recaudado por el fisco, correspondió a la recaudación tributaria, es decir a los diferentes tipos de cobros impuestos a los ciudadanos, siendo los principales pagos obligados los correspondientes al impuesto al valor agregado a cada compra de un bien o un servicio, con un porcentaje aproximado del 28,48%, seguido por el impuesto a la renta obtenida por nuestro trabajo y/o nuestras inversiones, con un porcentaje aproximado del 26,89%.

Sin duda somos los ciudadanos y ciudadanas de este país quienes sostenemos el mayor peso de la carga que implica financiar la satisfacción de las innumerables necesidades que genera la Nación y -también vale señalarlo- es así precisamente como debe ser.

Pues entonces, así como corresponde a quienes vivimos legalmente en el país, financiar todo aquello que surge de nuestras propias necesidades, también nos corresponde tomar las decisiones respecto de cómo recaudar y cómo utilizar los recursos generados por nosotros mismos para satisfacer nuestras necesidades comunes.

Se trata de nuestras necesidades, de nuestro dinero y, por tanto, nuestras decisiones.

He aquí el modo de conquistar un espacio soberano en lo porvenir, puesto que muy diferente a la imposición que he descrito, será la voluntad ciudadana surgida del consenso que en su oportunidad generemos, acerca de la hacienda pública, su necesidad, mecanismo, montos y criterios de uso de tales recursos.  

Eso será posible, si dejamos de comportarnos como niños, esperando siempre que “alguien más haga las cosas por nosotros”.

Debemos poder elegir genuinos representantes de la voluntad ciudadana consensuada, en cada asentamiento humano del país. Como puedo verlo, ello sólo es posible si ejercemos esa elección y mandato con autonomía, obedeciendo a los acuerdos surgidos de las propias asambleas de habitantes, entre los pares, sin injerencias ajenas a esa voluntad. 

Tenemos mucho trabajo por hacer.

Sucedáneo de Democracia.

Quienes detentan el poder en un país, sobre la Nación que lo habita, pueden sentir un comprensible temor hacia la democracia, temor que puede originarse desde la simple posibilidad de perder un bien que se posee -como le ocurriría a cualquier persona- hasta el  más abyecto propósito de someter a la población a como dé lugar, es decir, el poder por el poder, indistintamente de si fue adquirido o no de manera legítima.   

Aquel temor se expresa en las muchas estrategias y mecanismos ideados al interior de su círculo y llevados a cabo sistemáticamente para controlar el riesgo de ver amenazado su diseño de sometimiento, y tal vez la más ingeniosa estrategia que aquellas élites han desarrollado es la de torcer el significado y naturaleza de la democracia, para hacer creer a la Nación que vivimos y estamos organizados en torno a este sistema de gobierno.

Las alternativas a una democracia presentan una dificultad superior para ser aceptadas por los habitantes, tal como ocurrió en Chile en tiempo aún cercano, con la dictadura cívico-militar instalada por aquella misma élite o Poder de Facto, que en otros momentos instala también una administración “de izquierda” o una “de derecha”, moviendo el péndulo de su estrategia para inculcar en la población la creencia de que puede elegir a quienes les gobiernen, mientras aquellos se mantienen siempre en el poder.

Una democracia, como sabemos, no es una modalidad de administración virtuosa en sí misma, puesto que el que lo llegue a ser depende absolutamente de la calidad de las personas que constituyen la Nación que se da ese sistema de gobierno. Depende de nosotros y de la expresión de consciencia que al presente seamos capaces de desarrollar.

Así, por ejemplo, una aristocracia podría perfectamente ser un muy buen modo de gobierno, entendiéndose por ella al ejercicio administrativo efectuado por ciertas personas de entre la propia Nación, dotadas de la excelencia y la virtud necesarias para cumplir con sus funciones a plena satisfacción de toda la población que se vería así, favorecida con la gestión de aquellas.

Sin embargo, sabemos también que nuestro desarrollo humano promedio está lejos aún de alcanzar tal nivel de excelencia y virtud, por tanto no podría funcionar de modo satisfactorio para nosotros una aristocracia, ni una monarquía. 

De modo que nos queda la democracia, que es el sistema de administración en que las decisiones son tomadas por toda la Nación -entiéndase los habitantes del país- con los resguardos que la propia Nación debe considerar, para controlarse a sí misma ante la proverbial debilidad que a todo ser humano le provoca la cercanía del poder, desde un Cuidador de autos hasta un Presidente.

En Chile nunca hemos tenido una democracia en tanto tal, pues siempre han sido las élites, entendidas como aquellos pequeños grupos de personas con el poder suficiente para determinar el curso de los acontecimientos estructurales en el país, quienes -precisamente- han decidido hasta hoy las cartas de navegación y el diseño de gobierno que cada generación de chilenos ha conocido.

Lo que tenemos no es una democracia, sino un sucedáneo de la misma, resultado de la manipulación que aquel Poder de Facto ha venido efectuando en su intento de mantener controlada a la población, puesto que somos nosotros quienes sostenemos el sistema, financiando con nuestro trabajo la mayor parte del gasto y la inversión nacional, sin que seamos nosotros quienes tomamos las decisiones de los asuntos que nos incumben.

Como aludo en el primer párrafo, considero posible atribuir al interior de aquel Poder de Facto al menos dos sensibilidades respecto de su motivación para temer a la democracia, siendo la más blanda de ellas aquella fundada en la suposición de que las personas no somos capaces de ejercer el derecho a la autodeterminación y de que ese eventual ejercicio sólo generaría un desastre de país, que arrastraría por cierto su patrimonio de dominio hasta límites desconocidos.

La sensibilidad más dura, en cambio, no sólo desconfía de la capacidad de los habitantes para comportarse como adultos, haciéndose cargo de sí mismos, sino que se esfuerza por ahogar toda posibilidad de que en algún momento futuro la población nacional pudiese concebir el autogobierno.

De modo que mantienen este sucedáneo de democracia, una ilusión de participación y de representación a través del ingenioso mecanismo de los partidos políticos, a través de los cuales ocupan los escaños del Poder Legislativo, los cargos del Poder Judicial y, por supuesto, el control del Poder Ejecutivo.

En mi humilde opinión, todos somos responsables de este statu quo y, por tanto, tenemos también la posibilidad de revertirlo, puesto que por más diverso que sea el pueblo del que formamos parte y eso incluya un número significativo de connacionales sin el suficiente desarrollo personal todavía, para hacer una contribución al crecimiento de la Nación, me asiste la convicción de que la mayoría de quienes habitan el territorio de Chile se encuentra preparada para dar el gran paso hacia la adultez ciudadana y consolidar su autonomía para conducir el devenir nacional.

8M mr

La poderosa propaganda que convocaba a la “huelga” o la marcha femenina del 8M queriendo instalar una narrativa de unidad en su causa, no puede disimular la enorme diversidad en las motivaciones, actitudes y pancartas de las casi 200.000 personas presentes en Santiago y las numerosas movilizaciones en otras ciudades de Chile y del mundo, ayer. Ni hablar de la diversidad al considerar a la inmensa mayoría de mujeres que no acudieron a alguna de esas citas.

Mucho se ha escrito y hablado acerca de “lo que está bien” y “lo que está mal” en el Feminismo, concepto difícil de acotar debido a aquella diversidad entre sus propias convocantes de la actual Tercera Ola, que parece diferenciarse en ello del llamado bastante mejor definido en la Primera Ola de mediados del siglo XVIII.

Las demandas contenidas en la convocatoria 8M de este año exceden con mucho el énfasis en la sororidad que tal vez algunas de las personas organizadoras hubieran querido darle a su esfuerzo. Tal vez porque es extraordinariamente difícil integrar propósitos tan diversos en un mismo evento o, quizá, porque quienes financian este movimiento y su primera línea de liderazgo quisieron ex profeso instalarlo de este modo.

Más allá de los juicios que al respecto han surgido a raudales, quiero detenerme en la legitimidad que para mí tiene el movimiento llamado feminista, tanto en sus demandas históricas más bien centradas en los denominados derechos de la mujer, como en sus reivindicaciones actuales desparramadas en todos los ámbitos de la vida humana.

La legitimidad de una causa arranca del mundo interior de quien la siente y la quiere expresar, no implicando necesariamente que sea mejor o peor que otras causas expresadas por otras personas en el espacio común de la existencia.

En mi caso, ni siquiera podría concebir que una mujer valga menos que un hombre ni que -por tanto- deba tener menos dignidad humana y menos derechos ante la ley.

Por tanto, lo que observo en las marchas por los derechos de la mujer, así con toda su confusa diversidad de mensajes, me produce también diferentes efectos, dependiendo de que se refieran precisamente a los derechos de la mujer en dignidad y en igualdad ante la ley o que aludan a una generalizada actitud “anti hombre” que, por supuesto, percibo muy alejada de la sensatez.

Sin embargo, le atribuyo legitimidad en sí misma a todas esas posturas, entendiendo que esta condición está dada por la percepción de cada una de las personas involucradas y las percepciones son por definición propias de cada quien. Anteriores al análisis de las mismas.

Siento que el eje que va desde el sentido común -entendido como consenso social mayoritario- hasta la radicalización en las demandas de las respectivas agrupaciones femeninas, discurre en paralelo a la experienciación personal de la tristeza y de la ira en el curso de la vida y de la actitud que cada quien decida adoptar ante ello.

Ambas terribles emociones del ámbito del miedo, suelen ir juntas y son entre ellas directamente proporcionales: mientras más rabia sentimos y expresamos, mayor es la tristeza que hemos experimentado. Entonces, dependiendo de las emociones vivenciadas en el pasado mediato o reciente, es que se configurará el eventual reclamo y el o los destinatarios del mismo. Ese reclamo así entendido, siempre será legítimo.

Entonces me parece evidente la manipulación que del sistema emocional de muchísimas personas, han hecho y continúan haciendo quienes obedecen a los oscuros intereses corporativos del Poder de Facto, siempre apuntando a dividirnos y controlarnos, en los más diversos ámbitos de la vida en sociedad.

El drama genuino y doloroso de quienes -mujeres y hombres- hayan experimentado el abuso de otro ser humano en el curso de su vida, no puede ser sanado a base de más sufrimiento.

La vida misma es mucho más grande que la suma de todas las vicisitudes que cada persona experimenta y, ciertamente, no está regida por el miedo, sino por el amor.

En mi opinión, aquellos que desde la opacidad de sus think tanks manipulan a la humanidad para mantenerla siempre en el ámbito del miedo, alejándola así de su natural afección amorosa, han planeado también la exacerbación del odio de “las mujeres” contra “los hombres”, escrito así cual categorías estadísticas, porque a aquellos integrantes de la pequeña y poderosa oligarquía mundial no le interesan las personas en tanto tales.

No necesitamos más división y temor entre nosotros, mujeres y hombres que constituimos juntos la especie humana. Precisamos sanar nuestras heridas también juntos, pues lo que le sucede a un ser humano le afecta a la humanidad completa y esta condición de nuestra identidad, de ser simultáneamente individual y gregaria, nos recuerda lo falaz de nuestras reyertas y recriminaciones, que sólo han tenido lugar a lo largo de toda la historia conocida, debido a nuestra labilidad y vulnerabilidad ante los embates manipuladores de las élites en todo tiempo y lugar.

Es nuestro desafío común, para hombres y mujeres, superar las distorsiones culturales que han generado el desequilibrio entre patriarcado y matriarcado, siendo como son, dos pilares fundamentales y mutuamente dependientes para sostener el desarrollo de nuestra humanidad, en sana colaboración y no en estúpida competencia.